El aguante

Entre los economistas locales suele decirse que si el pronóstico es malo siempre se cumplirá, sólo hay que esperar el tiempo suficiente. Quien afirme, por ejemplo, que el dólar se irá a 100 pesos difícilmente se equivoque, pero claramente no es lo mismo si sucede el mes que viene que dentro de una década. La conclusión sería que el pronóstico puede hacerlo cualquiera y que la clave es acertar el “cuándo”. Pero el punto es otro, no es lo mismo no poder ponerle fecha al dólar a 100 que afirmar, por ejemplo, que gracias a la mejora en el clima de negocios y la renovada confianza de los mercados el dólar bajará. La tarea de los pronósticos, entonces, no reside en acertar fechas exactas, sino en identificar las tendencias principales y su dirección. Lo que se tiene hoy es que el dólar no se detendrá en 30 ni el riesgo país en 700. El escenario es el de una aceleración de la corrida y una fuerte profundización de la crisis. Cada día se vuelve más evidente que el destino de la economía macrista es irreversible y que los tiempos del experimento terminaron.

En 2015 el problema era la escasez relativa de dólares. Se pensó que ello se resolvería con deuda en la transición mientras, gracias a la mera existencia de un gobierno pro mercado, maduraría la lluvia de inversiones. Como ya se sabe la lluvia no se produjo y sólo quedó la súper deuda, que agravó el problema inicial. No hay mucho más para agregar. Todo lo demás es accesorio. La generación de la bola de Lebac, por ejemplo, fue por haber creído que el instrumento era infinito y el presente eterno, pero aunque haya desembocado en tasas de interés estratosféricas que impiden el funcionamiento normal de la economía, no deja de ser un dato complementario.

El presente es peor que a fines de 2015. Si al comienzo de la gestión el gobierno tenía el diagnóstico de que deuda y lluvia de inversiones conjurarían la restricción externa mientras se transformaba el Estado y se cambiaban los precios relativos, ahora sólo le queda el recurso del aguante. Se limita a esperar la continuidad de la asistencia financiera externa subordinada al plan de ajuste del FMI, una reedición del “déficit cero” que llevó al colapso del gobierno de la primera Alianza.

Luego del corte del chorro del financiamiento del exterior y de la recaída en el FMI tras la corrida de abril, la “Totonomic” –como denominaron los economistas hiperoficialistas a los experimentos que comenzó a ensayar el broker VIP que comanda el BCRA– se basó en cambiar las Lebac en pesos por Letes en dólares, liquidar divisas del préstamo del FMI para frenar transitoriamente la corrida, mantener bien arriba la tasa de interés y, en general, intentar secar de pesos la plaza. La gran idea de “Toto” es la ilusión de que sin pesos no hay demanda de dólares. Alguien debería advertirle al funcionario que, en contextos como el actual, la demanda de dólares se tensaría hasta sin pesos físicos. Hasta ahora las acciones sólo funcionaron como un movimiento carísimo para ganar tiempo, el aguante. La orden del FMI de comenzar a bajar la liquidación diaria de dólares prestados fue agregar combustible al problema y una señal de que al organismo no le importa la continuidad de la devaluación. Sólo espera el incumplimiento de las metas para pactar nuevas condicionalidades.

Mientras tanto, el escenario externo es efectivamente desfavorable, fundamentalmente por la tendencia alcista de la tasa de referencia en Estados Unidos, una dificultad real para una economía superendeudada en divisas que desreguló los movimientos de capital, pero apenas un grano de arena comparado con los problemas internos. No obstante, no puede negarse la creatividad de la prensa “especializada”, para quien la reactivación de la corrida durante esta semana respondería, por ejemplo, hasta al twit de Donald Trump sobre el aumento de aranceles a los productos turcos tras la devaluación de la lira.

El “dato duro”, en cambio, se encuentra en la oferta y la demanda de divisas. El país se quedó sin dólares para hacer frente a sus compromisos externos y no consigue conjurarlo. Luego, desde que el dato se hizo evidente, la política económica sólo agravó la situación en varios frentes.

  • Siguió tomando decisiones que aumentaron el endeudamiento en divisas, como por ejemplo el ruinoso canje de Lebac en pesos por Letes en dólares.
  • Ingresó en un programa de ajuste del FMI, es decir, el camino inverso a generar dólares a futuro a través de la lenta reactivación del aparato productivo. El programa supone un aumento adicional del endeudamiento en divisas, la continuidad de las altas tasas de referencia que dificultan el giro ordinario de los negocios y la destrucción progresiva de las funciones del aparato de Estado vía el ahogo financiero de las áreas clave.
  • Tensó a fondo la incertidumbre política a partir de una operación de inteligencia–judicial–mediática de naturaleza similar a la ya experimentada en otros países del mundo, como el “Mani pulite” italiano o el “Lava Jato” brasileño, sendos procesos con un impacto muy negativo en sus respectivas economías, con destrucción de grandes empresas y deterioro de los sistemas políticos.

Cuando el sinsentido se apodera de las decisiones económicas florecen las interpretaciones conspirativas. Como lo describiera exquisitamente Joseph Shumpeter, hasta las peores crisis capitalistas, por dolorosas que sean para las mayorías, tienen grandes ganadores. Bajo esta óptica conspirativa, entonces, la política económica actual buscaría provocar una crisis para que determinados grupos terminen apropiándose de los restos del Estado y también para que empresas globales se apropien de las multinacionales locales o al menos con sus mercados. Hay indicios, algo similar ya sucedió en Grecia y en Brasil, para citar dos ejemplos recientes.

Sin embargo, antes de llegar a estas visiones conspirativas pueden existir respuestas más sencillas. Quizá estemos simplemente ante un grupo social y político incapaz de conducir el aparato de Estado, incluso en función de sus objetivos.

Volviendo al comienzo, no es posible adelantar la fecha exacta de la reacción social a la crisis económica. Lo que parece más claro es que el gobierno, post FMI, ya no tiene margen para el cambio de rumbo y que la tarea de la oposición, pensando en el futuro, es la reducción de daños: frenar la destrucción que provocan las medidas desesperadas, la enajenación del patrimonio público y la continuidad del crecimiento sin ton ni son de la deuda en divisas.

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