VERANO12 › “FACUNDO”, DE DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO

El otro, el tigre

 Por Rodolfo Rabanal

Sin una fantasía interior que ilumine y levante un mundo propio, la realidad por sí sola no alcanza para dar forma a la literatura. Por eso Sarmiento, que se vio a sí mismo como un cronista comprometido con la realidad que le tocó en suerte y como un tribuno –no pocas veces colérico– de su propia causa, superó vastamente esos límites y mereció los elogios –también vastos– con que Miguel de Unamuno lo distinguió como el más potente escritor en lengua española del siglo XIX. Quizás el encomio del vasco suene a desmesura pero su contundencia es tal que desalienta la discusión y pone en cambio un foco de luz reveladora sobre la obra –ella misma en parte desmesurada– del singular sanjuanino.

En los últimos cien años, los estudiosos han agotado a Sarmiento, aunque tal vez, en lo hondo de sus vericuetos, resulte todavía inagotable pero, en todo caso, su obra ha sido estudiada desde diversas perspectivas y distintos apetitos: desde la política y la sociología, desde el pensamiento latinoamericano y la antropología, y desde la historia y, naturalmente, desde la misma literatura. La pregunta que alguna vez me hice sobre si Sarmiento es además un escritor de ficciones hoy me parece vana: sólo la idea de ficción, la idea novelesca como recurso narrativo, pudo organizar sus textos del modo en que lo hizo. Su mundo interior, como decíamos al principio, iluminó como un cuento, como una comedia o un drama las circunstancias que trató en su obra. Facundo, si vamos al caso, se planta por momentos como la primera gran novela sudamericana y, desde ya, argentina. Pedro Henriquez Ureña sostenía que es el libro más hondo que se ha escrito sobre los problemas de América, pero Ureña lo abordaba desde el punto de vista sociológico mientras que Unamuno lo veía como una totalidad dramática. Ambos, sin embargo, y luego casi todos aquellos que estudiaron a Sarmiento, coinciden en aseverar que con Facundo aparece totalmente definido el talento literario de su autor.

Como no se ignora, Facundo, Civilización y Barbarie trata el drama argentino en el primer tercio del siglo XIX. La república sin normas, la inmensidad de soles duros, la terquedad viril de caudillos litigiosos, las confrontaciones a muerte en batallas que eran polvo y degüello prestan el tono y el paisaje al libro. Sarmiento apunta a Rosas retratando a Quiroga, pero habla también del fraile Félix Aldao y del Chacho, otros guerreros en la contienda civil argentina. Muestra asimismo una galería robusta de personajes aislados, dueños del poder tribal en las villas de provincia, hijos todos, según interpreta, del suelo que les impone un carácter. Curiosamente, llega a “comprender” a Quiroga, llega hasta a admirarlo (no sin reparos), le reconoce una cierta nobleza, algo que, para su gusto, escapa a lo vulgar en un hombre que, por otro lado –o simultáneamente– es descripto como una fiera asesina. Pero no puede o no quiere “comprender” a Rosas, porque Rosas es frío, el gaucho rubio con corazón de hielo, el que piensa de qué modo conviene ejecutar “el mal”.

Podríamos detenernos en estas comparaciones y tendríamos materia suficiente para una conjetura sobre la compleja percepción de Sarmiento y las vueltas sorprendentes de su estilo, pero debo elegir una situación del libro, una circunstancia que, para mí, establezca un eje de preferencia. Y, en ese sentido, no hay escena en todo Facundo que haya impresionado más mi memoria que el capítulo donde narra Sarmiento de qué modo el tigre cebado persigue al joven Quiroga en los calientes y desiertos llanos que se extienden entre San Luis y San Juan. No sostengo que sea la mejor de un libro tan lleno, por otra parte, de potentes logros, sino que, seguramente debido a las proclividades románticas de la primera juventud, aquella pintura de tenacidad, fuerza y valor parecía destinada a centrar, de manera indeleble, la memoria total de su primera lectura.

La escena se cuenta en la segunda parte y la distingue el siguiente título: “Infancia y juventud de Juan Facundo Quiroga”. Ahí, el narrador omnisciente planta a un gaucho joven en medio del desierto que huye de una desgracia, y mientras huye oye a lo lejos el rugido de un tigre cebado que ya lo ha olido y lo busca para darle caza. Lo que sigue es novela pura, descripción y resistencia, carrera del hombre hasta el flaco algarrobo al que trepará para salvarse en tanto el tigre aguarda abajo con los dientes desnudos. Después nos enteramos de que el joven es Facundo, a quien sus amigos bautizan el Tigre de los Llanos. Fuera de toda duda, se trata de una de las mejores páginas de la literatura argentina.

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