Ser dueño de un tigre

I

Yo soy dueño de un tigre, se lo gané a un Conde italiano, en Berlín, en el bar de un portugués al cual el mismo Conde me había llevado a comer y a jugar dados. 

Nunca lo dije hasta ahora porque, a decir verdad, nunca se me presentó la oportunidad de meterlo en una conversación. Hasta ayer a la noche, cuando alguien, sin intenciones de hacerlo, me lo recordó, e hizo a la vez que cayera en la cuenta de lo que eso puede llegar a significar.

La apuesta se dio una noche tarde, bien tarde, de amanecida. Tiempo después de haber conocido al conde en Bologna, en una reunión a la cual me invitaron para entregarme un premio. En aquella reunión un italiano de unos 35 años (que ni por asomo imaginé Conde) leyó, en perfecto español, un párrafo de mi libro. Aunque los comentarios del mismo los hizo en inglés. Alto, joven, lindo, millonario. Y después me iba a enterar que además era inteligente y generoso. Una especie de afano de la naturaleza, y que debido a no sé qué cosa que dije esa noche, la noche del premio, terminó encantado conmigo.

Pero lo más impactante es que se llamaba Andrea (nombre del amor de mi vida y personaje de mis historias, etcétera de las etcéteras), y más impactante aún, que me acabo de percatar de eso ahora mismo, al escribir esta historia.

Andrea había sido cazador de grandes animales, tal vez porque toda su familia lo había sido, hasta que una vez algo pasó. Con un tigre, en la India, no lo mató de lejos, al primer disparo de Mauser, como habitualmente hacía. Sino que lo hirió irreversiblemente de muerte y tuvo que ejecutarlo luego de que todo el grupo del safari se lo arrinconara contra una roca. Tenía que hacerse cargo de la muerte de su presa y lo hizo. Pero fue ahí que, mano a mano con el tigre, entendió algo. Algo profundo. Así me lo dijo él. Luego recitó el final de un famoso poema. “Et de súbito cera”:

 –Ese animal no nació para ser cazado, no entiende ni puede llegar a entender que haya otra verdad más que la potencia de sus mandíbulas y de sus garras. Murió sin entender qué es lo que lo mata.

Eso me dijo, algo que a mí me pareció profundamente filosófico: el tigre no puede ver al cazador como un tigre de tigres. No hay más tigre que él, y su muerte no tiene ningún sentido y a la vez quita todo sentido a la vida de la presa y del predador. La caza de un animal así, amén de la crueldad que implica, niega profundamente a Dios. Destruye al tigre que es Dios, en cada tigre, cada vez y toda vez.

No lo discutimos porque nada le dije de esto, pero me contó que ahora criaba y reinsertaba tigres en la India, y que había dejado de cazar hasta perdices.

Eso me lo contó en Turín, y luego, en el bar del portugués, durante mi estancia de beca en Berlín, fue que hicimos la apuesta.

–Juguemos por algo, me dijo, vos y yo, por algo.

–No hay manera de hacerlo –dije–. Cualquier dinero que yo pueda jugar sería mucho para mí y no significaría nada en tu bolsillo. ¿Qué sentido puede tener una apuesta así?

Entonces lo dijo: “un tigre”, dijo.

–Te juego un tigre contra tres meses de beca. ¿Cuánto dinero te dan los nazis?

–Mil euros  –mentí, me daban dos mil.

–Tres cuotas de mil euros contra un tigre de bengala, nacido el año en que decidas ir a la India a buscarlo –dijo.

 Yo estaba muy borracho.

–Acepto –dije.

–La carta más alta –dijo él.

El portugués mezcló y  cortamos los dos. Saqué primero mi carta y la puse tapada en la mesa. Él hizo lo mismo. Destapé y vi el 5 de corazones.

–Estás frito –dijo el portugués.

Estaba frito. El conde espió su carta y comenzó a reírse. A reírse mucho.

–Dala vuelta tano –le dije, y lo hizo.

El tres de diamantes fue la carta que me hizo dueño de ese tigre que va a nacer, pero que seguramente no voy a ir a buscar, como tantas veces soñé, ya que hace poco entendí algo similar a lo que entendió el querido Andrea, aunque en un sentido completamente distinto.

II

Era el cumpleaños 40 de mi querido amigo Juan. Y a pesar de que yo andaba con una molesta infección urinaria, no falté a la promesa de ir al club de barrio donde se festejaba y tocar unos temas con mi banda.

Prácticamente me costaba caminar, no podía beber por los antibióticos y unas pocas líneas de fiebre me tenían en un limbo parecido al que alguien podría ser llevado de fumarse un porro del grosor de un sánguche de milanesa completo.

Pero cargamos los autos y fuimos, los tres. Leo, Sebas y yo. Hermanos del alma les queda chico a mis dos queridos amigos.

El quincho queda al fondo y los equipos son bastantes y pesados.

Estaba lleno de compañeros y de gente en general. Y entonces entré y pedí ayuda. Enseguida, tres o cuatro jóvenes argentinos y compañeros de militancia se ofrecieron. No conocía a ninguno y creo que ninguno me conocía a mí. El más grandote de todos (yo mido 1,67 y todos son grandotes para mí), supongo que de metro noventa al menos, caminando a mi lado, me descansó con una ironía alcohólica.

Yo siempre ando lleno de anillos, de medallas religiosas y de vez en cuando, como este último tiempo desde la muerte de mi hermanita, un rosario de coral negro que un pai de santos me regalara en Salvador de Bahía.

Y se ve que yo dije algo, tal vez de culposo por pedir ayuda, y será que el compañero de metro novena estaba un poco borracho o un poco pelotudo, o las dos cosas. Porque en un momento me tiró su descanso:

–Al menos a Dios lo tenemos, ¿no? –dijo, y yo: petiso pero me los piso, la dejé pasar.

Terminamos de entrar los equipos y la gente me empezó a saludar. Juan, Luis, Edgardo, Gastón, Juliana, María, etc, etc. Todos con ese enorme afecto que me tienen, y yo con el enorme afecto que les tengo, más allá de cualquier envestidura. Lejos, muy lejos, de cualquier formalidad. Me di cuenta de que el grandote miraba, me miraba un poco preocupado.

Tocamos, morfé algo, y traté de conversar un rato. Pero como dije, me sentía muy mal, físicamente mal. Y cumplido al menos en parte con mi querido Juan, luego de la torta y las velitas, pedí ayuda para cargar y empecé a despedirme.

El grandote se ofreció solo.

Llegando a la entrada, aparece Tristán B. y empieza a vociferar hermosas palabras sobre mí, señalándome desde su titánica altura (y entiéndase altura, en todos los sentidos de la palabra). Fue ahí que el grandote no aguantó más.

–No sabía quién eras –dijo.

–Si te enteraste no me lo digas –contesté– a ver si todavía no me gusta.

–Perdoname tigre, estoy un poco en pedo –dijo–.

–Perdoname vos bambi, estoy con infección urinaria –y no fue muy feliz, porque lejos de querer referirme a que estaba dibujado, ya que estaba dibujado, traté de nombrar un bicho que fuera una hipotética merienda del tigre que él me había otorgado.

 Besé el rosario y lo metí debajo de la remera. Subí al auto de Sebastián y en cinco minutos llegamos a casa.

III

Al otro día volaba de fiebre y un dolor terrible en los mismísimos huevos me dejó de cama por dos días enteros. Visité a Gustavo Noya en el Tornú, y me diagnosticó la posta, y me cambió los antibióticos, y hasta me los consiguió gratis. Ese compañero vale oro, más para alguien como yo que la única prepaga que tengo tiene sede en Bolivia, aunque no sea precisamente el hospital israelí.

Fue entonces al tercer día que resucité de entre los muertos, y bueno, ya saben cómo soy. Me hice unos mates y me puse a pensar en la fiesta, en los jóvenes cantando la marcha, comiendo y tomando, tal vez preparados o no, no lo sé, tal vez con sus cosas importantes que decir, no lo sé. Recordé que casi ninguno, excepto los amigos que nombré al principio, se dignó a bajar el volumen de su voz mientras tocábamos, mucho menos a tratar de escuchar un solo tema. Tocamos bien y hasta dije “quien quiera oír, que oiga”, pero ni siquiera yo me escuché al decirlo. Pero Juan se quedó muy contento, y todo esto era por él, por quién más sino.

Luego leí un poco del manual de conducción política de Perón: “a la doctrina no solo hay que conocerla, no solo hay que ejecutarla, a la doctrina hay que amarla porque si no, no sirve de nada”. Una especie de tratado de la caridad peronista. Y entonces fue que reparé en el comentario del mega bambi, en cómo me había llamado. “Tigre” repetí en voz alta. Y ahí conecté: no soy dueño de un tigre que tiene que nacer, concluí: yo soy el tigre y tengo que renacer. Un tigre de fe, un tigre peronista. Que batalla contra el sinsentido y la desidia, incluso de los que deberían estar cerca, sin más garras que la conciencia de ser lo que es, sin más mordida que la doctrina hecha palabra, sin más rugido que una eléctrica canción o unas pocas líneas en prosa.

 Sonreí y fui a levantar el PáginaI12 del hall de entrada. La muerte de un pibe, fusilado por un policía, ilustraba lo que es la verdadera cara de este gobierno: la legitimización del homicidio. La impunidad que ellos le dan a cualquier monstruo si viste de uniforme. La frialdad con la que mandan a la cárcel a un ciudadano por meros supuestos. Un gobierno inmoral que hipoteca el futuro del país, regala satélites, destruye la paz, la cultura, la vida y la alegría del pueblo. Macrix y su versión femenina del viejo Fortunato: la poco afortunada M14, como le dice un amigo de Tiempo Argentino.

Miré la tapa otra vez: sangre sobre un cuaderno escolar: sangre inocente derramada al pasar, como si fuera vino sobre el mantel de año nuevo. Tan solo falta que digan “alegría, alegría” y se mojen la frente. Tan solo eso les falta.

Terminé de leer y encendí las velas del altar de mis queridos muertos: mi abuelo el cantor, Papá, tío Alfredo, Abelardo y su padre, mi hijo colombiano Julián, Evita, Néstor, mi abuelo Nunzio y mi hermoso tío Juan. También un perro que tuve en representación de todos mis perros.

Soy dueño de un tigre, pensé. De un tigre interno. Y entonces perdoné al compañero. Y creo que me puse contento, no sé si contento, no sé. Tal vez un poco contento.

Porque me queda una foto más para agregarle a mis muertos. La foto de ella, que mandé a imprimir hace dos meses y que puse en un marco y que descansa boca abajo en un extremo de mi escritorio. Tengo que llevarla al altar, lo sé: tengo que enterrar a mis muertos.

Pero esta no es fácil, y en la foto se puede ver el por qué: agazapado en sus ojazos negros, que iban a apagarse minutos después de esa foto, está latiendo el tigre: el mismo que todos los peronistas llevamos adentro.

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