La potencia de lo necesario
Imagen: Joaquín Salguero

Hace ya muchos años que los 24 de marzo están marcados en la agenda argentina como una efeméride que, en su tipo, no existe en ningún lado. Absolutamente en ninguno. No, por lo menos, en los alcances de que dispone más allá del marcaje de un feriado que de por sí es sustantivo: ¿dónde hay un Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia?  Dentro de ese recuadro, ¿este 24 tiene algo de particular?

De ser por la marcha, Luis Bruschtein hizo una recorrida tan exacta como conmovedora en su contratapa del viernes en PáginaI12. En los primeros años de la democracia, recuerda Luis, a pocos se les ocurría que el 24 de marzo pudiera ser una fecha que convocara. Transcurría, en efecto, en forma intrascendente. “Alguna radio pública en el Obelisco con no más de 500 personas, o actos alusivos en plazas e instituciones”. Pero al cumplirse los 20 años hubo un quiebre. Un domingo. “La Plaza de Mayo completa fue desbordada por la multitud que llegó sin aparatos sindicales ni políticos y sin encuadramientos partidarios, en un día de descanso (...) La masividad sorprendió a los organizadores y fue un mensaje contundente para los que buscaban la puerta trasera del olvido. De allí en adelante, el 24 de marzo ha sido una especie de cita de honor a pesar de los debates y las diferencias. (…) Nadie puede hacer política dándole la espalda a este fenómeno de identidad democrática en la Argentina”. De hecho y aun cuando se lo observe como una muestra suprema de cinismo, Macri debió afirmar en Mendoza –apenas iniciado su discurso durante la asamblea del BID, nada menos– que es momento de decir todos juntos “Nunca Más” al terrorismo de Estado. Y quizás haya sido la primera vez en que se le escuchó decir “dictadura militar”. Cívico-militar te la debo, pero al tratarse de quien se trata vale más el significado que el significante.

Cita de honor. Eso. El honor que jamás tendrán los sectores propicios o ya indiferentes ante la dictadura, tanto en modo activo como olvidadizo porque en esto no hay medias tintas. Quienes pretenden que los dejen de joder con lo que pasó hace 42 años son partícipes pasivos, en el mejor de los casos, de lo reproducido y reproducible en los gobiernos que hoy expresan los mismos intereses que las juntas militares.

Y por fuera de la marcha propiamente dicha, hay los pibes y los docentes y algunos o muchos directores de escuelas que rememoran y explican lo ocurrido aprovechando el feriado que por algo es, y la actividad incrementada en las redes, y las convocatorias a no olvidarse así sea desde grupos reducidos de militancia. La trampa es caer en la pregunta de si acaso no son una minoría, como si el centro no fuese que el activismo irrenunciable de esas franjas es la garantía de un obstáculo permanente para los repetidores de la historia. 

La doctrina Chocobar; la probabilidad de prisión domiciliaria para represores bajo la legítima excusa de que les corresponde la igualdad ante la ley; el derecho burocrático a dar clases de una apologista del terrorismo de Estado; la persecución mediático-judicial a dirigentes opositores que poco a poco debe ir retrocediendo porque el escándalo precisamente jurídico es inocultable, nutren una atmósfera de la que pueden sacarse conclusiones nada antitéticas. Son complementarias, en verdad. Por un lado, los medios y comunicadores oficialistas pregonan polémicas acerca de, justamente, el imperio de la ley. ¿Por qué Cecilia Pando no podría dar clases si es maestra con título, y apenas se remitiría al programa de estudios en lugar de bajar línea sobre lo fantástico que, dadas las circunstancias, fue el robo de bebés? ¿Por qué no le corresponderían al Angel de la Muerte las mismas prerrogativas que al común de los mortales (aunque ni siquiera el mismo monstruo haya solicitado condiciones especiales para su controlado estado de salud)? Correcto, formalmente, si quisiera hacerse un esfuerzo de lectura aséptica. Pero esto no es cuestión de formalidades o bien, aun incluyéndolas, cualquier análisis político que se precie de serio toma en cuenta el escenario general. Esto es, un clima de época o etapa en el que queda habilitado hablar de los derechos de Pando & Cía. –o Compañía y Pando, es más adecuado– como si no hubiera contexto. El límite de esa trama está puesto por el universo efectivo y simbólico de quienes se movilizaron el sábado, en prácticamente todo el país, si bien los medios de alcance nacional sólo dieron cuenta de la Plaza de Mayo. Y es allí donde la condición numérica pasa a segundo plano por su carácter de minoría intensa e indispensable. 

Sirva como ejemplo el asesinato de Rafael Nahuel, sin siquiera pasar por las atrocidades oficiales en el caso Maldonado. Las pruebas efectuadas en el Centro Atómico Bariloche revelaron que no había rastros de pólvora en las manos del joven mapuche muerto por la espalda durante un operativo de Prefectura. ¿Tendría alcance semejante dato si no hubiera subsistido la presión de los imprescindibles para que se continuara investigando? ¿Sí? ¿En un gobierno como éste?

Como dice Jorge Alemán y según lo escribió en su último artículo para La [email protected] Eñe, “el 24 no es la resurrección pero sí la mostración en acto de lo que no termina de morir nunca (...) Lo que no puede ser asesinado del todo está siempre presente, en el núcleo de cualquier proyecto emancipatorio. Por eso este acto, este día, es el que supervisa en última instancia a todo (el) proyecto político, el actual y lo que vendrá también. El homenaje del 24 no celebra nada ni borra el insulto a la Humanidad que se perpetró. Pero rememora lo que ahora y siempre nos interpela, el deseo, ‘que hace que la vida no tenga sentido si produce un cobarde’”. 

Desde ya que ni este ni ningún 24 de marzo celebran algo, pero que cada quien encuentre el verbo o término capaz de destacar lo imprescindible de esa marea de gente significativa y juntada para establecer, otra vez, el piso de lo necesario. Los 24 no son construcción política, es cierto. Sin embargo, nada podría construirse si se careciera de un hecho único en el mundo y que, así como deviene de lo peor que le pasó a este país, (re)produjo una gran parte de lo mejor de la sociedad. Sin las Madres, sin las Abuelas, sin los organismos de derechos humanos, sin las organizaciones y luchadores sociales, individuales, intelectuales, nunca agotados en la denuncia del genocidio y de su relación intrínseca con el modelo económico que ahora se disimula o exhibe bajo lícitas formas democráticas, Argentina sería tabla rasa contra la memoria y la justicia. Como lo es en todo el resto de los países que atravesaron etapas de masacre similares, porque flaquean en el aire de movilización que sí tiene éste para ofrecer una resistencia no sólo ensimismada con la vergüenza del pasado sino contra sus efectos de presente y futuro. 

Ni celebración ni derrota consumada, entonces, porque –valga uno de esos lugares comunes que a veces son los lugares más adecuados– se mantiene viva una llama sin la cual, y sin ir más lejos, Astiz podría irse tranquilamente a la casa.

Y resulta que no puede.

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