rosario

Lunes, 20 de abril de 2015

CONTRATAPA

La silla azul

 Por Víctor Maini

Pesados, sólidos, eternos eran los asientos que poblaban mi casa. En la habitación del fondo, Fernando, mi abuelo español, ejercitaba sus dos oficios, labrar la madera y no molestar a nadie. Todas las tardes, después de la siesta, arrastraba hasta la puerta de calle una silla de madera fabricada con sus propias manos, pintada de azul profundo como el mar que había decidido cruzar una sola vez en su vida. Su rutina era un reloj viviente para mis juegos en la vereda, siempre me sentí acompañado, jamás vigilado. El andaluz se sentía feliz entre la gente que volvía a su casa después de una jornada de trabajo. Sentía compasión por aquellos que habían pasado el día recibiendo órdenes y ejecutando tareas indiferentes. Entendía la necesidad que tenían de ser escuchados y les prestaba sus oídos. "Cuéntese algo..." era la llave con la que abría cualquier conversación.

El carpintero sabía muy bien que una cosa es contar y otra es contarse, que nadie emociona sin emocionarse, sentía cuando había llegado a las vetas profundas de un hombre, cuando el vecino quedaba frente a él con el alma expuesta, con la esencia en la voz. En esos casos, el viejo le cedía su trono al entrevistado quien a modo de náufrago en medio del océano, reo en un juicio impensado, creyente en el confesionario o paciente en el diván de su analista, hablaba para escucharse.

Nunca voy a saber si mi abuelo no se percató de mi presencia o no le importó en lo más mínimo aquella tarde en que se confesó frente al linyera habitante de los viejos galpones del ferrocarril, el mismo que pasaba todas las tardes en busca del matutino leído y a modo de agradecimiento entonaba canciones de Antonio Tormo. "No vine corrido por el hambre, vine detrás de un gran amor. La familia de mi primera novia buscó otra suerte en estas tierras. Durante dos años supimos construir un puente de cartas febriles. Nuestro amor creció en la distancia. Al desembarcar fui recibido por su madre, mis misivas atadas con una cinta roja que terminaba en un crucifijo y una fría frase, 'no la busque más, a Julia la casamos bien, no le va a faltar nada'. Esa misma noche uní su correspondencia con la mía y las arrojé en una hoguera para poder seguir viviendo".

Antes de dejar su habitación repleta de pertenencias pero vacía de su presencia, deliró tres días entre fiebre alta y un nombre desconocido para todos menos para mí. Mi madre se deshizo de sus cosas lo más rápido posible, el auditorio de cuatro patas junto al último diario fue el botín del croto cantor. Todavía conservo la tira colorada con la cruz en su extremo.

Los vendedores de diarios sabemos, entre otras cosas, que el índice de sensación de soledad supera ampliamente al de inseguridad. Quienes trabajamos en la calle, solemos ser iluminados por testimonios que destellan a nuestro alrededor, nos pintan al hombre en general, nos hacen sentir parte del paisaje y la historia del lugar elegido para vivir, nos enseñan que la geografía humana es muy similar en todo el mundo y que las nativas nada tienen que envidiarles a las escritas en París, Praga o Moscú.

En la actualidad, las butacas son plásticas, frágiles y descartables. Marito es un muchacho que alterna sus noches entre la comisaría décima y la plaza Alberdi. No me dejan de asombrar las preguntas con las que me dispara cada vez que pasa cerca del kiosco. "Viejo... ¿cuál fue la mentira más grande que escuchaste en tu vida?", fue su última encuesta. "Esa que asegura que el fuego mata todo", le contesté sin pensar. Al desarrollar mi respuesta dije: "Muchos otoños atrás, dejé mi alma escrita en unos versos. Mi cobardía impidió que llegaran a destino y opté por arrojarlos a las llamas junto a una montaña de hojas secas. Desde aquel instante llevo aquellos poemas grabados en alguna parte de mi ser. Me persiguen, me asaltan por sorpresa, interfieren mis intentos de comunicarme conmigo mismo".

La dura mirada del pibe de la calle se fue ablandando con mi relato. En el espejo de sus húmedos ojos creí ver a un hombre muy parecido a mí, contando a corazón abierto una vieja historia, sentado en una silla azul.

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