Guillermo Artana es doctor en Ingeniería y recientemente fue premiado por la Academia de Ciencias por su trayectoria
“En los noventa, los ingenieros manejábamos taxis”
Desde 1997, Artana dirige el Laboratorio de Fluidodinámica de la Facultad de Ingeniería UBA. Con su equipo investigan desde el funcionamiento de las cuerdas vocales hasta el mecanismo para reproducir olas artificiales para practicar surf.
(Imagen: Jorge Larrosa)

Al graduarse como ingeniero, allá por la década de los ochenta, a Guillermo Artana no le atraía trabajar en la industria. Así que no lo dudó y escogió la carrera académica. Además, la realidad no era muy amable con las personas de ciencia, que sin demasiadas posibilidades laborales debían hurgar otras opciones. Desde aquí, investigar en la Universidad le permitió liberar la mente y aplicar en extenso todo lo que había aprendido durante sus años de aulas y exámenes. En la actualidad, lidera el Laboratorio de Fluidodinámica en la Facultad de Ingeniería de la UBA y se desempeña como Investigador Principal de Conicet. La semana pasada, fue galardonado por la Academia de Ciencias de Buenos Aires con el Premio “Ing. Pedro Vicién” por su trayectoria en el área y, en esta oportunidad, opina sobre el desarrollo de tecnologías de impacto social, describe las relaciones de transferencia con el sector público y el privado, y afirma que la cantidad de ingenieros que se gradúan “no es suficiente” ante la incesante “demanda de la industria”.

–¿Por qué estudió ingeniería? 

–Desde chico me interesaba por las matemáticas, así como también me apasionaba la idea de trabajar con las manos. Armar, desarmar, reparar absolutamente cualquier cosa. Luego, de adolescente, el panorama se aclaró un poco más hacia el desarrollo de proyectos con aplicación concreta. Comencé a cursar Ingeniería en 1981, en un contexto difícil  y que además se caracterizaba por un cambio de paradigma. 

–¿A qué cambio se refiere?

–Por aquella época, los efectos del liberalismo promovieron cambios sustantivos y los empleos que, históricamente, se prolongaban para toda la vida pronto empezaron a escasear. Es decir, en aquel momento se produjo un quiebre caracterizado por la flexibilidad laboral. De aquí en más, los ingenieros no trabajarían más en una sola fábrica por el resto de sus vidas. Se sucedieron políticas para incorporar personal joven y, en paralelo, se cerraron muchas industrias. En los noventa, los ingenieros manejábamos taxis.

–En este marco, ¿por qué decidió hacer investigación y no otra cosa? 

–El trabajo existente no me entusiasmaba demasiado. Además, en la Universidad, adquiríamos capacidades para realizar muchísimas más tareas de las que proponía el mercado laboral convencional. Sentía que se podía aplicar muy poco de todo lo que había estudiado. Por ello, decidí apostar por el camino de la investigación y realizar un doctorado en el exterior (Francia). Más tarde, en 1997, regresé al país e ingresé a la carrera en Conicet. Tuve suerte porque, previamente, habían suspendido los ingresos por 7 años.

–Al llegar, creó el Laboratorio de Fluidodinámica. ¿De qué se ocupan?

–Intentamos comprender y predecir cómo se mueven los líquidos y los gases. Se trata de controlarlos. En el campo de las ingenierías, nuestro trabajo repercute en múltiples actividades, por ejemplo, operar sobre la ventilación de un auto, la inyección de combustible en un motor, diseñar sistemas de generación de energías (como turbinas y el control de aspas más flexibles para los molinos) cañerías, bombas, así como también estudiamos sistemas biológicos.

–¿Por ejemplo?

–El corazón puede ser pensado como una bomba que impulsa fluidos hacia todo el cuerpo, del mismo modo que ocurre con la aerodinámica del mecanismo de fonación. En la actualidad, examinamos el modo en que las cuerdas vocales vibran bajo el pasaje de aire y producen sonido. Nuestra idea es diseñar una prótesis en el futuro. 

–¿Cómo se transfiere todo este abanico de investigaciones a la industria?

–Hemos transferido algunos dispositivos, con otros estamos luchando. Por ejemplo, conseguimos una patente para un desarrollo vinculado al mecanismo de infusión parenteral. Es aquel que está en los hospitales, que cuenta con una sonda y una pequeña chapa que regula la caída del fluido. Nosotros diseñamos un sistema de sensores para que el proceso pueda autorregularse y tanto los pacientes como las enfermeras, pudieran despreocuparse un poco. Pero el abanico es muy grande. También, trabajamos con una empresa que quiere hacer olas artificiales para hacer surf.

–Un deporte que está de moda en muchísimas partes del mundo. ¿Cuáles son los aspectos técnicos que tienen en cuenta?

–Representa un desafío muy grande. Necesitamos pensar en la forma de liberar unos 150 tanques de agua (del tamaño de los que hay en las casas) en 3 segundos. Según la localización que tenga el conjunto de piletas, impactará de modo directo en el turismo. Ello sumado a que se cree que, en el corto plazo, el surf se transformará en deporte olímpico. Entonces, como no se puede depender de las olas, se piensa en estrategias artificiales de este tipo. Nuestro laboratorio es muy útil en ese sentido, porque cuenta con la posibilidad de realizar muchas tareas de orden experimental, que –por supuesto– son mucho más útiles que los simulacros por computadoras.

–Recientemente, obtuvo el premio “Ing. Pedro Vicién”: un reconocimiento que otorga la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires a la trayectoria en Ingeniería…

–Sí, claro. Me siento halagado porque siempre es bueno un reconocimiento al trabajo. Pienso que este tipo de asuntos sirve para reflexionar. 

–¿Y sobre qué reflexionó?

–El sector que tiene el deber de impulsar el sector científico-tecnológico es el Estado, el problema es que, en la historia, ha imperado una cultura de mecenazgo. Nuestro compromiso como investigadores es con el contexto local, con nuestras problemáticas de Argentina, en definitiva, analizar qué podemos hacer los científicos para qué la ciudadanía viva un poco mejor. Ello no significa que produzcamos tecnología que se deba vender y comerciar de manera automática. La divulgación es sustantiva también.

–¿Y respecto al sector privado?

–Ahí está más complicado el panorama. La realidad es que hoy el sistema científico se piensa a partir de la dinámica y la interacción con el Estado. Con los privados, no está muy aceitado el diálogo, entonces las transferencias tienen más impedimentos. 

–Desde aquí, ¿cómo podría definir el estado actual de la investigación en ingeniería argentina? 

–Es difícil describir un panorama general al respecto. Existen muchos profesionales que experimentan en la industria pero retornan a la academia por los inconvenientes que comentaba. Quizás por aburrimiento o bien por falta de motivaciones, porque los contratan para realizar tareas repetitivas que no estimulan la curiosidad y la creatividad. Desde esta perspectiva, las propuestas del Estado, en algunos casos, pueden ser más ambiciosas que todos los proyectos que pretenden desarrollar las multinacionales. Siempre es importante que los ingenieros retornen al laboratorio para llevarse nuevas ideas a la industria y viceversa. En el país, contamos con centros muy fuertes.

–¿Por ejemplo?

–Hay estudios muy importantes en ingeniería de materiales en Mar del Plata (INTEMA), grupos muy prestigiosos abocados a la electricidad en Córdoba y San Juan, así como análisis en mecánica informática de excelencia, realizados por varios equipos en el país. Nuestro laboratorio, tiene la virtud de ser transdisciplinario, pues, contamos con ingenieros, matemáticos y físicos.

–¿Cree que el número de ingenieros que se forman es suficiente para el engranaje productivo del país?

–La realidad es que muchas veces no es suficiente. En la carrera de Ingeniería Mecánica, para citar un caso, no alcanzamos a satisfacer la demanda de la industria. Se gradúan, aproximadamente, 50 estudiantes al año y es poco. En general, en 4° o 5° año los alumnos ya son convocados desde diferentes trabajos y se inicia la puja entre culminar los estudios o insertarse en el mercado laboral. Es un problema a resolver. 

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