Medios y comunicación
Una ficción que espeja realidades
Ricardo Haye sostiene que la escala humana y las manifestaciones del dolor individual le confieren a la nueva temporada de Jessica Jones una consistencia y un verismo del que carecen otros productos presuntamente realistas.

Jessica Jones ha regresado y su segunda temporada vuelve a demostrar que Marvel no tiene inconvenientes en mover las fronteras de las historias super heroicas. Tanto lo hace que los poderes de la muchacha en cuestión pasan a un discreto segundo plano para otorgar centralidad a cuestiones de relaciones y conflictos personales.

Es ese desfile de tipos humanos lo que confiere a la serie de Netflix una trascendencia distinta a las de otros productos centrados en sujetos poderosos. De nuevo estamos ante los contrastes de “la capital del mundo”, una sociedad consagrada al éxito pero que esconde bajo la alfombra los despojos de quienes van quedando en el camino. Ciudad y jungla establecen un paralelo angustiante cuando la selva y la urbe comparten una misma ley, que no contempla salvaguardas para los débiles o los desposeídos. Porque en Nueva York conviven un médico genetista que explora posibilidades de curación cuyos límites van más allá de principios éticos elementales y jóvenes vulnerables tratando de superar las adicciones; una abogada poderosa dispuesta a transgredir barreras legales a fin de combatir la enfermedad que la consume y una ex-enfermera que mal vive entre un conjunto de homeless desarrapados y carentes de todo vínculo; una madre que fue capaz de entregar a su hija adolescente, con tal de franquearle el acceso a la industria del espectáculo y aquella misma muchacha que –años después– no trepida ante nada con tal de alcanzar el éxito mediático.

Los traumas están a la orden del día y el relato indaga en ellos sin contemplaciones. La constitución hogareña tradicional ha desaparecido por completo dejando paso a formas familiares desestructuradas. Un ex convicto, que es -como no- hispano disputa la tenencia de su hijo con su antigua pareja, que pretende arrebatárselo. Igual que ha sido siempre, las prisiones continúan siendo un lugar de castigos crueles y no de reeducación y sus encargados son funcionales a esa característica, tanto que algún carcelero repugna incluso a las conciencias de sus compañeros, que lo describen como “un demente” y “un psicótico”.  

El retorno de Jessica Jones no trae el acostumbrado villano, malo de toda maldad. Aquí la controversia entre el bien y el mal es más difusa y ambigua, lo que nos fuerza a acomodar las piezas de un rompecabezas que en la mayoría de los casos viene ya armado y no exige compromiso cognitivo alguno. En esa bienvenida gimnasia del pensamiento podemos ocuparnos de revisar en qué medida controlamos nuestra ira, frágiles criaturas sometidas a presiones de época que tienden a desbordarnos.  

Más allá de la escena de cierre, que presenta una cena promisoria, el arco narrativo nos muestra a una heroína casi inmutable. Su oficina/vivienda sigue tan desastrada como al comienzo; la relación de Jessica con la bebida continúa en el mismo estadio. Sin embargo, a diferencia de otros superhéroes de chatura impar, eso no significa que la mujer haya estado exenta de vivencias complejas y conmocionantes. 

La hemos visto atravesar experiencias de las que ningún ser humano puede salir indemne o sin transformaciones. Contra lo que podría suponerse, esos acontecimientos no son el apocalipsis o la presencia de un antagonista que amenaza derribar al gobierno o someter al planeta, sino la intensa relación de amor/odio materno-filial y la fractura de un lazo fraterno antiguo y sumamente vigoroso. 

Esa escala humana y las manifestaciones del dolor individual le confieren a la nueva temporada de Jessica Jones una consistencia y un verismo del que carecen otros productos presuntamente realistas. 

Los nuevos episodios de este relato de ciencia ficción vuelven a corroborar que ese género resulta apto y eficiente para ofrecer un retrato fidedigno de ciertas características de este tiempo. Y también que la discusión epistemológica no puede continuar ignorando la significación de lo ficcional. Sobre todo, cuando las relaciones entre cosmos y lenguaje incluyen una semántica de los mundos posibles que ha dado señales reiteradas de su capacidad para anticipar o prefigurar realidades.

* Docente-investigador de la Universidad Nacional del Comahue.

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