turismo

Domingo, 27 de abril de 2003

CIUDAD DE BUENOS AIRES EN LA FACULTAD DE VETERINARIA

Una granja entre el asfalto

En plena Ciudad de Buenos Aires, la granja educativa de la Universidad de Buenos Aires es un pulmón verde con 10 hectáreas de corrales, huertas y un pequeño lago, donde los chicos aprenden sobre la vida de campo y realizan talleres de amasado de pan, apicultura y reciclado de papel. También hay una escuela de equitación y talleres de huerta orgánica para los grandes.

Por Julian Varsavsky

Cuentan algunos docentes de los primeros grados de colegio que a veces les piden a sus alumnos que dibujen una gallina, y el resultado es un suculento pollo al spiedo. Del asfalto urbano a la chacra y el campo hay un largo trecho que se ha ido ampliando en el curso de las décadas. Hoy no es un hecho tan sorprendente que durante una visita a una granja –como la que tiene la Universidad de Buenos Aires en pleno barrio de La Paternal– algún chico porteño reaccione indignado porque alguien ha “tirado” un montón de verduras sobre el pasto. Aunque en verdad no esté viendo un basural sino una huerta... Nada más didáctico que estos paseos para que los pequeños comprendan rápidamente que los vegetales no crecen en las góndolas del supermercado.
El campo en la ciudad De alguna inexplicable manera, la granja educativa de la Facultad de Veterinaria de la UBA ha quedado en uno de esos pocos lugares de la Capital Federal donde la línea del horizonte no se interrumpe por ningún edificio. Apenas la parte más alta de una torre de Carrefour asoma entre las arboledas que rodean este pulmón verde de 10 hectáreas en medio de la ciudad.
La propuesta de esta granja dista mucho de las salidas al zoológico para observar a los animales. Aquí el énfasis está en las actividades participativas relacionadas con el reino vegetal, animal y la vida de campo. Este paseo por un mundo virtualmente desconocido para el chico de ciudad se realiza todos los sábados, domingos y feriados a partir de las 13.30. A las 13.45 –y luego cada 60 minutos– comienza una visita guiada por un estudiante de veterinaria que realiza una pasantía.
El punto de partida es el corral de una vaca holando-argentina con sus ubres rebosantes de leche para que cada niño, a su turno, las agarre con sus manitos y produzca un ruidoso chorro blanco que va llenando un balde. A medida que los aprendices de lechero van desfilando frente a la vaca, la guía enseña a diferenciar las distintas razas y explica el ABC de la producción lechera, ante el asombro de los más chiquitos. A todas luces, la leche no viene solamente de los sachets y la teta de mamá.
La siguiente estación es el pequeño lago artificial lleno de patos blanquísimos y un buen número de gansos ansiosos por la llegada del malón de chicos que les traen comida. Los patos arman un alboroto pendenciero que coloca a los granjeritos al borde del éxtasis. Cuando se calman un poco las aguas y todos han comido, llega la explicación sobre la impermeabilización de las plumas... sólo para aquellos dispuesto a prestar al menos un poco de atención.
El ecosistema que se descubre a continuación es el oculto mundo de las abejas. Para ello se ingresa en una pequeña casa que alberga una colmena de exposición. Se trata de un cubo mediano de madera con una pared de vidrio que permite observar en absoluto primer plano la efervescente actividad de la colmena. Al estar conectada al exterior con un tubito que traspasa la pared de la casa, no hay peligro de picaduras, y la privilegiada visión permite practicar un inocente vouyerismo de la licenciosa vida sexual de la abeja reina. Hay 8000 abejas ante los ojos en trance de los chicos, que no pueden apartar la vista de la colmena, ni siquiera cuando la guía muestra uno de los estrafalarios trajes que se usan para cosechar la miel. A la salida, sobre una mesa, espera la dulce tentación de toda clase de caramelos y chupetines de miel y propóleo.
Durante la visita a los corrales de las cabras se les informa a los chicos que la leche de esta especie es ideal para producir helados, y en el sector de las ovejas se aprende el proceso de esquilado.
Así como el bullicio de los gansos excita a los chicos, la cría de conejos bajo un pequeño tinglado los enternece. Y cuando se enteran de que los conejillos se comen cada mañana su propia “caca” –son cropófagos—, los pequeños granjeros esconden sus risitas con los dedos de la mano. En la segunda parte del recorrido se participa de un taller de amasado de pan, que luego se hornea para saborearlo en familia recién salido del horno. El taller se realiza cada hora a partir de las tres de la tarde.
Al final de la visita podría decirse que los chicos han sido un poco desasnados sobre la vida de campo y el origen de ciertos productos. Sin embargo, es evidente que aún queda mucho por aprender, como pudo comprobar Turismo/12 al pasar por el corral de las llamas, cerca de la puerta de salida. Allí, cuando uno de esos amistosos animales de fina lana se acercó a la gente buscando comida, un niño casi bebé le extendió el brazo con unos yuyos en la mano y le gritó: “¡comé, perrito, comé!”.

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Los chicos se divierten con el alboroto que arman los patos cuando llega la comida.
 
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