Una bióloga convocada para peritajes en casos de ahogamiento
Algas para revelar misterios
Entrevista a Nora Maidana, doctora en Biología y experta en diatomeas, un tipo de algas microscópicas que permiten determinar si la muerte de una persona sobrevino por sumersión. Participó en más de 70 casos a lo largo de su carrera.
Nora Maidana determina mediante las algas el tipo de muerte de un individuo.Nora Maidana determina mediante las algas el tipo de muerte de un individuo.Nora Maidana determina mediante las algas el tipo de muerte de un individuo.Nora Maidana determina mediante las algas el tipo de muerte de un individuo.Nora Maidana determina mediante las algas el tipo de muerte de un individuo.
Nora Maidana determina mediante las algas el tipo de muerte de un individuo. 

La sumersión es un tipo de ahogamiento que ocasiona la muerte por el ingreso violento de agua en las vías aéreas. Las diatomeas son un grupo de algas unicelulares microscópicas que presentan una inmensa diversidad (20 mil especies) y se adaptan a ambientes variopintos, ya sea aguas dulces como hipersalinas. Hasta aquí nada nuevo: los difuntos por un lado, los generosos microorganismos por el otro. Sin embargo, resulta que las diatomeas funcionan como aliadas perfectas para investigar causas judiciales y decesos dudosos por ahogamiento. 

Desde hace 20 años, al mejor estilo Sherlock Holmes y Auguste Dupin, Nora Maidana trabaja junto a peritos, policías-científicos y jueces en casos de todo el país. En su Laboratorio de Diatomeas Continentales (UBA) –hiperequipado para la ocasión– recibe médulas y corazones en soluciones específicas, en los que se mantendrá concentrada un buen tiempo hasta culminar el peritaje y definir si la muerte fue por sumersión o, en realidad, el cuerpo fue colocado posteriormente. A través del diseño de un método riguroso se ubica como la única referente sudamericana que emplea algas pequeñísimas en el ámbito forense de manera sistemática. ¿Qué implica? Que ha desarrollado un protocolo de acción mediante el cual participó en más de 70 causas judiciales, a diferencia de otros expertos que solo han podido acceder a dos o tres en toda su vida. Maidana es doctora en Biología, docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigadora Principal del Conicet. En este caso, exhibe por qué ser científica y detective no es tan distinto, y explica cómo se desmarca de las situaciones afectivas más comprometedoras para no perjudicar su trabajo. 

–Antes que nada, ¿de qué habla cuando se refiere a algas? ¿Cuánto miden? ¿Cómo son?

–Las algas refieren a un término coloquial que se utiliza para conceptualizar a un grupo de organismos que en realidad deberían definirse por la negativa, es decir, por aquello que no son: no son plantas, animales, virus, bacterias ni hongos. La gran mayoría son seres fotoautotróficos –realizan fotosíntesis–, con cuerpos muy sencillos (sin raíces, hojas, ni tallos) y necesitan del agua para reproducirse (vivan dentro o fuera de ella, sobre rocas, cortezas de árboles). Representan tamaños muy variables que van desde un micrón (0,001 milímetro) hasta 60 metros de longitud. Cuando están en el agua se adaptan en ambientes marinos y de agua dulce, ya sea en espacios con muy poquita sal como en aquellos hipersalinos (150 gramos de sal por litro). 

–En este marco, desde 1997 usted se especializa en unas muy particulares y microscópicas: las diatomeas.

–Sí, me doctoré con ese tema. Me interesaba describir su diversidad y analizar cómo participan en el monitoreo de la calidad del agua. Pueden ser empleadas como indicadores  ya que permiten calcular climas pasados.

–¿Y su aplicación forense?

–Bueno, en verdad, el interés forense llegó de una manera fortuita. Por aquella época, en una clase como cualquier otra, explicaba cuáles eran las aplicaciones de estas algas y mencioné a los alumnos que había leído sobre su utilización para el diagnóstico de muerte por ahogamiento en Europa, EEUU y Japón. En la clase siguiente, Juliana Giménez, una de las estudiantes y ahora investigadora del Conicet, me contó que su suegro, Julio Ravioli, era el Decano del Cuerpo Médico Forense y quería conocerme. Así que me puso en contacto y casi sin quererlo empecé una relación laboral muy importante. Él estaba interesado en el mismo tema porque –recientemente– había publicado un trabajo en el que demostraba que los métodos tradicionales con vigencia para diagnosticar muerte por ahogamiento eran imprecisos y, en efecto, obsoletos.

–De modo que aunque todo comenzó de manera fortuita, hoy es la principal referente sudamericana en el tema. En la actualidad, participa hasta en 12 autopsias por año: ¿cómo describiría su trabajo? ¿Qué tareas realiza?

–Recibo en el laboratorio el órgano a analizar porque, salvo excepciones, no presencio la autopsia, sino que le indico al personal que tomará la muestra cómo debe prepararla para enviármela. Evitar la contaminación de las pruebas es crucial. Imaginemos que estamos en una sala de autopsias y antes de recibir el cuerpo, arrojan un balde de agua –que puede estar estancada por varias horas y días– para limpiar los restos del anterior. Allí, puede que el médico (o un técnico), aunque esté muy protegido con sus guantes y con todas las precauciones del caso, utilice herramientas que no fueron debidamente lavadas durante el trabajo con el cadáver previo. Esto implica que si el cuerpo diseccionado anteriormente estuvo en el agua podría contaminar al siguiente y el material que me envíen ya no sea el mismo. Ahora bien, supongamos que el individuo anterior murió de un infarto y luego cayó al agua, también tendrá algas impregnadas en la ropa que se transmitirán –a través de la herramienta no esterilizada– a la persona atendida en segundo lugar.

–Por eso, respetar el protocolo de acción durante la autopsia es tan importante para su trabajo posterior en el laboratorio.

–Por supuesto. Es necesario que cambien de herramienta cada vez que operan sobre un nuevo cadáver (tampoco se puede utilizar el mismo instrumental para abrir la ropa y el cuerpo de la persona) y que las limpien en soluciones muy específicas que no tengan restos de algas. En paralelo, les envío un frasco con un líquido preparado para disolver la médula que extraerán del presunto fallecido por ahogamiento. 

–¿Siempre solicita la médula?

–Sí, porque es el órgano que, en general, más tarda en pudrirse. Cuando la justicia requiere mis servicios es porque hallaron un cuerpo cuyos signos que permitirían al médico advertir cómo murió ya no están –ya sea porque está golpeado o en avanzado estado de descomposición–. Hace un tiempo, un río patagónico disminuyó su caudal y quedó al descubierto un esqueleto. El problema era que no se sabía si había fallecido por ahogamiento o bien lo habían colocado de manera reciente. Afortunadamente, a través del examen de la médula logramos avanzar con el diagnóstico, pero si el cuerpo no está en tal estado de degradación es posible extraer el líquido contenido en las cavidades del corazón, que habilita a un examen mucho más preciso. También solicito que me envíen muestras del agua del sitio donde fue localizado y del barro superficial, porque ello me habilita a evaluar si efectivamente murió ahogado, o bien si fue arrojado posteriormente.

–¿Y cuál es su trabajo en el laboratorio?

–Se elimina la mayor cantidad de materia orgánica posible para que solo queden los restos de algas que poseen cubiertas celulares resistentes. En este proceso se destruyen los cloroplastos (orgánulos de células vegetales) y todos los pigmentos que enmascaren esos restos que me permiten identificar qué tipo de algas son. A partir del examen de las diatomeas que quedaron impregnadas en la médula es posible distinguir si el cuerpo estuvo en un río, un lago o un arroyo; si había mucha o poca agua; la velocidad a la que corría; si el cadáver se encontraba cerca de la orilla o en el centro; así como también, la acidez y la salinidad, entre otros aspectos.

–¿Algún caso de los que haya participado fue especialmente significativo para usted?

–En verdad ni siquiera veo la cara a los difuntos. Es cierto que a veces las muestras vienen con un nombre o un número de causa pero nunca los conozco en verdad, ni siquiera me entero qué ocurre después de los informes periciales que entrego. En este sentido, si hay un posible culpable, o si hay una causa judicial abierta nunca llega a perjudicar mi trabajo. 

–Mejor no saber demasiado.

–He tenido que realizar diagnósticos de criaturas y prefiero no saber bien quiénes son porque sé que me puede afectar. Incluso, después quedo con miedo; pienso varias veces al momento de dejar a mi propia nieta jugar en la bañera. Por este motivo, como sé que puedo involucrarme demasiado desde la sensibilidad y me cuesta desmarcarme de los sentimientos opto por saber lo menos posible de los fallecidos.

–¿Existe la posibilidad de un individuo que, pese a haberse ahogado, no tenga diatomeas?

–Sí, claro. El método tiene “falsos positivos” y “falsos negativos”. Un caso que corresponde al primer grupo es cuando encuentro algas y la persona no murió por ahogamiento. Ello sucede, por ejemplo, con una contaminación durante la autopsia –como explicó anteriormente– o bien, cuando la víctima fue un nadador habitual de río o de mar. Cuando nadamos tragamos agua y, de hecho, existe la posibilidad de que las algas se acumulen en la médula y provoquen un falso positivo. Por este motivo cuando sé que la persona involucrada nadaba o pescaba (muchos toman mate con agua no procesada) aviso de antemano que no puedo hacer el peritaje.

–¿Y los falsos negativos?

–Existe la chance de que el ahogamiento se produzca en un sitio sin algas, como puede ser la bañera –ya que en el agua de red puede haber diatomeas que hayan pasado los filtros sanitarios–. La otra razón de falso negativo es que el individuo se haya muerto muy rápido, de manera que el agua llega al pulmón pero no consigue desparramarse, por lo que las algas no pueden localizarse ni siquiera en las cavidades cardíacas. Hay opciones para todos los gustos, por ello, es tan fundamental la experiencia. 

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