Opinión
Una decisión irracional

Desde su llegada al poder, la administración Macri prometió imprimirle pragmatismo a la política exterior y librarla de todo sesgo ideológico. Racionalidad, ante todo, para reinsertar inteligentemente al país en el mundo. Su salida de la Unasur termina de demostrar exactamente lo opuesto: la priorización de una estrategia de inserción regional y global marcadamente ideologizada y diagramada de forma endeble en ciertos aspectos. 

Ahora bien, si la racionalidad implica una facultad pensante superior a la emoción y la voluntad, es posible admitir que el abandono del bloque es, como mínimo, emocional y basada en una fe inteligible al común de las personas. Es una decisión, que, incluso, contradice el núcleo central del discurso del oficialismo en al menos dos sentidos. 

En primer orden, porque hecha por tierra la idea del ya mencionado pragmatismo. Esto sucede en un triple sentido. Por un lado, porque mientras la responsabilidad del estancamiento del bloque es achacada al deslegitimado eje bolivariano, nada parecería estar pasando en países como Brasil, Perú o Colombia. Todos los países del bloque son corresponsables de la actual situación. Por otro, porque una inserción racional y verdaderamente inteligente debería implicar intentar capitalizar la totalidad de la arquitectura regional al alcance de la mano, la cual abarca desde la OEA hasta la Celac, la Aladi, el Mercosur, la AP y, por supuesto, la Unsaur. Cada plataforma podría contribuir a potenciar la capacidad de Argentina de incidir en la definición de la agenda regional. Y, finalmente, porque incluso si lo hubiese intentado, Argentina podría haber utilizado a la Unasur para presionar al gobierno de Maduro ya que ha mantenido durante todo el año la presidencia. Sin embargo, se optó por inutilizarlo y enfocarse en el Grupo de Lima, espacio conformado, entre otros, por Honduras, cuyo presidente Juan Orlando Hernández Alvarado fue acusado por la OEA de haber ganado de forma fraudulenta las elecciones presidenciales del año paso.

En segundo lugar, porque atenta contra la credibilidad del discurso de los círculos concéntricos, según la cual, América Latina es el ámbito prioritario de proyección del país. En el marco de la próxima cumbre del G-20, el gobierno nacional ha promulgado una y otra vez la necesidad de imprimirle una mirada latinoamericana a la agenda del grupo. Esto significa trasladar las demandas de los demás países no miembros (solo participan del G-20 Argentina, Brasil y México) a la cumbre presidencial. ¿Cómo puede hacerse esto sin la existencia de mecanismos multilaterales regionales activos? ¿Qué representatividad puede tener un posicionamiento que solo involucre las miradas de los gobiernos amigos? Unasur podría haber sido un espacio ideal para recolectar las perspectivas de los países de América del Sur. Sin embargo, vuelve a quedar en claro que lo que importa es más la imagen que el contenido y que los títulos importan más que la sustancia. Lo que se busca es venderles una imagen latinoamericanizadora a los verdaderos socios prioritarios de esta estrategia de inserción: las grandes potencias extrarregionales, que, se sigue pensando, algún día incrementarán sus inversiones en el país y ampliarán la cartera de productos argentinos importados.

Dicho esto, puede concluirse que el mayor de los problemas ni siquiera está en los puntos anteriormente señalados. Lo inentendible del abandono de la Unasur radica, sobre todo, en las consecuencias. ¿Se habrá tenido en cuenta la enorme cantidad de proyectos y compromisos bilaterales y multilaterales que se encuentran en marcha en el seno del bloque? ¿Y que dentro de esa agenda hay instituciones formales que cuentan con presupuesto, infraestructura y trabajadores? ¿O que se pierde una instancia en la que se abordan problemáticas que no se tratan en ningún otro foro? Desde el Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa al Instituto de Salud o la propia Secretaría General. 

Más allá de si esta implica (o no) una nueva forma de presión para lograr una designación de secretario general, lo cierto es que más que pragmatismo y desideologización, lo que parece primar es la emocionalidad de un discurso demagógico que no libra a Argentina de ningún peso real. Lo que evidencia, en cambio, son las dificultades para lidiar con la pluralidad en el campo de los hechos y la falta de recursos simbólicos para resolver problemas al interior de la región.   

* Doctor en Ciencias Sociales, UBA.