rosario

Sábado, 22 de octubre de 2005

CONTRATAPA

Prisionero de los trenes

 Por Gary Vila Ortiz

Ahora que no hay trenes me siento prisionero de esas locomotoras y vagones de los cuales estaba enamorado en mi infancia o comienzo de mi adolescencia, amor que continuó y aún continúa. Por 1971 me di el gusto de hacer (mejor dicho escribí algo y le puse música de Honneger; no tengo necesidad de decir cual de sus obras) se dio el gusto de hacer, decía corrigiéndose, un pequeño film para la televisión Ramiro Nieto. A Pedro Martínis, que era un conocedor de la materia, compañero en el programa de televisión que hacíamos por esos años (canal 3, 1971), estaba feliz y supongo que al regresar a su casa se habrá deleitado con todos los pequeños trenes eléctricos que tenía. Curiosamente ignoro si vio ese pequeño documental Cristián Hernández Larguía, otro amante de las viejas locomotoras. Yo no era un gran viajero, pero alguna experiencia tuve con los viajes en tren. Mi viejo, que era oftalmólogo, era por comienzos de los cuarenta, médico del ferrocarril. Me llevó por lo menos tres o cuatro veces, acaso cinco, a ver a Newell`s, cuando le tocaba jugar en Buenos Aires. Ibamos con mi tío Lucas, viajábamos en un compartimento, y mientras viajábamos jugábamos a la generala o a las quintetas, un juego de dados que ignoro si se jugará todavía, pero que era muy divertido y hace poco le enseñe a jugar a Germán Chindamo, hijo de un gran amigo, esos que son siempre difíciles de encontrar.

Esta nostalgia llega lejos y paradójicamente, ya que entre los viejos papeles y revistas, encuentro un número de San Guillermo, órgano del Grupo San Guillermo, el publicado en abril de 1988, en donde se intentaba agredirme con eso que periodísticamente se llama brulote, pero que pierde fuerza cuando no lleva firma. Me atacaban duro, hablando de mis "atroces lugares comunes" y mis "nostalgias", y el brulote en cuestión no estaba mal hecho, lo que no es raro pues hacerlo es posiblemente una de las formas más fáciles para un periodista. En nuestro país ha habido grandes brulotistas, sobre todo entre los nacionalistas, como Ignacio Anzoátegui y Leonardo Castellani, pero ellos firmaban sus notas. Además, aún estando en las antípodas de lo que pensaban los dos autores mencionados, Anzoátegui tenía al menos un libro estupendo que eran sus Monólogos con Lady Grace" y Castellani, sacerdote jesuita, que creo murió en España, cuentos policiales dignos de tener en cuenta. Uno de sus relatos, que firmaba con el seudónimo de Jerónimo del Rey, se encuentra en la antología Diez cuentos policiales argentinos que Rodolfo Walsh realizó para Hachette en 1953. En la cual, dicho sea de paso, se encuentra Una bala para Riquelme del rosarino Facundo Marull; cuento con el cual el poeta de Ciudad en sábado había ganado uno de los dos premios del concurso organizado por la revista Vea y Lea, por aquellos años del `50 creo.

Pero, volviendo al brulote de San Guillermo, si era grave carecer de firma (se supone que todo lo que aparece sin firma en un diario o revista el responsable es el director o el comité de redacción, pero creo que no era este el caso), si eso era grave, era mucho más grave que no habían entendido el artículo, por cierto que con firma, que yo había escrito. Pero esto no pretende ser una contestación ni mucho menos, sino señalar que ese brulote me permite seguir cómodamente instalado en mis "atroces lugares comunes". En realidad los amo como las locomotoras.

Por eso, además de los trenes, he sentido nostalgias por aquellos paquetitos de terrones de azúcar, que en ciertos lugares han aparecido otra vez. Con ellos, sin embargo, es difícil colocar el terrón en una cucharita, y jugar con alguien, para ver cual de los terrones se derrite primero con la cucharita apenas sumergidos en el café. Quise hacerlo, pero se me acalambró la mano. No importa, lo mismo me gustó verlo.

También releí uno de los cuartetos de T.S. Eliot (con una sola "ele", pues he notado con frecuencia, que hay una oscura tendencia en las computadoras en escribirlo con dos "eles"), donde se habla de un viaje en tren, claro que sin mis lugares comunes.

Hablando de brulotes, el más breve y terrible que recuerdo, es una crítica musical creo que publicadas en el New York Times. Bajo el título de Actuó en el Carnegie Hall... y aquí el nombre del músico que he olvidado; el comentario consistía en una única línea en forma de pregunta: "¿Por qué", que en inglés aún es mas breve pues puede resumirse en una única palabra. Después de diecisiete años, tengo la extraña sensación de agradecer un burlote que me trae recuerdos hecho por alguien que no se animó a firmarlo y que aparte no sabía leer porque no había entendido lo que yo había escrito. ¿O yo lo había escrito tan mal que no lo entendió?

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