19:38 › A 35 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL MOVIMIENTO TEATRO ABIERTO

Desafío cultural a la dictadura

Dramaturgos, directores, actores, técnicos y colaboradores llevaron a cabo la más significativa resistencia cultural contra el gobierno militar. Tito Cossa, Rubens Correa y Roberto Perinelli recuerdan la importancia de ese movimiento. Por Paula Sabatés

Teatro Abierto, un hito que marcó la historia escénica de la Argentina.

Un 28 de julio pero de hace 35 años, a las seis de la tarde, el por entonces presidente de la Asociación Argentina de Actores, el actor Jorge Rivera López, se paraba en el escenario del Teatro del Picadero y daba comienzo, con la lectura de un texto escrito por el autor Carlos Somigliana, al movimiento teatral más importante de la historia argentina. “¿Por qué hacemos Teatro Abierto?”, preguntó ante una multitud. Y enumeró: “Porque queremos demostrar la existencia y vitalidad del teatro argentino tantas veces negada (…); porque pretendemos ejercitar en forma adulta y responsable nuestro derecho a la libertad de opinión (…); porque amamos dolorosamente a nuestro país y éste es el único homenaje que sabemos hacerle; y porque, por encima de todas las razones, nos sentimos felices de estar juntos”. Y es que allí estaban reunidos veintiún dramaturgos con veintiún directores y otros tantos actores, técnicos y colaboradores para llevar a cabo la más significativa resistencia cultural contra la última y sangrienta dictadura cívico-militar.

La idea era hacer un ciclo de obras cortas, todas breves, para ofrecerlas de a tres en funciones diarias y demostrar así que, pese a lo que decían las autoridades de los teatros y escuelas oficiales, sí había una dramaturgia nacional contemporánea, aunque estuviera proscripta. Para eso, desde fines de 1980, un grupo de autores entusiasmados por una idea de Osvaldo Dragún se organizaron y convocaron a cerca de doscientas personas, que se embarcaron en el proyecto que se hizo un año después. El 12 de mayo del 81, en conferencia de prensa, Dragún y otros compañeros presentaron lo que llamaron un “evento inédito” y ahí comenzó el frenesí de ese movimiento que todavía despierta interés en investigadores de todo el mundo por su carácter revolucionario y su capacidad de acción.

En aquella primera edición, que duró hasta septiembre, se incluyeron obras de Aída Bortnik, Roberto “Tito” Cossa, Carlos Somigliana, Elio Gallípoli, Griselda Gambaro, Carlos Gorostiza, Ricardo Halac, Roberto Perinelli, Carlos Pais, Eduardo Pavlovsky, Ricardo Monti, Alberto Drago, Eugenio Griffero, Patricio Esteve, Jorge García Alonso, Pacho O’Donnell, Víctor Pronzato, Diana Raznovich, Máximo Soto, Oscar Viale y Dragún. Por su parte, los directores que las montaron fueron Luis Agustoni, Carlos Gandolfo, Alberto Ure, José Bove, Enrique Laportilla, Carlos Catalano, Jorge Petraglia, Villanueva Cosse, Alfredo Zemma, Jorge Hacker, Omar Grasso, Juan Cosín, Rubens Correa, Osvaldo Bonet, Julio Tahier, Julio Ordano, Francisco Javier, Hugo Urquijo, Raúl Serrano y Antonio Mónaco.

A la semana de empezadas las funciones –que tuvieron un gran éxito de público y no sólo por el bajo precio de las entradas sino por la necesidad de ver teatro de calidad–, en la madrugada del 6 de agosto un comando prendió fuego el Picadero, intentando silenciar todas esas voces que reaccionaban contra la violencia del gobierno de facto. Alguien colocó debajo del escenario bombas incendiarias que rápidamente provocaron un incendio y la destrucción casi total del teatro. Esa misma madrugada los teatristas se fueron enterando del hecho. Se avisaban por teléfono, a las tres de la mañana, y acordaron reunirse en el bar La Academia para decidir qué hacer. Decidieron seguir. En otro teatro, con otras fuerzas y otros cuidados, pero seguir. Porque el teatro estaba más vivo que nunca. Y porque, lejos de aniquilarlo, el violento atentado lo había potenciado mucho más.

Tras la oferta de una veintena de salas que se ofrecieron para alojar al movimiento entonces huérfano, Teatro Abierto se mudó al Tabarís, donde continuó y culminó con su temporada, que reunió en esa primera edición a 25 mil espectadores, cifra que sorprendió incluso a los organizadores. Los años siguientes también hubo T.A: en 1982 se presentaron obras en los teatros Margarita Xirgu y Odeón (demolido unos años después) y la programación del ´83 se inició con una caravana a cuyo frente se alzaba un muñeco que simbolizaba la censura y que fue quemado en el Parque Lezama. En esa edición, las obras se ofrecieron sólo en el Xirgu. Cuando llegó la democracia, algunos de los integrantes históricos de Teatro Abierto asumieron cargos políticos en el área cultural del gobierno de Alfonsín, y el movimiento se reformuló en otros proyectos, tales como los ciclos “Nuevos autores. Nuevos directores”; “Otro Teatro” y “Teatrazo”.

Recuerdos intensos

“¿Cómo? ¿Ya 35 años?”. Tito Cossa no oculta a esta cronista su sorpresa. “Es que es un recuerdo muy intenso. Por un lado el más horrible, porque me recuerda a esa pesadilla que fue la dictadura. Por otro, el momento más hermoso que me ocurrió en teatro, uno importantísimo para las vidas de todos nosotros. De verdad sentimos que habíamos hecho algo contra la dictadura desde nuestro oficio”, sostiene el gran dramaturgo argentino a Página/12, que escribió para Teatro Abierto la magnífica Gris de ausencia, que se estrenó durante el tercer día del ciclo, dirigida por Carlos Gandolfo y protagonizada por Pepe Soriano, Luis Brandoni, Osvaldo De Marco, Adela Gleiger y Elvira Vicario.

“Intenso” es la palabra que suena en todos los protagonistas. También así define Rubens Correa lo que vivió en aquellos años: “Había una efervescencia impresionante, fue un momento muy especial. Frente a la lista de prohibidos que había hecho el gobierno, frente a su negación de que existía un teatro argentino contemporáneo, nos unimos todos por las ganas de estar juntos”, recuerda el actual director del Teatro Nacional Cervantes, que en aquel primer ciclo dirigió la obra Lobo…¿Estás?, de Pacho O´Donnell. “La unión hacía que todo fuera mejor. Nos reunimos de distintas tribus teatrales, de distintos oficios. Había algo que nos convocaba, que era el decir algo sobre lo que estaba pasando. Y hacerlo juntos fue especial. Uno de los momentos teatrales más lindos de mi vida”.

La primera obra de todas fue Coronación, de Roberto Perinelli, que también fue colaborador de prensa de aquella primera edición. “Estuvo bueno que fueran obras cortas, porque eso nos obligó a todos a sentarnos y ponernos a escribir. Si hubieran sido piezas más largas quizás hubiéramos sacado algo del cajón y presentado eso”, señala el autor, que recuerda aquella primera semana antes del atentado como “asombrosa”. “Sabíamos que había un enemigo y entonces trabajamos fuerte en función de eso. Yo tenía amigos y familiares desaparecidos, pero llegaba al teatro y me tranquilizaba porque eramos muchos, y porque la unión hacía que me sintiera protegido. Eso fue Teatro Abierto. Gente trabajando junta”, define.

Todos coinciden en que el ataque al teatro potenció al ciclo. También que eso despertó la solidaridad de toda la comunidad artística y también del público. Pero, por sobre todas las cosas, los teatristas miran para atrás y ven en Teatro Abierto un hito que marcó la historia teatral de la Argentina. “Fue un fenómeno que sólo pudo darse acá, por cómo es el teatro independiente, por su carácter de autogestión y de cargarse al hombro el trabajo y el impulso de una manifestación. A 35 años lo vemos así. Como un movimiento colectivo que hablaba del conflicto del hombre con la sociedad”, resumen.

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