Omar Alvarez, una vida trabajando y enseñando con los títeres
“Tenemos que cuidarnos y defendernos entre nosotros”
En Villa Ballester promueve desde hace años –antes junto a su hermano Claudio, ya fallecido– una compañía y una sala teatral que difunde el arte de los títeres, dando espacio a nuevas generaciones de artistas.

Gran parte de la vida de Omar Alvarez transcurrió creando, manipulando, enseñando y aprendiendo con los títeres. Desde que tiene memoria y quedaba fascinado con los cuentos de su abuelo, cuenta, aunque todavía no era él quien manejaba los títeres y objetos, sino el imaginativo narrador, capaz de recrear situaciones y personajes con lo que encontraba a mano. Eso es lo que siguió haciendo Alvarez desde entonces, formándose con maestros como Ariel Bufano. Y creando junto a su hermano gemelo Claudio –fallecido en 2011– una compañía y una sala teatral en Villa Ballester –el Centro Cultural Espacios– desde la que sigue promoviendo el arte de los títeres, formando y dando espacio a nuevas generaciones de artistas. Acaba de estrenar una nueva obra en el Centro Cultural de la Cooperación: Tic Tac, el héroe del tiempo (ver aparte), una poética invitación a detenerse sobre cómo es gastado o invertido, disfrutado o consumido, ese tiempo en estos tiempos.   

Resulta difícil hacer hablar en primera persona a Alvarez: antes que detenerse en el proyecto propio, vuelve una y otra vez a lo que están haciendo en Villa Ballester, “ese polo cultural del Conurbano, con la Unsam y las carreras de títeres, danza, circo, con un conservatorio municipal, una escuela de artes visuales”, sitúa con orgullo, marcando que toda la puesta de su unipersonal –que implica el trabajo de mucha gente– fue hecha por artistas locales. Allí su sala y centro cultural lleva adelante más de veinte talleres, en circunstancias que, sin ser original, el titiritero describe como muy adversas. 

“Cuando yo empecé a hacer teatro, con el ultimo tiempo de Teatro Abierto, en el final de la dictadura, la realidad cultural en el barrio era muy diferente. Fuimos construyendo de a poco la sala y trabajando mucho la identidad local, peleando para que no se fueran los artistas”, repasa. “En estos últimos años cerraron cuatro salas, quedamos tres. Tenemos que cuidarnos y defendernos entre nosotros. Tenemos muy claro que una sala en un barrio del conurbano funciona como un nido de los artistas, que tiene que albergar los proyectos, cuidarlos e impulsarlos. Todo el recorrido profesional personal que fui haciendo desde la compañía llevó mucho trabajo, pero esa experiencia no vale de nada si no puede servir para que otros también hagan su recorrido”, asegura. 

–En Tic Tac trabaja con artistas oriundos de esa zona. ¿Por qué?

–Quise abrir el juego, por eso sólo Alejandra Farley, que es la realizadora de los títeres y del vestuario, no es del barrio. Todo lo demás, la escenógrafa, el artista plástico, la realización de stop motion, es trabajo local. Se hizo en dos años. En realidad comencé a darle forma hace unos tres años, a la par de otros proyectos, y de mis giras. Teniendo claro que es un riesgo, porque es un tipo de propuesta que va por otro lado. No tiene que ver con lo típico que se espera del teatro para niños y eso lo vuelve difícil. Pero la mayoría de mis obras han recorrido esos pasos. 

–¿Siempre se toma ese tiempo?

–Cuando se puede, sí. Este espectáculo lo fui cuidando mucho, porque me representa especialmente. Elegí seguirlo en sus tiempos y además había todo un lenguaje nuevo, el de la animación. Cuando lo empezamos a abordar vimos que era complejísimo. Esto no hay que apurarlo, fue haciéndose a la par de que estos dos últimos años fueron muy difíciles para la actividad teatral. 

“Las escuelas vienen al teatro y nosotros llevamos el teatro a las escuelas. Y me gusta meterme en todas las Argentinas. Hago funciones en las escuelas del Nordelta que tienen un observatorio astronómico conectado a la Nasa –literalmente–y la cuenca del Reconquista que tiene realidades muy duras”, cuenta con entusiasmo Alvarez sobre su trabajo por fuera de los escenarios de los teatros. Con el mismo énfasis, describe el trabajo de formación que lleva adelante en su sala: “Hay ámbitos de prueba, experimentación y legitimación. Ponemos el énfasis en que los que están a punto de funcionar profesionalmente, que ese golpe de horno lo puedan tener en nuestro espacio, y ayudarlos a organizarnos. Es como un rol de faro, no es que nos la demos de nada, pero ese recorrido nuestro le tiene que servir a los otros. Eso sí: No podemos estar solos, necesitamos del Estado”, marca. 

–¿Cómo ve ese rol hoy en relación al teatro y a los títeres? 

–Durante los doce años del gobierno anterior vimos cómo el Estado había cambiado su rol. Hay una tarea de construcción muy difícil, muy lenta, que el Estado tiene que apoyar, pero que la hacemos los artistas y gestores. El tarifazo fue un golpe mortal para el teatro, pasamos de facturas de 60 pesos a 1800 por mes, y de una entrada de 150 pesos, a actuar a la gorra. Porque hay un punto donde necesitamos que el público no deje de venir al teatro. Y así como en el 2001 recibíamos los créditos del trueque y sosteníamos el teatro arreglando los caños y las pinturas con esos créditos, ahora hay que estar. Es el tiempo de redoblar el esfuerzo, de mejorar aun más la programación. Esa es la resistencia que venimos haciendo en tantos ámbitos.  

–¿Cómo aparecen los títeres en su vida?

–Mi abuelo era restaurador de objetos de arte. Y mientras restauraba en el taller que tenía en el fondo de su casa, que hoy es mi casa en Villa Ballester, nos contaba historias a mi hermano y a mí. Y lo que faltaba lo inventaba. Hacía sombras, agarraba una servilleta y le hacía unos nuditos, hacía títeres sin saberlo. De hecho la copita que aparece en Tic Tac es del juego de mi abuelo. Yo jugaba mucho con títeres, y él me dio ese permiso. Soy sobrino de Oscar Ferrigno, de familia de teatreros, con una mamá maestra. Y cuando me llevaron a ver el trabajo de Bufano en el San Martín, me fasciné y dije: yo quiero eso. Con mi hermano fuimos muy autodidactas, comprábamos libros sobre títeres en la feria del libro, íbamos a ver obras y les pedíamos a los titiriteros que nos dejasen espiar como hacían, a Don Floresto, o a la gente de Libertablas, en sus requete comienzos... 

–¿Y la formación “formal”?

–En cuanto tuve la oportunidad fui al maestro, a Bufano. Fui a la escuela de titiriteros, en su primera camada. En ese entonces, además de la escuela compartíamos todos los proyectos. Llegamos a pasar 12 o 14 horas diarias ahí adentro, algo que para mí era fascinante. Me pasé todas las noches de una temporada sentadito entre telones, mirando cómo Alfredo Alcón manejaba siempre el mismo gesto, el mismo tono. Aprendí un montón. Después terminé trabajando con Alcón en El soldadito de plomo, él hizo el relato que luego tuvo versiones en quince idiomas. 

–¿Y cuál diría que es la marca que ha logrado su trabajo?

–Siempre fueron trabajos de alto riesgo, y quince años atrás, más. Se escapaban mucho de lo que se entendía que era para chicos. Venís a ver un espectáculo donde no te reís. O donde el papá se moría en la primera escena como en Basilisa, teatro de sombras sobre un cuento folklórico ruso.

–¿Y piensa en el público infantil cuando los crea, o no distingue tanto el receptor?

–Sí, yo sé que es un niño el que va a estar del otro lado. Pero trabajo para un público general. Es una frase hecha, no subestimar al chico como espectador, pero es así. Si el chico tiene que ver cómo una familia abre la bolsa de la basura en la puerta de su casa para comer, cómo los papás se pelean porque la plata no alcanza, cómo el colectivero queda muerto en una esquina de un disparo... Y verlo en el noticiero, sin poesía, sin nada que lo atempere... ¿Por qué no darle herramientas para entender el mundo real en el que le toca vivir y ayudarlo a aclarar el panorama? A encontrar otras puntas para comprender y también para poder cuestionar su propia realidad, los valores culturales que se ponen en juego. 

–¿Y le han dicho cosas como “eso no es para chicos”?

–Tal vez los que no están mucho en contacto con chicos. Yo creo que hay que meterse en esos lugares, que hay que ir por ahí porque de lo otro, ya hay mucho. A veces creo que los mismos artistas son los que no se dan esa oportunidad, veo muchos artistas que trabajan para el público infantil, que tienen el nombre, el posicionamiento, el reconocimiento, como para intentar correr el límite un poquito más allá. Es decir, yo ya sé cuál es la fórmula que funciona, podría repetirla. Pero me parece que la tarea va por otro lado. Porque si no terminamos contando las mismas cosas igual que hace treinta años. Estos son tiempos muy complejos y hay que darles herramientas a los chicos para entenderlos. 

–¿Tic tac surgió de alguna situación particular?

–Yo soy papá, y mi tarea y mi recorrido también se vio atravesado por situaciones personales durísimas. Mi hermano, con el que trabajé treinta años, se suicidó hace siete años, y su enfermedad fue dificilísima de transitar. Y yo mientras tanto estaba criando a mis hijos, pero tenía que trabajar, y mucho. Los que estuvieron presentes y me ayudaron mucho fueron los otros artistas. Por eso me quedó esta cosa de abrazar al otro, porque yo agradezco el haber sido contenido por los otros. Vuelvo: de aquellos tiempos me quedó muy grabada esta sensación del vértigo, de que el tiempo no alcanza, de que procurás darles lo mejor a los que querés y no llegás. Yo ahí pensaba, ¿qué pasa? ¿Qué locura es esta? Y después nos empezó a invadir la tecnología, y ahora tengo hijos, uno de 18, otro de 14, con los que tenemos que estar peleando por el teléfono. 

–Un poco de eso trata la obra: de cómo se “usa” el tiempo en un sistema…

–Y de lo que el sistema, en este caso representado por la tecnología, te promete pero no te va a proporcionar nunca, porque no es su objetivo, su objetivo es vaciarte. Elegí que Tic Tac fuese un despertador antiguo y darle todo un fondo “vintage” a la obra, pensando en que los chicos de hoy nunca dieron cuerda a un reloj. En el centro cultural Espacios siempre contamos con los abuelos como grandes cómplices. Porque son los que han transcurrido una vida a cuerdas. Y a veces son los abuelos los que nos ayudan a poner la realidad en caja. Porque la generación de los papas está corriendo desesperadamente. Entonces, fue una manera de aludir a ese tiempo compartido, ese tiempo que no entra en las agujas del reloj. 

–En ese sentido, la obra no baja línea: deja el final abierto…

–No tiene la típica resolución. Tampoco tiene el típico héore ni el títpico malo; el malo es engañoso, no aparece como malo. Como la vida misma: ¡Si los malos aparecieran como malos, ni Donald Trump ni Macri serían presidentes! Ahora Jack Sparrow es un pirata y sin embargo aparece como querible, simpáti... pero lo que hace no está bien. Es un tiempo en que los malos han quedado desdibujados. 

–En el final del espectáculo, usted se detiene a explicar que aunque haga un espectáculo solista, no está solo haciéndolo. ¿Por qué?

–Yo rescato la tradición solista de Javier Villafañe, estoy solo en el escenario, operando un mundito. Pero nunca de una manera solitaria. El teatro nunca es un hecho solitario, siempre es colectivo. Acá Silvia Biscione, mi esposa, hace las luces del espectáculo y más, su aporte ha sido valioso. Y conté mucho con el ojo de artistas, colegas, que lejos de funcionar como competencia aportaron sin mezquindades, con mucha entrega. Por eso digo que el teatro es mágico, pero no es magia. Es trabajo. Es la conjunción del talento, el esfuerzo, la imaginación, y las limitaciones de cada uno de los que se suben a este mundo maravilloso.