turismo

Domingo, 19 de octubre de 2003

FRANCIA LEYENDAS, MENHIRES Y MARINEROS DE BRETAñA

Mareas bretonas

Tierra de pescadores y marinos, pero también de músicos y magos, Bretaña tiene perfiles de aventura y de leyenda. Una cultura propia, expresada en una lengua también propia, florece en esta península jalonada de faros y huellas prehistóricas que se adentra en las agitadas aguas del Atlántico.

textos y fotos:
Graciela Cutuli

En tiempos de globalización, las regiones que mejor conservaron su identidad ancestral parecen ser las que más atraen a visitantes en busca de tradiciones y culturas arraigadas. Para estos visitantes, Bretaña es un edén casi intacto, donde el fuerte carácter local se traduce en innumerables aspectos de la vida cotidiana y artística: desde el idioma –aunque hoy muy pocos hablan bretón, que quedó relegado a las señales viales y la tradición literaria céltica– hasta la música, que en los últimos años conoció un extraordinario renacimiento en todo el mundo. Un solo detalle basta para dar una idea de la persistencia bretona en defender su particularidad: a diferencia del resto del país, en la región las vías rápidas son gratuitas, gracias al viejo decreto que cuando se casaron Francisco I y Ana de Bretaña acordó a los bretones –cuya región se incorporaba así a Francia– el beneficio de no pagar por el uso de los caminos. Un beneficio que ya dura cinco siglos...
Una recorrida exhaustiva de Bretaña puede llevar semanas: la región es relativamente pequeña para los parámetros argentinos, pero plena de historia y lugares de interés. Desde el bosque de Brocéliande, en cuyas penumbras nacieron las leyendas de Merlín y los caballeros de la Tabla Redonda, hasta Nantes, donde se conserva la casa de Julio Verne; desde Guérande, que provee de sal marina al resto de Francia, hasta Quibéron y los centros de talasoterapia donde se ponen en forma los grandes artistas franceses; desde Quimper y los pueblos cuyas iglesias fueron construidas con una red de curiosos “recintos parroquiales” que incluían osarios, calvarios y arcos del triunfo, hasta las islas de Ouessant y Sein, donde viven algunos puñados de personas sin auto y dependiendo de las mareas para volver al continente. Cruzando Bretaña de norte a sur, tres lugares emblemáticos pueden dar un panorama de Bretaña y la diversidad de su historia: Saint-Malo, Carnac y Quibéron. Un abanico que va desde la prehistoria hasta el siglo XXI.

“Malouin d’abord”.
Florida como casi todas las ciudades de Bretaña, que tienen la mayor cantidad de estrellas en la clasificación “villes fleuries” de Francia (como los hoteles, las ciudades pueden conseguir según la cantidad y cuidado de sus jardines públicos entre una y cuatro estrellas), Saint-Malo es por tradición independiente y orgullosa. En el siglo XVII era el principal puerto de Francia, y gracias al monopolio del comercio con las Indias Orientales sus navegantes y mercaderes habían amasado enormes fortunas: el resultado fue la construcción de las murallas que todavía la rodean, y el desarrollo de un feroz espíritu de independencia traducido en un lema tradicional: “Malouin d’abord, Breton peut-être, Français s’il en reste” (primero, de Saint-Malo; bretón tal vez; si algo queda, francés). La riqueza y audacia de sus marineros –los primeros en llegar a Malvinas, cuyo nombre castellano deriva del francés malouines, gentilicio de Saint-Malo– les valió el ser descriptos como “los más grandes ladrones que hayan existido jamás en el mar” por sus despechados rivales ingleses, asombrados de que los corsarios bretones no respondieran ni siquiera a sus duques (y más tarde tampoco a Francia, de la que se declararon independientes en 1590). Alguna vez, también, fueron los mercaderes de Saint-Malo los que salvaron a Francia de una bancarrota segura. El tiempo amainó los ánimos y redistribuyó las riquezas, pero no le quitó a Saint-Malo ni una pizca de coraje: lo demostraron los habitantes al reconstruir casi íntegra su ciudad después de los bombardeos de 1944, respetando el estilo original de tal manera que para el visitante de hoy es difícil creer que durante la Segunda Guerra el 80 por ciento de los edificios fueron destruidos.
Se entra a Saint-Malo por las distintas puertas abiertas en la cinta de murallas, que en algunos puntos superan los siete metros de espesor. A su vez, las murallas pueden recorrerse en todo su perímetro. Los edificios más interesantes son el Castillo –donde hoy se encuentran la municipalidad y dos museos consagrados a la historia de la ciudad y a la región–, la iglesia Saint-Benoît, la iglesia Saint-Sauveur, el Hôtel d’Asfeld –construido por un rico armador en el siglo XVIII– y la Casa de la Duquesa Ana, típica mansión urbana bretona de la Edad Media. Vale la pena recorrer el puerto y las playas, por la franja de arena que une la ciudad con el Fuerte Nacional, así como el Gran Acuario (reúne más de 500 especies de peces de todo el mundo) y el Museo Jacques-Cartier, homenaje al navegante que en 1534 descubrió el actual Canadá.
Tradiciones y sabores.
Entre las muchas tradiciones bretonas, llaman la atención los raros tocados que usaban las mujeres como parte de la vestimenta tradicional. Hoy sólo es posible verlos en ocasión de alguna fiesta popular, pero vale la pena descubrirlos en algún museo, libro o celebración de pueblo como los pardons, manifestaciones de fe religiosa donde los fieles acuden a las iglesias para pedir perdón por los pecados cometidos. Los tocados, realizados con encajes y puntillas, toman la forma de conos almidonados que se llevan en extraño equilibrio sobre la cabeza, o bien moños con cintas o mantillas livianas, siempre blancas. Otra tradición bretona que ningún turista olvida rescatar es la gastronomía: Bretaña es el mejor lugar para comer crêpes, dulces y salados, regados con sidra (con distintas graduaciones de alcohol, o sin alcohol en absoluto); para probar ostras y otros frutos de mar –suelen servirse bandejas de moluscos que varían según la época y el lugar–, o para tentarse con embutidos de toda clase. También es típica la manteca salada, con la que se hacen desde galletas hasta caramelos. Y ya en terreno industrial, aunque se encuentran en los supermercados de toda Francia, son originarias de Bretaña (la fábrica está en Nantes, capital de la región) las galletitas Lu, clásicas en el desayuno o la merienda de todos los chicos del país.

Los menhires de Carnac.
Delicias aparte, dejando atrás Saint-Malo para tomar rumbo sur, hacia la península de Quibéron, se llega a uno de los sitios prehistóricos más conocidos del mundo: Carnac. El lugar es sin duda extraordinario, gracias a los más de 3000 menhires que jalonan varias hectáreas en las afueras de la ciudad. Al margen de su valor prehistórico, Carnac es muy apreciado por sus playas, así como otras estaciones balnearias de Bretaña, que a diferencia de los pequeños puertos mediterráneos ofrecen grandes extensiones de arena fina. Se calcula que en el pasado los menhires de los alineamientos de Carnac eran más de 6000, pero la escasa protección que tuvieron durante décadas redujo considerablemente la cantidad de monumentos aún en pie. Si antes era común que los chicos pudieran subirse a las grandes rocas, hoy se presta más atención a la conservación de los menhires, y hay un proyecto para cercar definitivamente el sitio restringiendo el acceso al lugar (con gran resistencia de los habitantes y comerciantes del sitio, que se niegan a lo que consideran el establecimiento de un “menhirland”). Se estima que los menhires más antiguos datan del Neolítico y los más recientes, de la Edad de Bronce: en todo caso, el misterioso conjunto de rocas clavadas verticalmente en la tierra, formando líneas de significado desconocido, despierta infinidad de preguntas sobre la vida de los hombres que las dispusieron de ese modo, y sobre sus medios para tallarlas y trasladarlas. Los alineamientos de Carnac, cuyas piedras principales alcanzan los cuatro metros de altura, están dispuestos en tres grandes grupos: Ménec (1099 menhires), Kermario (1029 menhires) y Kerlescan (555 menhires repartidos en 13 líneas). Fuera del sitio propiamente dicho, hay numerosos menhires dispersos en los alrededores de Carnac, otros megalitos como un dolmen de 6500 años de antigüedad cercano a Kermario, y el túmulo Saint-Michel, de 12 metros de altura.

La costa salvaje.
En el otro extremo de la península junto a la cual surge Carnac, Quibéron es un lugar para visitar, famoso por los centros detalasoterapia (tratamientos de bienestar y recuperación basados en las propiedades del agua de mar) que atraen a gente de toda Francia, de modo que hay vida en el lugar durante todo el año, incluso cuando termina la muy concurrida temporada de verano. Justo antes de ingresar en la península, que tiene unos 14 kilómetros de largo, se ve amarrado un galeón –réplica de una nave del siglo XVIII– donde funciona un Museo del Caracol. Más allá comienza la Côte Sauvage, bien merecedora de su nombre, recortada en acantilados, grutas y recovecos de enorme belleza, frente a un mar que sabe dar un auténtico espectáculo de sonido y furia cuando arrecian los vientos del invierno. Entre tanto, las callecitas costeras son ideales para disfrutar los días de buen tiempo probando, en mesas al aire libre, platos llenos de excelentes frutos de mar. Sin duda, cuando se deje atrás Carnac y Quibéron para regresar a Nantes y luego a la Francia no bretona, se extrañarán los días pasados en este mundo donde el tiempo parece pasar un poco más despacio, como para que las tradiciones y el pasado tarden mucho más en disiparse.

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Saint-Malo y el mar. Los marinos bretones de esta ciudad fueron los primeros en llegar a Malvinas, nombre derivado de “malouines”.
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