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Trapito
Sin título, de Agustina QuilesSin título, de Agustina QuilesSin título, de Agustina QuilesSin título, de Agustina QuilesSin título, de Agustina Quiles
Sin título, de Agustina Quiles 

“Una cortina de baño.” “El mantel de un vagabundo.” “Una toalla vieja.” Estos fueron los comentarios (más de 400 y siguen fuera de las redes) que inspiró la obra ganadora del 1er Premio Adquisición de Pintura del Banco Central. Un óleo pastel sobre papel de seda de 192 x 147 cm Sin título de Agustina Quiles. Pero acércate. Mirá bien ¿realmente es un trapito, una cortina de baño, el mantel de un vagabundo? No. Pero la molestia de que eso sea representado y mostrado como arte, legitimado y premiado es bastante grande. Los que opinan creen que el proceso creativo de Quiles fue el siguiente: la artista fue al baño, quitó su cortina raída y en vez de tirarla se la guardó, luego se le ocurrió pasar por el Banco Central, quería ver qué tal Sturzenegger y de pronto se acordó de la cortina de baño sucia en su bolso y se dijo, ¿qué tal si me presento al concurso de pintura joven? Pero no, no fue así. Detrás de esa obra, se tejen invisible pero persistentemente horas y horas dedicadas al estudio y a la práctica del arte.

Hace algunos años, en 2013, murió Arthur Danto, un filósofo que pensó mucho sobre el fin del arte y sobre todo por qué una obra de arte es considerada como tal. El tipo fue a una galería, se encontró con una obra de Andy Warhol que reproducía una lata de consumo comercial y preguntó ¿qué tiene esto de artístico? Y dijo: nada. No tiene nada que lo haga arte más que el lugar que ocupa. Vos lo podés hacer, pero de hecho no lo hiciste ¿Qué tul?  ¿Cómo te hace sentir eso? El artista no es un ser superior con un conocimiento divino. Es alguien como vos. Pero que hace. Y sí, tu hijo puede pintar como Pollock. Pero tampoco lo hace. La cuestión es que la discusión pareciera vieja, pero no lo es. Hace poco se reactivó, apenas, porque ya le habían dado demasiado, en torno a la obra de Fernanda Laguna que trabaja un naif en miniatura con elementos desechables. Y mucho antes, cuando Liliana Maresca expuso el famoso carrito de supermercado con basura en el Centro Cultural Recoleta. Che ¿son todas mujeres las criticadas? ¿o me parece a mí? La obra de Agustina Quiles es tributaria de todas esas obras anteriores y más. Del movimiento de artistas mujeres que las vanguardias dejaron de lado. Mina Loy por ejemplo, que esperó infructuosamente en Buenos Aires a  que apareciera su compañero Arthur Cravan, poeta y boxeador, y fue una de las fundadoras del movimiento dadaísta, que escribió un manifiesto feminista en contra del de Marinetti, y hacía obras de arte con la basura que encontraba en las calles de New York. Ni que te digo todo lo que le dijeron y cómo intentaron sepultarla en el olvido.  La misma mujer de Duchamp, que cuesta creer que haya salido ileso del país, era una gran artista.

El segundo premio que entregó el Banco Central tiene en su página de Facebook solo cuatro comentarios. Todos del estilo: “esto sí es un cuadro”, “qué belleza”, “¿Cómo un trapo sucio pudo ganarle?” El autor es Cristian Dalla y la obra es un óleo llamado “Nuevo Territorio”. En el cuadro se representa un campo arbolado con una laguna. Eso sí es arte. No el trapo del verdulero, qué va. No la basura que puede parecer arte. Alguno podría pensar que Quiles trabaja algo cercano al arte pobre, arte -como algunas obras de Liliana Maresca- denominado así por la humildad de sus materiales. Pero no. La obra de Quiles es una vuelta de tuerca más al usar papel de seda para representar ese “trapito”.  No parecieran ser sus dimensiones, lo que logra con el óleo o la textura que alcanza el problema: molesta que parezca basura, pobreza, cosa sucia. Siempre molesta ver eso. El artista es quien lo hace visible. Y cuando se hace visible aparece el cana que todos llevamos dentro. Un cana hecho de lo que nos dijeron que es el arte, de lo que debe estar en un museo, de lo que el artista debe ser. Y sobre todo de lo que nos dijeron que debe pintar una mujer. Y joven. Ninguna conversación termina, todas las polémicas se reavivan porque el arte contemporáneo sigue pateando donde más duele, sigue provocando a la buena conciencia de derecha y de izquierda. Y sus agentes más potentes son mujeres. Y qué suerte, cada vez más jóvenes. 

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