CINE

El derrumbe

Cetáceos, ópera prima de Florencia Percia, es un retrato de lo impensado en la vida de una mujer decidida a abrir una grieta en el orden casi ritualizado de su aparente esplendor cotidiano. Elisa Carricajo se pone en la piel de Clara para derrumbar, con mínimos gestos, ese universo que la agobia.
Elisa Carricajo y Florencia PersiaElisa Carricajo y Florencia PersiaElisa Carricajo y Florencia PersiaElisa Carricajo y Florencia PersiaElisa Carricajo y Florencia Persia
Elisa Carricajo y Florencia Persia 

Clara está en la mitad de los treinta y, si esto fuera una revista femenina de esas que enseñan a las mujeres a ser exitosas, esta nota empezaría diciendo que lo tiene todo: un novio que la adora, una casa nueva, una carrera que va viento en popa, juventud y belleza. También tiene los ojos celestes de Elisa Carricajo, la actriz que la interpreta en la opera prima de Florencia Percia que se estrenó ayer luego de haber pasado por el 19º BAFICI. Pero Cetáceos no la muestra en el pico de la felicidad sino más bien en un momento de calma, casi se diría de comodidad: así aparece el personaje por primera vez ante nuestros ojos, recostada en el hombro de su novio (Rafael Spregelburd), satisfecha, volviendo a casa después de una salida, al fondo las luces de Buenos Aires que parecen encendidas solo para ella. En tono de comedia, Cetáceos recorre junto a Clara el discreto pero contundente derrumbe de ese estado de cosas que se da por sentado, y nos invita a observar todo por un rato con la mirada amplia y desconcertada de esta mujer que dice poco pero parece guardar mucho. Porque a partir de un viaje de su novio a Italia para participar en un congreso, Clara empieza a hacer lo impensado, como si de pronto hubiera decidido que no está dispuesta a cumplir con la serie de rituales y obligaciones naturalizados que conforman su vida.

Florencia Percia estudió dirección en la Universidad del Cine y antes había dirigido cortometrajes. Por este guión ganó el Concurso Raymundo Gleyzer, destinado a jóvenes realizadorxs que quieren hacer su primera película. Ese premio, a su vez, le permitió conseguir financiación del Incaa. Cuando empezó a escribir esta película en el 2012 estaba todavía en los veintipico y lejos de compartir la experiencia de su protagonista, pero tenía la idea de retratar a una mujer que quisiera hacer un paréntesis en su vida y dejarse llevar, hasta vagabundear, por situaciones cotidianas. “Quería que fuera una mujer que tuviera una vida resuelta, no una persona que estaba perdida, sino alguien que tiene los pies sobre la tierra. Un personaje que se sintiera asfixiado con una forma de vida, preconceptos o ciertos automatismos que tienen que ver con tener una pareja, una carrera, una profesión. Se trata de un momento en que ya tomaste decisiones en tu vida y te das cuenta de que esas decisiones quizás no son las que querías, un momento en el que ya te podés preguntar al respecto”, explica Percia, que actualmente está escribiendo su segunda película, una road movie protagonizada por cuatro mujeres. Sin embargo, el personaje de Clara tiene un componente enigmático; la decisión de la directora y guionista fue que nada de esto se pusiera en palabras y que la película la observara a través de pequeños universos cotidianos. “Es un personaje súper silencioso, el espectador la va siguiendo a partir de mínimos gestos, de mínimos movimientos del cuerpo, y recién al terminar la película entendés que ella está pasando una crisis.” 

Es que Clara, como aquel personaje de Herman Melville que en un momento empieza a responder a todos los requerimientos con un “Preferiría no hacerlo”, deja de lado sin dar explicaciones todas las tareas que tengan que ver con su rutina (desembalar los canastos de la mudanza, averiguar si le dieron una beca, ir a trabajar) y empieza, en cambio, a relacionarse de modo azaroso con desconocidos y aceptar propuestas que normalmente no hubiera aceptado. Es por eso que lxs espectadorxs pueden preguntarse a cada minuto quién o cómo es Clara, y la película no ofrece el consuelo de una respuesta fácil. El desafío, con un personaje que en buena medida interactúa a partir de mínimas partículas como “Bueno” o “Dale” y que muchas veces se define a través de la interacción con otrxs, fue trabajar con el guión para darle una profundidad a las mínimas frases, y por supuesto al silencio, un componente fundamental de Cetáceos y también una sustancia que va mutando para llenarse de sentido. Para generar un efecto cómico, que es el registro con el que Florencia Percia (seguidora de autores como Aki Kaurismäki o del cine de Rohmer, y que reconoce en Martín Rejtman un antes y un después en el cine argentino) más se identifica, se buscó que el personaje de Clara se manejara en un registro hasta medio dramático, mientras que el resto de los personajes encarnan situaciones de comedia. Ese choque de tonos, que a Florencia le interesaba trabajar en la película, también da cuenta de una mirada crítica y tierna a la vez sobre algo tan básico como es la búsqueda de la felicidad en la que todos los personajes de Cetáceos, con distintos recursos, aparecen embarcados.

Es que el mundo de Clara es el de la clase media porteña –Cetáceos se filmó casi exclusivamente en San Telmo–, adultxs con la vida armada que depositan en el consumo, de viajes, de productos naturales o de clases de tai chi, la posibilidad de alcanzar ese bienestar tan esquivo. Clara parece ser la más calmada de todos ellos, pero a través de esa pasividad se inscribe en una larga tradición de personajes que oponen resistencia al mundo de manera sutil, soterrada. Y como agrega Elisa Carricajo, “ella puede estar callada porque está, al menos al principio, con gente que no la escucha. Por más que ella hablara, no hay interés, entonces hay algo que se cocina adentro de ella, una forma de resistencia silenciosa y una especie de advertencia como de decir, “ojo con lo que se cocina cuando vos no dejás que el otro exista”. A su manera ella empieza a decir no, a poner límites”. Por supuesto que la línea divisoria entre lo que a unx le imponen y lo que elige a veces no está del todo clara; Cetáceos lo sugiere a través de un chiste brillante que se continúa a lo largo de varias escenas, cuando Clara acepta el cigarrillo que le ofrece un vecino con el que se cruza en la terraza. Poco después, otra persona le ofrece nuevamente un cigarrillo y hasta le regala el encendedor; para cuando el mismo compañero de ruta le regala un atado, y Clara prende un cigarrillo mientras escribe, ya es toda una fumadora consumada –porque, por otra parte, el ritual acompaña a la perfección la escritura de su novela–.

Florencia Percia y su protagonista no se conocían antes de Cetáceos, pero la directora había visto a Elisa en La princesa de Francia (dirigida por Matías Piñeiro), aparte de que la conocía del teatro, y la intuición le indicó que ahí estaba su Clara. Carricajo le aportó al personaje una cuota de humor que tiene que ver con poder reírse de sí misma, y lo que destaca del trabajo en Cetáceos es la ventaja de sumarse al proyecto casi desde el comienzo. Habituada a pensar la actuación como algo que no está desligado de la escritura, a partir de su trabajo en el teatro independiente y de su participación en el grupo Piel de Lava (junto a Pilar Gamboa, Valeria Correa y Laura Paredes), la actriz considera que no hay una diferencia tan radical entre estar adentro o afuera de la escritura: “Uno puede actuar mejor cuanto más pueda pensar en la escritura y no solo estar a disposición de alguien que sabe mientras se supone que uno no sabe, por eso estuvo buenísimo todo el trabajo con el guión y poder pensarlo juntas”. 

El rodaje empezó en octubre del 2015 con un viaje a la Patagonia para filmar a las ballenas francas en pleno proceso de entrenar a sus crías en comer y respirar, un tema que da título a la película y aparece a través de un personaje, interpretado por Esteban Bigliardi, que es biólogo marino. La presencia de las ballenas, sobre todo a través de su canto, da la clave de una característica de la película que es su capacidad de ser graciosa y delicada a la vez: en esa especie de epifanía que constituye para Clara el canto de las ballenas, lo que es un chiste se convierte de pronto y sin que sepamos cómo en un fogonazo de belleza. Así procede Cetáceos también, borroneando los límites entre lo hermoso, lo torpe y lo grotesco, o construyendo un universo donde lo ridículo puede mutar en maravilla. 

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