El tiempo todo entero
Visto y leído | Entre dos ríos (Rosa Iceberg), primer libro de Romina Zanellato, es la indagación de una mujer que busca saber de dónde viene para saber cómo seguir.

Alina está acostumbrada al río Limay, caudaloso, de agua transparente venida del deshielo, que corre por Neuquén. Ahí se crió. De modo que el Uruguay, en Entre Ríos, le parece quieto: un curso de agua opaca donde no se puede ver el fondo. Ahí está ahora. La protagonista de esta historia desanda el camino que hicieron sus abuelos, Aurora y Santo, para saber de dónde vienen ellxs. Que es un modo de conocer el origen propio. También, de detener el tiempo. O de intentar que discurra de otra manera. Alina toma fotografías, escribe en su diario, graba conversaciones. “Todo lo que quiero es documentar, porque de tan imperceptible que es la vida, por ahí no la reconozco”, dice.

De eso, de la vida imperceptible pero también, inexorable, está hecho este libro. O más bien, bordado. Un tejido sutil que en cada puntada pregunta cómo se construye un amor: perdurable, como el de sus abuelxs que llevan juntxs más de sesenta años; efímero pero tenaz, como el de ella, llegada a Buenos Aires porque quiere seguir ese amor, porque no hay otra manera de hacer las cosas que yendo a buscarlas. 

Todos estos materiales componen la trama del hermosísimo Entre dos ríos. Se trata del primer libro de Romina Zanellato, editado por Rosa Iceberg. La autora nació en Neuquén en 1984 y se recibió en la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero. Además es periodista y realizó dos temporadas del podcast Los cartógrafos, junto a Rosario Bléfari y Nahuel Ugazio. Bléfari señala, justamente, que en este relato, ir desde el río propio en el sur al ajeno en el litoral, será “indagar en la escena donde los que nos precedieron abandonaron algo para ganar una vida propia”.

La clave está en unas cartas que Aurora le entrega a Alina. “Tu abuelo me las envió antes de casarnos”, le dice. Esos fragmentos son como pequeñas boyas que titilan en el agua para indicar el camino de la corriente. Así, quien lea sabrá que él era médico y ella, maestra (único destino para las mujeres de la época, además del de amas de casa y esposas), que huyen de Concepción del Uruguay porque el noviazgo había sido demasiado corto, porque él había estado comprometido con otra chica. Aurora, finalmente, llega a Neuquén con su vestido rojo y sus tacos altos, que se hunden en la arena. No hay caso: aquí la gente no sale a la vereda, el viento sopla con inclemencia, el mundo se retrae. Así que ella entra en su nueva casa descalza y dispuesta a convertir ese lugar en refugio para hijxs, nietxs. Y para ese matrimonio que germina en tierra agreste.

Alina guarda las cartas en una caja de té que en la tapa tiene una abuela rubia y una nieta colorada. “Ni yo, ni mi mamá, ni mi abuela nos parecemos a esas mujeres. Nosotras somos una mezcla de indias y gringas, morochas, de ojos grandes y actitud desafiante. Heridas”, apunta. Su madre la cría sola. Alina se muda a Buenos Aires siguiendo a un pibe que la abandona. Hay sin embargo, un deseo de permanecer en esta ciudad donde soplan vientos bravos para quienes llegan desde afuera. A veces, sin embargo, es necesario irse por un rato. Así es como la protagonista viaja y se queda unos pocos días en Concepción. Quiere saber. “Hay extrañeza, por supuesto, pero también algo de nostalgia en caminar por primera vez un pueblo desconocido y a la vez relatado”, escribe.

Entre dos ríos se construye como diario íntimo, como ficción autobiográfica. En su horizonte, los mandatos son puestos en cuestión: el casamiento como contrato de supervivencia, lxs hijxs como continuadorxs del mandato. ¿Qué hace el amor allí? Hace revuelo, como el viento, como las aguas transparentes y las oscuras que fluyen, sin saber por qué, sin preguntar. Alina es una mujer que sí pregunta. No tanto para encontrar respuestas concluyentes; más bien para que los interrogantes iluminen la senda de su propio deseo. ,

Entre dos ríos

Romina Zanellato 

Rosa Iceberg

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