Medios y comunicación
Económico con la verdad
Carlos Valle examina la estrategia comunicacional del Gobierno, afirma que se denigra al adversario y se alaba de manera superlativa al oficialismo mientras se ejerce la censura dejando de lado a todo comunicador que se atreva a hacer una crítica o simplemente una pregunta.

“Económico con la verdad”, es una frase acuñada en inglés para hacer una crítica que evita la confrontación. Curiosa combinación. En la actualidad, la economía, el funcionamiento de la casa, ha llegado a ser un tema central de la sociedad toda. Se presenta como una realidad cuyas reglas son inmodificables y su acatamiento, obligatorio. 

La globalización de la economía, el control sobre los recursos y la centralización de la toma de decisiones ha acentuado el dominio de una cultura que produce marginalización e injusticia y no está muy interesada en la verdad.

La economía ha adquirido una naturaleza casi religiosa. Hay sistemas económicos o naciones que se consideran a sí mismos como sagrados. Tiene sus adoradores que reciben sus bendiciones y altares donde son sacrificados quienes no les rinden obediencia total. Estos nuevos dioses legitiman estructuras de dominación y explotación de los más débiles y les proveen un aura de sacralidad. 

Es así que los fundamentos de la política actual del gobierno se han ido pareciendo cada vez más a los postulados que sostienen los predicadores conservadores. El gobierno empieza por sostener, como ellos, un mensaje autoritario. Lo que hace y propone es el único camino. Para eso, pone el acento en el individuo. Es el individuo quien debe hacerse cargo de todas las soluciones porque de él surgen todas las dificultades. Así, por ejemplo, si hay un problema con el dengue o los mosquitos, le corresponde a la gente hacerse cargo de resolverlo. No hay indicación de la responsabilidad o acción del gobierno. Asimismo, se acentúa el reconocimiento de los esfuerzos personales, de la libre empresa. Nada mejor que nazca un emprendedor cuando falta el trabajo. Por eso se destacan los éxitos económicos de gente a quienes se les reconoce prestigio. Por eso hay que alabar a los funcionarios que dejaron sus puestos en empresas privadas para hacer el sacrificio de servir al Estado, aunque eso les permite mejorar sus negocios. Finalmente, qué ocurre con la promesas de mejoras que pasa el tiempo y no llegan. Se está trabajando duro. Aunque no se los vea, los cambios se están produciendo. La mejora es como una bendición en el más allá.

Sería obvio a esta altura resaltar que este esquema solo se sostiene con un plan de comunicación que, hasta el momento parece ser el camino más eficaz. Primero, la creciente consolidación de un monopolio de comunicación. Cuando un solo grupo maneja más del 70 por ciento de los medios, “monopolio” es un término más que adecuado. De esta manera la información deja a un costado a la verdad y se concentra en favorecer sus propios intereses. El mensaje se provee con un plan deliberado y sistemático que busca manipular a la gente apelando a la irracionalidad y a los sentimientos hasta que se los acepte como propios.

Esto se pone en acción apelando a la seducción y a la censura. Se seduce denigrando a quienes sirvieron antes con rasgos casi demoníacos, y elevando a niveles celestiales a los que hoy conducen al gobierno. Es una forma sutil de ejercer la censura, que empieza por ir dejando de lado a todo comunicador que se atreviere a hacer una crítica o simplemente una pregunta.

Esto solo es posible verlo cuando la comunicación deja de ser participativa y pierde su sentido. Toda acción de participación tiende a ser evitada porque se lo ve como un peligro al desarrollo individual. Cuando la economía solo busca generar ganancias, prescinde de la gente para toda consideración, asumiendo que hay que ir excluyéndola porque es un estorbo a todo lucro. Todo esto lleva a que los costos de los servicios sean tomados como responsabilidad de la gente, no del Estado ni de las empresas, que siempre han estado ganando con subsidios o sin ellos. La hora llega cuando el endiosamiento de la economía, que golpea en el corazón del pueblo, se torna insoportable. Así, las cargas injustas e impagables que pesan sobre el empobrecido pueblo, se convierten en expresiones de sacrificios que reclaman, día a día, la vida de miles de inocentes, pero la paciencia tiene un límite. Es hora que las autoridades dejen de ser económicos con la verdad. 

* Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas.