Andrea Ferrari y Martín Blasco escribieron una novela a cuatro manos

“Si algo define lo juvenil, tiene que ver con una mirada”

En Quizás en el tren, cada autor desarrolló un personaje –una adolescente y un ladrón de celulares–, construyendo una historia inusual para la literatura juvenil, que no cede a sentimentalismos ni finales redentores, pero abre la posibilidad de asomarse al otro.
Ferrari y Blasco dicen que la experiencia fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos.Ferrari y Blasco dicen que la experiencia fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos.Ferrari y Blasco dicen que la experiencia fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos.Ferrari y Blasco dicen que la experiencia fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos.Ferrari y Blasco dicen que la experiencia fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos.
Ferrari y Blasco dicen que la experiencia fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos. 
Imagen: Leandro Teysseire

Este libro tiene dos autores y dos protagonistas. Fue escribiéndose a medida que sus capítulos iban y venían entre unos y otros: ese ida y vuelta iba haciendo crecer y tomar decisiones a los protagonistas, pero también influyendo a los autores, que dejaban correr sus plumas en función de lo que recibían. Los autores mandaban capítulo a capítulo para avanzar; los protagonistas, si bien se cruzan, apenas se hablan. La novela está pensada para los lectores jóvenes (aunque, sigue haciendo falta aclararlo, eso no excluye a aquellos que ya no lo son). Pero plantea protagonistas poco frecuentes para este segmento de público: una adolescente china y un punga de tren, ya mayor. Quizás en el tren, de Andrea Ferrari y Martín Blasco, sobresale entre las recientes ediciones de la cada vez más promocionada “literatura juvenil” por la historia que cuenta y el modo en que lo hace.

Alma –Jiang Li para su familia– es una chica de 17 años tan china como argentina: ella vive aquí, pero en el Barrio Chino; se siente una adolescente como cualquiera de las de acá, pero todo su entorno familiar se mueve con las costumbres de allá. Jorge es un personaje con muchos matices, muy rico en ese sentido. Ya es un tipo grande que vive básicamente del robo de celulares, casi siempre en transportes públicos. Lo considera un trabajo como otros, y tiene sus lógicas y sus códigos bien claros, por eso odia que le digan chorro: “como si fuera lo mismo...”. Lo atractivo es que la trama de Quizás en el tren no cae con él en sentimentalismos, justificaciones ni en ninguna clase de piedad. Acá no hay finales redentores, pero sí una posibilidad cierta de asomarse a un modo de ver y de pensar, a un otro.

En diálogo con PáginaI12, Ferrari y Blasco dicen que la experiencia de este libro a cuatro manos editado por Loqueleo fue tan buena que ya están pensando en volver a escribir algo juntos. “Cada uno eligió un personaje y comenzamos a mandarnos los capítulos. A mí siempre me había resultado tentadora la posibilidad de escribir con otra persona y al mismo tiempo me daba un poco de susto. ¿Hasta dónde podía aceptar la libertad del otro en un libro mío? Pero siento que hay una sintonía en lo que escribimos y me pareció que estaba bueno animarme a algo distinto”, cuenta Ferrari. “Yo tenía el mismo miedo: más allá de que uno sea amigo, se lleve bien, escribir es un acto muy solitario. Pero fluyó desde el comienzo, eso fue una sorpresa”, acuerda Blasco.

–¿Cómo trabajaron la escritura, teniendo estilos distintos? 

Andrea Ferrari: –Siento que quedó algo bastante uniforme, pese a que nuestros estilos son distintos. Y eso es algo interesante que se dio, un cierto contagio. Nos fuimos contagiando uno al otro en ciertos aspectos del estilo, en la mirada, en el tono, incluso en algunos recursos. Quizás yo recibía el capítulo de él y tomaba un recurso que él utilizaba. Tengo la sensación de que escribir a cuatro manos es como bailar: uno sigue un poco al otro en ese paso y al mismo tiempo le da un giro que el otro toma, y así avanzan.

–¿Y cómo eligieron el personaje para cada uno?

A. F.: –Cada uno hizo una elección totalmente libre de su personaje. A mí me atraía la idea de un personaje inserto en un mundo cerrado. Alma vive en Buenos Aires pero dentro de una comunidad que tiene su propia lógica, su código, su lengua, su cultura. Finalmente me decidí por la comunidad china e investigué un poco sus hábitos, costumbres. Me atraía la idea de una persona que está a caballo de dos culturas, y cómo esto puede ser armónico en un momento y puede resquebrajarse en otro, que es lo que le pasa a Alma. 

Martín Blasco: –En mi caso, me gustaba el desafío de escribir sobre un ladrón, y un ladrón de celulares era algo muy actual. Era un desafío también no caer en ningún lugar común, no quería ni convertirlo en un monstruo ni tampoco justificarlo tipo “roba para alimentar a los chicos”... No, quería crear un personaje particular que se sostenga, con su forma de pensar, sus decisiones... 

–Y hasta con su ética...

M. B.: –Una vez que Jorge empezó a nacer, lo lindo fue ponerse en su lugar. Si yo fuera un ladrón de celulares, tendría mis limites, sabría lo que haría y lo que no. A mí me interesa mucho la duda moral, no la moralina, pero sí agarrar personajes en los que entra en juego esa cuestión: por qué sí, por qué no, por qué está bien o mal, es igual en todas las circunstancias.

–Al final hay un agradecimiento a todos los que le han robado celulares...

M. B.: –(Risas) Fue un pequeño chiste, pero es cierto. Mi motivación para escribir sobre ladrones de celulares es la cantidad de veces que fui víctima de ellos. Se ve que tengo toda la cara de “¡robenme el celular!”.

A. F.: –Lo gracioso es que uno de estos robos ocurrió mientras escribía. ¡Entonces ese día él lo no quería ver más a su personaje!

M. B.: –Me han afanando de todas las formas y en todos los lugares posibles. Este año todavía no, pero creo que por algo que me parece lamentable: aprendí a cuidar las cosas, si me siento cerca de la puerta en el subte lo guardo cuando abre, esas cosas. Lo tuve que aprender porque soy muy distraído y es una pena tener que estar pensando en eso. Como digo en ese agradecimiento, lo bueno de la literatura es que te permite transformar lo que te pasa en inspiración.

–¿Y usted también salió a investigar sobre el tema? 

M.B.: –No, a diferencia de Andrea, como vengo del guión y no del periodismo, no investigo nada. No tengo idea cómo se manejan los ladrones de celulares, en general. Pero los personajes son verosímiles en la medida en que son particulares: no es un ladrón de celulares, es esta persona que es así, es Jorge. Lo que hice fue ponerme a pensar: si fuese yo, cómo robaría, a quiénes, dónde iría a vender después el celular. ¡Supongo que me sirvió ponerme a pensar todo eso para que no me afanen más! (risas). 

–Al final, ¿qué es lo que disfrutaron de escribir de a dos?

A.F.: – Esta mecánica de escribir cada uno e ir mandándose esperando el capítulo del otro resultó súper estimulante, cosa que no había previsto antes de empezar. Por lo general, armás el esquema del libro, tenés todo estructurado, sabés más o menos qué va a pasar. Y acá no fue así; de pronto, lo que pasaba con Jorge me incidía a mí en decidir algo distinto sobre lo que iba a pasar con Alma. Fue un libro mucho más movido en ese sentido.

–¿Qué es lo que los atrae de escribir para lectores jóvenes?

M. B.: –No pienso mucho en edades cuando escribo. La literatura juvenil terminó siendo un medio natural para mí, pero por cuestiones que tienen más que ver con los géneros que se trabajan y con la forma en que se trabaja, que con el hecho de que esté dirigida a jóvenes. Trato de escribir algo que me guste a mí y dejo muy a criterio de la editorial si es para 8, 15 o 30 años. Más allá de eso, tener lectores jóvenes es genial, porque con ellos tenés una devolución inmediata: enseguida te dicen “me gustó”, “no me gustó”, no tienen ningún problema en largar tu libro por la mitad y decírtelo... 

A. F.: –Creo que los límites son bastante difusos, es difícil definir qué es juvenil, qué es adulto... En el fondo, es un criterio editorial. Tengo la sensación de que si hay algo que define a lo juvenil –y acá se pueden incluir algunos libros de adultos–, tiene que ver con una mirada. Una mirada que puede enganchar al lector juvenil. Yo siento que la búsqueda va por ese lado, inconscientemente, no es que una está planteándose esto al escribir. Esa mirada tiene que ver con lo nuevo, con el cambio, con lo que es el crecer, los desafíos, lo que sería una literatura de iniciación. En este libro están. Y siento que un lector adolescente puede encontrase en este tipo de literatura, puede sentirse identificado en esa mirada. 

–En ese sentido, lo peculiar en esta novela es que hay una protagonista adolescente que transita todo esto, pero el otro protagonista no lo es...

A. F.: –Hay un paralelo en lo que les va pasando a los dos. Pese a que tienen circunstancias e historias de vida muy diferentes, van viviendo cosas que de algún modo –no lineal– los acercan. Y aunque no hay un final cerrado, ni redentor (y tampoco lo vamos a contar acá), de algún modo uno presiente que algunas cosas van a empezar a cambiar.  

M. B.: –¡Jorge es simplemente inmaduro! (Risas.) 

–Actualmente hay una especie de boom de la literatura juvenil. ¿A qué creen que se debe?

A. F.: –Hay una fuerza centrada ahí en este momento, un boom de marketing dirigido a los adolescentes. Pese a esa frase hecha de que “los chicos no leen”, en realidad leen un montón. Siempre hubo gente joven que leyó mucho, lo que pasa es que ahora es más visible, porque desde el punto de vista comercial se le dio una fuerza. También los fenómenos comerciales muy fuertes como Harry Potter y demás, generaron la visibilidad para editar más.

M. B.: –En realidad eso se fue gestando y viene de lejos. Hay un libro que recopila cartas entre Henry James y Stevenson, está buenísimo porque muestra la mutua admiración entre dos escritores que nada que ver. James está leyendo La isla del tesoro y está fascinado, le pregunta cómo se le ocurrió escribir eso. Y Stevenson le dice que no hay suficientes libros para leer entre los 13 y los 17, y que él pensó el libro un poco para eso. Es todo un antecedente de literatura juvenil, que para mí la inventó él. Solo que no estaba catalogada como tal.

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