La selección anfitriona, desde México 86 al presente
El último gran equipo ruso
Los rusos no tienen una gran selección desde mediados de los 80, cuando tras la tragedia de Chernobil llegaron a la final de una Eurocopa histórica.
El equipo soviético en el Mundial de México ‘86.El equipo soviético en el Mundial de México ‘86.El equipo soviético en el Mundial de México ‘86.El equipo soviético en el Mundial de México ‘86.El equipo soviético en el Mundial de México ‘86.
El equipo soviético en el Mundial de México ‘86. 

Por Alejandro Duchini

@En el Mundial de México, en 1986, había dos países golpeados. Uno de ellos era el local, que menos de un año antes del inicio del torneo padeció un terremoto que arrojó, según cálculos de diversas organizaciones, más de veinte mil muertos. Las cifras oficiales, muy menores, no eran las reales. Sin embargo, los mexicanos recibieron a las 23 selecciones; 24 con la suya. Entre los participantes estaba la Unión Soviética, que en abril había padecido la explosión de la central atómica de Chernobil, ubicada en lo que hoy es Ucrania. Treinta fallecidos en el momento. Aunque el número no cierra porque las consecuencias continúan. Más de 120 mil afectados. Gran parte de Europa recibía la contaminación.

Para entender el fenómeno es necesario leer Voces de Chernóbil, de la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich. Cuenta sobre las consecuencias. Sólo en Bielorrusia –el país más afectado– se perdieron 485 aldeas y pueblos; setenta de ellos quedaron bajo tierra. Dice, también, que uno de cada cinco bielorrusos vive en territorio contaminado: “Se trata de 2.100.000 personas de las que 700.000 son niños” y que hay localidades en las que “la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20 por ciento”. Además: “debido a la constante acción de pequeñas dosis de radiación, cada año crece el número de enfermos de cáncer, así como personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas y mutaciones genéticas”. Los televisores no funcionaban por la radiación, los integrantes del ejército eran obligados a firmar pactos de silencio y se destruían documentos oficiales. 

Alexiévich, nacida en Bielorrusia el 31 de mayo de 1948 y que a sus más de 70 años sigue haciendo periodismo de terreno, habló con soldados (algunos llamados “liquidadores” porque se encargaban “liquidar” las consecuencias del desastre, aún cuando sus condiciones de seguridad eran nulas y las consecuencias en sus cuerpos, devastadoras). Siguió de cerca el proceso de enfermedad y agonía de soldados, acompañó a esposas a un paso de enviudar y habló con habitantes que de un momento a otro perdieron todo. “Así es cómo vivo. Vivo a la vez en un mundo real y en otro irreal. Y no sé dónde estoy mejor”, le cuentan. También le recuerdan a Alexiévich que al volver a Chernobil casi no quedaban animales y los que quedaban apenas sobrevivían. Hasta el sonido de las abejas se había perdido. “Y un día, de pronto, te conviertes en un hombre de Chernobil. ¡En un bicho raro! En algo que le interesa a todo el mundo y de lo que no se sabe nada. Quieres ser como los demás, pero ya es imposible. No puedes, ya es imposible regresar al mundo de antes”, lamenta otro testigo. Tan duro como ese padre que le dice: “Quiero dar testimonio: mi hija murió por culpa de Chernobil. Y aún quieren de nosotros que callemos. La ciencia, nos dicen, no lo ha demostrado, no tenemos bancos de datos. Hay que esperar cientos de años. Pero mi vida humana… Es mucho más breve. No puedo esperar. Apunte usted. Apunte al menos que mi hija se llamaba Katia… Katiusha. Y que murió a los siete años”. “Esta es mi historia. Se la he contado. ¿Por qué me he hecho fotógrafo? Porque me faltaban palabras”, le explica otra persona.

En medio de ese caos la delegación soviética arribó a México con su figura, el arquero Rinat Dassayev. El debut fue con una goleada de 6 a 0 Hungría, luego un empate 1 a 1 con Francia y la clasificación tras ganarle a Canadá 2 a 0. Quedó eliminado en octavos en un partido durísimo ante Bélgica: 3-4 en tiempo suplementario. Ese equipo, ordenado, compacto, alcanzó su zenit dos años después, cuando llegó a la final de la Eurocopa 88, en Alemania Federal. Perdió 2 a 0 con aquella inolvidable Holanda de Gullit, Van Basten y Rijkaard. Lo curioso es que casi quince días antes los rusos les habían ganado 1 a 0 en la zona de grupos.

El técnico de ese seleccionado que utilizaba la emblemática camiseta roja o blanca con las iniciales CCCP era Valeri Lobanovsky. Ex futbolista, ingeniero matemático y coronel condecorado. Es considerado el gran impulsor del fútbol en ese país. Había sido un emblema del Dínamo de Kiev. Además de un estilo de juego, impuso una forma de comportamiento. En México se recuerda a los integrantes del plantel callados, siempre concentrados en el hotel.

Sus contactos militares permitieron a Lobanovsky solicitar al ejército un ordenador para aplicar a su esquema de trabajo en el fútbol. La KGB llegó a sospechar de él: no era común que un entrenador tuviese una computadora para utilizar en el deporte. Obsesivo, aplicaba en sus dirigidos sus conocimientos filosóficos, psicológicos y ejercicios físicos extremos. “Los principios no cambian, los principios se perfeccionan” o “no me gusta que los jugadores tengan posiciones específicas. No existe eso que llamamos delanteros, centrocampistas o defensas. Sólo hay jugadores de fútbol, futbolistas que deben ser capaces de hacer de todo en un terreno de juego” eran algunas de sus ideas.

Aquel ciclo ruso empezó a terminarse poco después, con la caída del Muro de Berlín (1989) y el avance de la Perestroika, que cambió el mapa político, económico y social. En Italia 90 compartió el Grupo B con Argentina y no clasificó. Para los siguientes mundiales, ya como Rusia, era eliminado en primera ronda o ni clasificaba. En 2014, en Brasil, terminó en los últimos lugares.

Hoy Rusia inaugurará su Mundial jugando contra Arabia Saudita. Los magnates rusos que invierten en clubes de fútbol de todo el mundo son más conocidos que los jugadores de un plantel sin estrellas: el técnico Stanislav Cherchésov apuesta a futbolistas locales. Su propia liga, que ha crecido, paga fortunas a extranjeros. Varios son los argentinos que fueron a hacer la experiencia. Emiliano Rigoni es uno. A este plantel, de todos modos, se le puede apostar por su condición de local. Aunque los favoritos son Alemania, Brasil y España. Pero esto es fútbol.

Treinta y dos años después, en la central de Chernobil trabajan empleados de mantenimiento. En la zona hay alrededor de 900 perros radiactivos que serán entregados en adopción como alternativa a su sacrificio. Y los ambientalistas internacionales vuelven a enfrentarse a los rusos porque quieren hacer su Chernobil flotante. Akademic Lomonosov se llama esa planta de energía nuclear flotante que a principios de mayo partió del puerto de San Petersburgo, donde el 14 de julio se jugará el partido por el tercer puesto, hacia la ciudad de Pevek, al norte de Rusia, donde se espera llegue el año próximo para abastecer energía.

Pero a partir de hoy, cuando millones de personas de todo el mundo sólo piensen en la pelota, es posible que Svetlana Alexiévich y sus lectores se acuerden de un tal Andréi, un estudiante de colegio que dicen que la rompía jugando al fútbol y que fue víctima de los efectos secundarios de Chernobil. Lo recuerda su amigo Borís Shkirmankov, de 16 años, en diálogo con Alexiévich: “Le han hecho dos operaciones y lo han mandado a casa. Al medio año le esperaba una tercera operación. El chico se colgó de su cinturón. En la clase vacía, cuando todos se fueron corriendo a hacer gimnasia. Los médicos le habían prohibido correr y saltar. Y él se consideraba el mejor futbolista de la escuela. Hasta… Hasta la operación”.