El estreno de la película rosarina "Siempre es tarde", de Patricio Carroggio
Los sentimientos en equilibrio
El film se sumerge en el cariño y desencanto de dos amigos y amantes. Entre la casa que se construye y una pared que se desgaja, su poética se esconde en los gestos pequeños, elipsis y esperas.
María Eugenia Solana y Gustavo Maffei protagonizan la película del director catalán.María Eugenia Solana y Gustavo Maffei protagonizan la película del director catalán.María Eugenia Solana y Gustavo Maffei protagonizan la película del director catalán.María Eugenia Solana y Gustavo Maffei protagonizan la película del director catalán.María Eugenia Solana y Gustavo Maffei protagonizan la película del director catalán.
María Eugenia Solana y Gustavo Maffei protagonizan la película del director catalán. 

Siempre es tarde

Argentina, 2018

Dirección: Patricio Carroggio.

Guión: Patricio Carroggio, María Eugenia Solana, Gustavo Maffei.

Música: Mario Caporali.

Cámara y edición: Patricio Carroggio.

Producción ejecutiva: Pablo Romano.

Reparto: María Eugenia Solana, Francisco Fissolo, Gustavo Maffei, María Zulema Amadei, Carlos Cavallo, Ariel Gauna, Ezequiel Rodríguez, Tulio Rodríguez, Mauricio Tejera, Elbio Barchiesi.

Duración: 66 minutos.

Sala: El Cairo.

8 (ocho) puntos.

 

¿Por qué Eugenia permite que el Flaco le hable tan brusco? Una y otra vez se reitera el maltrato. Tal vez no sea así, sino sólo algo que el espectador presiente, en tanto invitado espía; es decir, como voyeur que mira las vidas de esta pareja de ¿amigos?, ¿amantes?

Ingresar en esta intimidad es asunto complejo. La primera acción que Siempre es tarde propone es la de un pescador y su silbido de marchita peronista, que entra por derecha de cuadro para llevar al espectador hacia el interior de la trama. Luego, las acciones superpuestas, como desglose de instancias paralelas: la obra en construcción, la pareja de Eugenia, la del Flaco, la mamá de Eugenia, el pescador ahora albañil.

Piezas, en verdad, de un gran paréntesis situado en medio de las vidas de dos personas que se quieren y celan, que han compartido mucho pero están ahí, en ese punto medio donde se dice poco y las palabras cifran demasiado. Apenas mostrando, entre diálogos sesgados, elipsis, la película de Patricio Carroggio ‑catalán de vida rosarina‑ organiza un recorrido sensible donde perderse, desde una cámara que intuye lo que sucede para sumergirse allí: la mirada, la sonrisa a medias, la mano que pinta, el fresco escondido en la pared.

Siempre es tarde se construye, si se permite la expresión, sobre la marcha, a partir del momento particular que sus protagonistas viven, pero sin explicitar demasiado sino, mejor, desde lo que sienten. Eugenia y el Flaco son dos personas muy unidas pero con vidas separadas. Cada uno por su lado, y sin embargo cada acción que realizan guarda repercusión en el otro. El cumpleaños de él es el momento del encuentro: los dos solos, sin alegría, al amparo del duelo que el Flaco sobrelleva tras la ruptura con su pareja. Del mismo modo, como contrapunto, Eugenia señala sobre el viaje que le propicia una oportunidad laboral. Uno cuenta, el otro escucha; y viceversa. A la manera de un equilibrio dialógico, que es también síntesis de un requerimiento mutuo.

En suma, Eugenia y el Flaco son una misma fuerza, de ecos todavía perceptibles: el robo lúdico en el almacén, por ejemplo. De todos modos, el ánimo es de desasosiego compartido. Los pleitos o altibajos que cada uno expone, en función del desamor o discusión con sus parejas y consigo mismos, no dejan de ser situaciones que esquivan el dilema mayor, dado por la cercanía/lejanía que estos amigos/amantes mantienen. Es entre ellos lo que de veras importa, lo que da sostén a lo demás, o tal vez sea todo lo demás ‑tal como sucede‑ lo que permite que ellos se compartan, de esta sola y única manera posible.

En este sentido, en algún momento tendrá lugar el diálogo que permita la duda contrafáctica: "¿Por qué no hemos decidido estar juntos?". Hay cierta incomodidad en lo que se dice, en lo que se escucha. No hay respuesta clara, antes bien una sensación de cariño amargo, que convive con ciertos sinsabores que, tal vez, se pretenda mantener lejos de este afecto genuino, a saber: pareja, casa, familia, trabajos, horarios.

La mamá de Eugenia es quien sabe que hay algo más, pero no dice nada. No es que el film así lo exponga, sino que lo sugiere. Ella observa perspicaz las reacciones de su hija y amigo, mientras comparten una torta de mandarina, como si fuera una merienda de tarde infantil. Él y ella se dicen desde enojos, reproches, y la madre escucha paciente, guarda silencio, como si las respuestas las dejara dentro, ya enterada.

El film de Carroggio se permite relacionar lo que sucede con situaciones fácticas que, por sí solas, lejos están de significar como lo hacen al amparo de este amor casi desangelado: la casa que se construye ‑con la vigía del arquitecto, pareja de Eugenia‑ inevitablemente dialoga con el fresco que pacientemente descubre su mamá en su casa. Este fresco guarda una imagen preciosa, que ha descansado durante muchos años tras una pintura blanca inclemente, finalmente vencida por el paso del tiempo. Además de rasquetear pacientemente la pared, la mamá de Eugenia ‑plácidamente interpretada por María Zulema Amadei‑ también pinta; la cámara de Carroggio muestra en detalle su pulso y pincelada de árbol, mientras ella dice sobre las virtudes de la composición según la tradición japonesa, acerca del equilibrio visual asentado en el contrapunto sencillo: una curva/una recta.

Ese ir y venir compensado al que alude, dice de manera perfecta sobre la dualidad que supone la casa que se construye y la que ha sido hecha hace mucho, sobre la condición de amantes y amigos, sobre la pesca fortuita en el río y el trabajo de salario mentido, así como sobre la hipocresía del profesional que usura el trabajo ajeno. Cuestiones que perfilan una construcción formal precisa en la película de Carroggio, y vale por esto mismo señalar que el film es consecuencia de un planteo preeminente, dado por los mismos intérpretes ‑María Eugenia Solana y Gustavo Maffei‑, quienes delinearon sentimentalmente a sus personajes y convocaron a Carrogio para darles forma cinematográfica.

La colaboración sumió a sus responsables en un juego de referencias acertadas, surgidas evidentemente del tino compartido y una confianza estética mutua. Todos rasgos que bien valen distinguir ‑Siempre es tarde resultó ganadora de Espacio Santafesino en la categoría Largometraje en producción 2016‑, porque Carroggio es un realizador atento a lo que sucede a su alrededor, de mirada despierta, dedicado a esperar el momento oportuno; se trata de alguien paciente (rasgo hoy algo devaluado). Además, es el responsable de la película El perro de Ituzaingó, documental dedicado a Raúl Perrone, realizado con la venia del maestro. De hecho, es el temple poético de Perrone el que está dando vueltas por la nueva película del director catalán.

Como corolario, y en función de un mismo contrapunto conceptual, de equilibrio formal, en Siempre es tarde es el mismo pescador del inicio quien vuelve a ingresar al cuadro sobre el desenlace; en este caso, lo hace desde la izquierda, y con una pierna que ya no camina igual. Como un paréntesis, que se cierra.