Atravesando universos paralelos y distopías, la prosa de Santiago Martínez Cartier se revela como un crudo guiño en espejo con la actualidad. A contrapelo del realismo, buscándole la vuelta, sí, para que el atractivo literario haga lo suyo: “La mejor forma de hablar de la realidad es en contraposición a ella”, dice quien comenzó a escribir –o hacer el intento– con apenas 12 años, y no ha parado de hacerlo. Ésta es su cuarta novela en cinco años. Se llama Ciudad Amarilla y habla de un Rey todopoderoso a vencer, junto a su ejército de Controladores. Cualquier referencia a la realidad no es mera coincidencia. Antes escribió Manuscritos del tiempo, Lágrimas invisibles y La noche americana: El cine es un invento sin futuro - Parte I. Y sigue escribiendo.

El narrador contemporáneo no tiene otra misión, ni opción, que reflejar el mundo en el que habita: sus paradigmas, juicios y prejuicios socioculturales. Indefectiblemente cada obra es producto de su época. El impacto de la realidad sobre mi prosa es absoluto. Por más deforme que ese reflejo resulte, no deja de ser un reflejo. Ciudad Amarilla tiene un trasfondo particularmente obvio y un enemigo particularmente común. La empecé a escribir desde la angustia el día que nuestro presidente asumió”, dice Martínez Cartier sin esconder lo obvio.

Prolífico, Santiago no reniega de ningún canal expresivo. Apenas pasados los 25 años, mientras escribe una quinta novela con foco en el peronismo, es además integrante fundador de Efecto Amalia, la banda alternativa de zona norte del Gran Buenos Aires con la que está hace más de 10 años. Todo como si fuese el único modo de hacer aceptable el mundo: moldeándolo en fantasías y pensándolo distinto.

¿Cómo atravesás el lenguaje musical y ponés en palabras eso que la batería quizás no permite?

--Antes que músico fui cuentista y poeta, si es que se le pueden adjudicar esas denominaciones a un ser de menos de 12 años. Mi primer acercamiento fue desde la palabra; la batería, junto con la música en general, llegó unos años después. No hay dos Santiago, sino uno que se estira y retuerce según la situación. El juego con las palabras no deja ser musical y la música no deja de ser narrativa; ambas disciplinas se funden y confunden continuamente y disfruto de ello. Las formas de expresión son distintas, pero lo que expreso tiende a ser similar.

Tiene un decir acelerado, una escritura florida y repleta de vehemencia producto del “inconformismo hacia la realidad” y hacia “la desigualdad de cada día, de los aparatos corruptos del poder, de la publicidad, de la posverdad”. Su rabia es, en suma, producto “de la necesidad de canalizar esa angustia que todo este sistema disfuncional provoca”. Es un modo catártico de hacer. Martínez Cartier es, así, un producto de su tiempo, de las angustias de su época, de las intervenciones políticas también. A su modo artístico, a su modo expresivo. De una escena que persiste –resiste– tanto embate económico y coyuntural. Y que no deja de ser un reflejo de cierta porción de clase, según dice.

Buenos Aires es una ciudad donde la ebullición artística es constante y la oferta es de lo más variada en todos los rubros. Aún así, el lugar de los jóvenes se encuentra un poco relegado a los artistas ‘consagrados’ y la mayoría de las veces hay que pagar derecho de piso. Y, como siempre ocurrió, los medios de producción artística suelen concentrarse en la clase media y media alta, y las problemáticas que suelen tratarse no reflejan la realidad del resto de la ciudad y el país.”