Antonio Carbajal
El Neil Armstrong de los cinco mundiales
El mexicano que atajó en Brasil 50, Suiza 54, Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66, charló con Enganche y contó que con 89 años colabora en la rehabilitación de drogadependientes, atiende su vidriería, mira los partidos de Rusia 2018 en un televisor gigante y que sólo acepta como su par a Rafa Márquez en el récord de cinco Copas del Mundo.

Hay que llamar cinco veces a la casa de Antonio Carbajal para hablar con él. Es que el jugador que más mundiales disputó en la historia… Es un señor ocupado. A los 89 años, mientras todo se marchita, Carbajal conserva una fuerza animal. Evidentemente no está en su hogar, pero sí estuvo en otros momentos bíblicos de la historia del fútbol. El carnaval brasileño le metió cuatro goles el día que inauguraron el Maracaná en Brasil 50. Jugó en Suiza 54, el Mundial que parió a la Hungría de Puskas. Lo vio nacer a Pelé en Suecia 58, y lo sufrió en Chile 62. Su despedida fue en Inglaterra 66, en Wembley, una tarde en la que Uruguay y México empataron 0-0. Apenas terminó el partido se dijo a sí mismo: “Se acabó, ¿para qué voy a seguir dando lástima?”. Tenía 37 años y fue la única vez que el tiempo lo venció.

La vida del mexicano atraviesa la cronología del fútbol mundial de cabo a rabo. Nació en 1929 y sus ojos vieron la luz con botines: a Pelé, a Garrincha, a Diego Maradona, a Lionel Messi. A Pelé lo ubica por encima de todos, y a Garrincha lo define con una sutileza poética: “Sus piernas samban, ¡qué maravilla!”. Esos ojos que vieron la transformación del fútbol también sufrieron: un accidente le robó la vista del ojo izquierdo, y cada diez días debe visitar al oculista, quien también tiene un hueco fijo en su ajustada agenda.

Dar con Carbajal no es como localizar a cualquier señor mayor. “Está con los niños de la Búsqueda”, dice primero su empleada doméstica. “Llame a la vidriería”, contesta otra mujer que atiende el teléfono. “Aquí lo encuentra el sábado”, responde Rubén, un empleado de su vidriería. “Está durmiendo la siesta”, afirma, otra vez, su empleada doméstica. Carbajal recién atiende un sábado por la mañana, y su voz aparece en el teléfono como un tenue rayo de sol. Es alegre, dulce, sabio. Dice las cosas con ternura, con claridad, como si las ideas viajaran apacibles en su cabeza. Carbajal es un símbolo: la muestra empírica de que la vejez y la inactividad no tienen por qué ser compañeras.

Carbajal vive sumergido en una rutina que lo salva, un hábito que describe de este modo: “Comienzo desde las 8 hasta las 14 con los niños de la Búsqueda, de 14:15 hasta las 17 estoy en la vidriería, y 17:30 vengo a comer y a descansar en mi casa. Eso lo hago de lunes a sábados. Recién el sábado por la tarde y el domingo comparto tiempo con mi familia”. El día arranca en un centro de rehabilitación para chicos drogadictos que se llama Búsqueda. Son alrededor de 300 nenes y nenas de diez, once y doce años. Ninguna familia paga un peso por internar a los menores. Carbajal tampoco cobra un peso: colabora gratis hace 35 años, cuando lo llamaron para dar una charla y quedó tan pasmado que decidió seguir ayudando. Al principio asistían a 20 adolescentes de 16 y 17 años. Pero los días cambiaron: México se convirtió en tierra fértil para el narcotráfico, y ese escenario hostil lo lleva a Carbajal a decir lo que jamás quisiera: “México va para abajo en cada momento, en cada momento”, repite, y la resignación le toma la voz por única vez en una hora de charla.

-Me da mucha tristeza ver a un niño tan olvidado. Y me produce mucha ira con los padres. Yo soy duro con los padres. Me salen con la tontería de que trabajan, ¡pero no trabajan 24 horas! Dele 10 minutos diarios a su chamaco, nomás, para saber cómo anda, cómo está en el colegio –dice Carbajal y parece el abuelo de toda la ciudad de León, de todo México, del mundo entero–.

El abuelo del mundo es uno de los cuatro futbolistas con presencias en cinco mundiales. Ese récord le valió un apodo: en su país lo conocen como la Tota o como el Cinco Copas. Carbajal era el único rey de semejante galardón hasta 1998: ese año lo igualó el alemán Lothar Matthaus. Sin embargo el Cinco Copas no le comparte el trono porque, dice, en España 82 no jugó ningún partido completo. Gianluigi Buffon también estuvo en cinco competiciones. Pero la Tota no lo acepta en su salón de la fama porque no sumó minutos en Francia 98. Carbajal es Neil Armstrong: dice que todos se acuerdan de él porque fue quien alcanzó el récord por primera vez. En Rusia un compatriota suyo entró en su panteón: Rafa Márquez ingresó ante Alemania y disputó un Mundial por quinta ocasión. Antes de que eso ocurra, Carbajal dijo: “Me da gusto que me alcance. Los récords son para igualarse y superarse. Pero, ¿quién queda siempre en boca de todo el mundo? El primero. Y el primero fui yo. Hace 52 años que nadie lograba igualarlo”.

Su carrera como arquero empezó en una época donde “pagaban poco y exigían mucho”. El fútbol se desenvolvía a espaldas de lo popular: solamente un puñado de curiosos asistían a los partidos del campeonato mexicano. En aquellos días como futbolista le dieron un trabajo de vidriero y dos consejos: “Portate bien y guardá tu dinero”. Carbajal se portó bien y ahorró. Ahorró tanto que con su esposa pudieron comprarle una casa a cada uno de sus nueve hijos, incluso lograron abrir una vidriería que alcanzó a tener 30 empleados y hasta invirtieron en locales de cuya renta consigue los ingresos para vivir. Su esposa falleció hace varios años. Ella diseñó la estructura económica que lo sostiene: cobraba los sueldos y decidía las inversiones. Ella es la madre de todos los hijos, la abuela de los diez nietos. Ella fue la cómplice de una filosofía de vida que aún se reproduce en la familia. “Me da orgullo haberle regalado una casa a cada uno de mis hijos. Esos son los principios que me inculcaron mis padres. Mis hijos criaron a sus hijos con esa misma escuela: ser exigentes, no tanto apapacho, no tanto consentimiento: las reglas son las reglas. Es un poco de dureza sin llegar nunca a los golpes”, dice. Carbajal vive con una de sus hijas y uno de sus nietos. Y en esa casa las reglas siguen siendo las reglas:

-No me gusta que traigan acá problemas matrimoniales. No quiero escuchar qué pasó con su esposo, con su esposa. Aquí vienen, charlamos, comemos, miramos fútbol y nos la pasamos muy bien. Nos divertimos y punto –dice–.

Aunque irradia una energía jovial, una búsqueda en Google basta para confirmar lo que su fecha de nacimiento sugiere. Hay fotos suyas en sepia de cuando atajaba y su aspecto es el de un galán de Hollywood en los años 50. También están sus fotos del ahora, del presente, y el rostro de Carbajal –pelo canoso, lentes grandes, bigote blanco– podría ser el logo de una marca de pan: parece un maestro panadero, un hombre bonachón. Ese señor, sin embargo, dice que está cansado. Que por eso no viajó a Rusia. Solía ir a todos los mundiales: la FIFA lo invitaba a exclusivas reuniones en las que se encontraban glorias del fútbol con más de tres Copas del Mundo disputadas. Pero esta vez no asistió. Esta vez ve la Copa desde el sillón de su casa: se compró un televisor gigante para mirar los partidos, aunque dice que ya no disfruta del fútbol porque “se paga mucho y se exige poco”.

Tampoco pone demasiadas expectativas en el desempeño de su selección. Habla de la realidad del fútbol mexicano, y de fondo, entonces, se escucha el susurro de una voz juvenil: uno de sus nietos le corrige un dato, le apunta algún detalle. Es la mañana de un sábado, la voz de Carbajal es un tenue rayo de sol, y su familia lo mira conversar por teléfono. Lo rodean, lo acompañan, lo admiran. Es el orgullo: lo que el tiempo no pudo derrocar.

-Mira, mi familia me dice: “Hace 51 años que te retiraste y todavía te están entrevistando”.

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