Perdida, de Alejandro Montiel, con Luisana Lopilato
Policial con ilusión perdida
Quizá por respetar demasiado los ingredientes del género, Perdida termina pareciéndose más a un trámite que a un film que sorprenda al espectador. Lejos de los mohínes de Casados con hijos, Lopilato entrega una actuación sólida como la detective protagonista.

Hay un policial argentino de exportación. De exportación a España, prioritariamente, y eventualmente también a otros países latinoamericanos. Es posible que la corriente se haya iniciado con El secreto de sus ojos (ni hablar de las de Adolfo Aristarain, cuya consideración como autor en la península fue justamente posterior a ellas, ni tampoco de las de Fabián Bielinsky, teniendo en cuenta que hasta los críticos hispanos consideraron que El aura era una suerte de abstracción incomprensible). Después vinieron coproducciones, sobre todo con Ricardo Darín, adorado por allí, como se sabe. Los casos de Tesis sobre un homicidio, Séptimo y Nieve negra (2013/ 2017). Coproducción argentina-española en la que interviene Telefé y que distribuye Disney, Perdida apunta a ese nicho. Basada en la novela policial Cornelia, de Florencia Etcheves, y dirigida por Alejandro Montiel (realizador de la comedia ligeramente policial Extraños en la noche, y del policial Un paraíso para los malditos), Perdida presenta a Luisana Lopilato en el papel de una detective obsesionada por reflotar el caso de desaparición de su mejor amiga de la adolescencia. 

Como en muchas series extranjeras, que pueden verse sobre todo por Netflix (Marcella, Collateral, Happy Valley), Lopilato hace aquí de inspectora de policía. Cuando estaba en el cole, Manuela, o Pipa (Lopilato) viajó a Bariloche junto a un grupo de amigas, con una docente a cargo. Su mejor amiga, Cornelia, desaparece en ese viaje, y cuando una partida policial da en medio de la nieve con una cadenita que Cornelia llevaba siempre al cuello determinan que se trata de un caso cerrado. Catorce años más tarde, Manuela, perseguida por los fantasmas de la adolescencia, pide a su superior, el único que la apoya en la repartición (Rafael Spregelburd), reabrir el caso, y aquél la autoriza, ante el recelo de sus compañeros. Manuela reinicia la investigación y ésta la pondrá en la pista de una red de trata con conexiones en España, una de cuyas cabecillas es Nadia (Amaia Salamanca). Obviamente que cuanto más escarbe Manuela más esqueletos saldrán del armario, tanto del pasado vivido en Bariloche catorce años atrás como de la red de trata y la institución policial, dejando a la nieve negra y roja, de mugre y de sangre.

Un problema de Perdida es la falta de suspenso y tensión. Las incidencias policiales no se viven como algo sorpresivo o shockeante, que ponga el mundo patas arriba, sino como si se tratara de marcar con un tilde cada nueva vuelta de tuerca. Tal personaje ajusticia a otro. OK. Tal otro elimina a sangre fría a tales otras. Anotado. Ése que se pensaba eliminado de la trama estaba vivito y coleando. Ah. El otro que uno suponía del lado de los buenos resulta que no tanto. Bien. Éste mata al otro, aun cuando el otro bajó su arma. Mmmhhh. Perdida es un trámite, no una película. El trámite de filmar un guion que a su vez cumplió el trámite de adaptar una novela previa, escrita por una autora de policiales que trabajó durante mucho tiempo en Canal 13 y TN.  

Perdida aspira, en verdad, a hablar de las ilusiones idas de la adolescencia. Del paso del grupo de amigas, lleno de esperanzas, a las individualidades de la madurez, puro escepticismo y cuidado del interés personal. De la traición de los pretendidos maestros y la consecuente decepción de los discípulos. De la soledad y el refugio en el trabajo de quienes no tienen otra vida que no sea ésa (el caso de Manuela, a quien no se le conoce novio, ni novia, ni nada). Todo eso está muy bien como segundo relato siempre y cuando el primero, el policial, funcione. Y no funciona como relato (en cuanto éste supone la participación del espectador) sino como línea de puntos, que se va siguiendo sin remezones mientras se tildan las estaciones visitadas. Caso no precisamente infrecuente, la actriz que el sentido común podría suponer como “no-actriz” (Luisana Lopilato, signada por su pasado en la serie Casados con hijos) pelea su papel con uñas y dientes, mientras que el actor, autor y director de prestigio teatral, Rafael Spregelburd, no llega a proporcionar algún necesario matiz de sordidez u oscuridad a su comisario demasiado bueno. 

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