turismo

Domingo, 14 de octubre de 2007

CHUBUT > EN EL PUEBLO DE TREVELIN

Un té de sabor galés

Muy cerca de Esquel, entre la estepa y la Cordillera, la antigua colonia galesa de Trevelin revive las tradiciones de sus orígenes a la hora del té. Torta negra y leyendas de la Patagonia, en una mesa tentadora por aromas e historia.

 Por Graciela Cutuli

Al borde de los cordones nevados de la Cordillera, cuando florecen los notros y las coloridas flores de lupino adornan los jardines y los balcones de las casas alpinas, cuando los arcoiris se forman del valle al cielo señalando el fin de la temporada de lluvias, Trevelin es la postal de un pequeño paraíso andino patagónico. Sin embargo, basta atravesar el umbral de la casa de una familia galesa para comprender que los tiempos de los pioneros no están tan lejanos, y que el pueblo floreciente de hoy tiene sus raíces en una historia signada por la voluntad de imponerse a la dureza del entorno. Los colonos galeses llegaron a Trevelin después del arduo cruce del valle del río Chubut, siguiendo las huellas de los guanacos y las indicaciones de los aborígenes, que prometían tierras fértiles “allá donde se pone el sol”. Viajaron desde la costa de Puerto Madryn, donde ya se habían establecido en colonias como Gaiman y Dolavon, pero el primer intento resultó un trágico fracaso: sólo sobrevivió John Daniel Evans, gracias al mítico caballo Malacara, cuya tumba aún hoy se puede conocer en las visitas guiadas que organiza Clery Evans, la nieta del pionero.

Finalmente los tiempos de escasez y hambre quedaron atrás. Establecidas al borde de la cordillera, las familias galesas se dedicaron al desarrollo de la agricultura y a la molienda de grano (Trevelin –que hay que pronunciar acentuando la segunda sílaba– significa justamente “pueblo de los molinos”). Más de un siglo después, siguen reviviendo una de sus grandes tradiciones, el té galés, donde un mítico cuerno de la abundancia parece volcarse sobre la mesa para compensar a los descendientes de los colonos por aquellos sinsabores pasados. Cruzamos, entonces, el umbral de una casa galesa para interiorizarnos sobre la ceremonia del té.

Bueno es el pan,

buenas las tortas

En la familia Underwood, que hoy está a cargo de la casa La Mutisia, se combina la ascendencia galesa e inglesa. La Mutisia es una de las dos casas abiertas todo el año, en tanto durante la temporada alta –que en Trevelin tiene dos períodos: el verano, y el invierno gracias al cercano centro de esquí de La Hoya– hay tres establecimientos en funcionamiento. Esta vez llegamos en medio de la primavera, cuando florecen los tulipanes cuyos bulbos están destinados a la exportación desde la Patagonia al mundo.

La mesa está servida para esperar a los visitantes. Tetera y tazas de porcelana, para un té de aroma suave y color intenso, se despliegan sobre los manteles, entre grandes bandejas donde las tortas tientan con una exquisita combinación de sabores. La estrella, sin duda, es la ya célebre “torta negra”, un pastel compacto y especiado que es la especialidad de las colonias galesas desde el Atlántico hasta la cordillera. Sin embargo, cada familia tiene su receta tradicional, con secretos particulares que diferencian una torta de otra. Pero lo más sorprendente es que la tradicional torta galesa en realidad no es tal: como cuenta Tania, una de los descendientes de los Underwood a cargo de La Mutisia, quien vaya a Gales en busca de esta torta difícilmente la encuentre. Sus orígenes son en verdad ingleses: sin embargo, la torta fue elegida por los emigrantes que subieron en 1865 a bordo del “Mimosa” –el velero que llevó a los colonos hasta Puerto Madryn– por su larga capacidad de conservación. Esto se debe a que la receta no incluye huevos ni leche, y a que contiene frutas enteras que previamente han sido largamente maceradas en algún licor. Además, antes de ser guardada se la embebe en licor de caña de durazno. El alcohol, por lo tanto, funciona como conservante natural. Se dice que la torta galesa dura años y que, como los buenos vinos, mejora con el tiempo. Habrá que creerlo: la madre de Tania, encargada de preparar todas las tortas de la casa, comió a los 12 años la torta de bodas de sus propios padres. Y no es el record de duración, ya que otras familias hablan de muchos más años de conservación: hoy en día, seguramente bastante más de lo que dura el matrimonio promedio.

La mesa de té tienta también con otras tortas: torta de crema de suavísimos sabor y textura, de café y coco, de chocolate y membrillo y de ruibarbo, entre las que nos toca probar en esta ocasión. Pueden ir variando, pero siempre estarán la torta negra, la de crema y alguna tarta de fruta. Y las acompañan pan y manteca caseras, junto a los dulces artesanales de calafate (aquel que indefectiblemente hay que probar si se quiere volver a la Patagonia), de rosa mosqueta y de frutillas silvestres, un fruto dulce y pequeño que se funde en la boca con aroma a caramelo.

En cuanto a los scones, merecen un párrafo aparte: indiscutiblemente asociados a las mesas de té, son difíciles de lograr con la perfecta textura y equilibrio de sabor que tienen en La Mutisia. Una vieja novela norteamericana relataba la decepción de su protagonista cuando, al llegar a Londres, probaba por primera vez los tan mentados scones y descubría que eran insípidos, “con sabor a un redondel recortado de una manta vieja para planchar”: nada más lejos de lo que llegó a nuestros platos, perfectos en su tibieza, con un entregusto dulzón y salado, y una miga salida de las manos de una repostera experta.

Mientras tanto, en la mesa se desgranan anécdotas. Una y otra vez se menciona al Malacara, a los Evans, a los pioneros que desde las vitrinas parecen dar testimonio de aquella epopeya perdida en el tiempo pero no en la memoria. También nos enteramos de curiosidades como la “taza con bigotera”, conservada en el museo local, y expresamente confeccionada para que los adustos hombres de aquellos tiempos no sumergieran sus largos y trabajados bigotes en el té. Inevitablemente, se menciona a Lady Di y su té galés en Gaiman, donde se conserva sin lavar la taza donde posó sus reales labios... Poco a poco, las teteras se van vaciando, y así llega a su fin este nuevo episodio de una larga ceremonia que brindan estas familias generosas en compartir sus tradiciones y su historia. Underwood, Evans, Williams, Parry, Davies: todos ellos son los eslabones de la cadena virtual que une pasado y presente, en la que participamos apreciando la hospitalidad galesa-patagónica y de la que partimos prometiendo volver, ya sea cuando la nieve cubre los jardines de Trevelin, o cuando nuevamente el florecer de los tulipanes prometa la prosperidad de la primavera.

Gaiman y Dolavon

Los galeses, que recorrieron desde la costa de Puerto Madryn hasta la Cordillera, dejaron a lo largo del recorrido asentamientos y un circuito de tradicionales capillas galesas. En el valle inferior del río Chubut, cerca de Puerto Madryn, los pueblos más visitados son Gaiman y Dolavon (cuyo escudo recuerda también que la prosperidad de la región se debía a los molinos harineros, hasta que la producción fue superada por la molienda realizada en el norte de la Argentina). Gaiman, en particular, saltó a la historia cuando recibió la visita de Diana Spencer, la princesa de Gales, en su visita a la Argentina. “Lady Di”, cuya llegada allá por 1995 provocó un auténtico revuelo en las calles siempre tranquilas de los pueblos patagónicos, tomó el té en la casa Caerdydd, una de las más tradicionales de Gaiman. Más que tomar, en verdad, se dice que apenas lo probó: pero allí quedó su vajilla, en porcelana pintada por Soldi, más las servilletas y hasta la silla que usó la princesa. Hoy es un pequeño centro de peregrinación a la criolla, donde se mezclan la devoción y el recurso turístico: cada 31 de agosto, la fecha de la muerte de Lady Di en París, la gente se acerca y deja junto a la vitrina un ramo de rosas rojas. Como la rosa que la princesa cortó en el jardín de Caerdydd cuando terminó el té (desafiando la orden de los servicios de seguridad que prohibía regalarle flores con espinas), y que llevó consigo hasta subir al avión de regreso.

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La impronta galesa en el estilo de esta casa con molino, muy visitada por turistas.
Imagen: Arnaldo Pampillon
 
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