Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno vuelven a compartir las páginas de Los que vienen de la noche
Oscuramente fuerte
Después de escribir de a dos Amor invertido, Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno vuelven a compartir las páginas de Los que vienen de la noche, una bella e intensa colección de fragmentos que se abren a los múltiples sentidos de la nocturnidad. Experiencias compartidas, pasados diferentes, visiones e intuiciones sobre los cuerpos y las palabras se suceden en una escritura que hace perder las huellas de la autoría.

A la noche se llega en declive. La luz, los pasos, las miradas, los sonidos del ocaso también van en picada. El mundo ocupando este lado de la noche solo sabe afinar en clave destemplada, y sin embargo las criaturas y las cosas que habitan ese espacio avanzan iluminados por la certeza de que, una vez acabada la noche, ya no volverán a ser los mismos. La intimidad de los insomnes se vuelve oración de multitudes, cuerpos que despiertan cuando por fin la falsa moral del día encuentra su hora para irse a dormir. ¿Cómo es, por dónde pasa y para quién, ese despertar nocturno entre el cuerpo y el espíritu? ¿Con qué voces, con qué pieles, con qué mirada se vuelve de las horas de impudicia y de tramas inefables? ¿Quién, a plena luz del día se hace cargo de su noche? Una narrativa nocturna debería intentar acercarse no sólo a estas preguntas sino también al sedimento religioso y filosófico de ese espacio-tiempo-estado que es la noche. Castigo, culpa, descenso, purificación y estigma, pero también complicidad del goce, fusión de la carne, liberación de la apariencia, reconciliación con lo monstruoso, alivio de reconocernos en el vacío del que formamos parte. Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno escriben Los que vienen de la noche y entonces formulan, con el pulso y la mirada infrarroja del instinto, lo que podría ser una teoría narrativa de lo nocturno, donde las escenas y los escenarios de la noche se vuelven escritura fragmentaria, piezas y voces generadoras de lecturas simultáneas, en el que la marca de autor se revela tan endeble como el continuum narrativo. Imposible volver de la noche con un relato direccionado, con una imagen siquiera nítida, lo que sucede en la experiencia del ocaso emancipa a los sujetos de sus predicados, el lenguaje es parte de esa experiencia de búsqueda que como tal, es siempre una búsqueda poética.

En Los que vienen de la noche, el llamamiento a la poesía comienza desde el epígrafe: “La acción de la noche empieza negando y así se libera del sentido. Las palabras, hormigas que han perdido la cordura”. Con esta cita, que procede de uno de los fragmentos, el libro abre volviéndose sobre sí mismo, sin una organización de autoría que subordine de alguna manera los sentidos, la negación como principio de lo nocturno es desde el vamos toda una toma de partido. 

La primera negación entonces es la de la identidad unívoca. Porque si hay algo que sucede en la lectura es que a medida que avanzan los relatos se hace más difícil reconocer quién de los dos ha escrito qué, y esto se da porque hay un plano de disputa en el diálogo que dibujan los fragmentos y que está dado entre la trama y el sentido. Hay un dibujo de trama que por momentos prevalece sobre la búsqueda poética y hay otros pasajes en los que  sin embargo el lenguaje gana la partida porque se vuelve –como el epígrafe– sobre sí mismo. ¿Lirismo y narrativa? No exactamente ni solamente eso. El borramiento del autor abre paso a una hibridación de estilos que redobla la apuesta al convertirse también en un entrecruzamiento de géneros. Porque Los que vienen de la noche no es un libro de microficción, ni de poesía, ni de cuento breve y mucho menos de ensayo propiamente dicho y sin embargo no puede negar por completo a ninguno de estos géneros. Con respecto al problema de la firma, Lao se pregunta: “¿Quién es el autor, el que escribe o el que corrige? Porque yo lo editaba a él y él a mí. Este libro tiene muchas correcciones, ediciones hechas entre los dos”. Saccomanno reconoce una impronta más de Lao respecto de la huella poética que tienen los fragmentos, pero al mismo tiempo percibe que al escribir de a dos hay algo de la propia escritura que se reelabora: “Yo creo que toda experiencia de escritura te transforma. La personal y la que hacés de esta manera. Yo he escrito novelas policiales en los 70 con Carlos Trillo, habíamos fundado una editorial, escribíamos juntos historietas, pero acá es otra cosa. Es una escritura donde están más en pugna las maneras personales. Entonces, las maneras personales tienen que ceder en función de la escucha del otro. Si vos no escuchás al otro no podés, se produce entonces una dialéctica de la palabra que va y vuelve y cuando vuelve no suena de la misma manera. Yo creo que esto es lo más interesante de esta experiencia transformadora. Porque no somos los mismos antes y después de Amor invertido, y no somos los mismos de antes y después de Los que vienen de la noche”.

Pasar de largo

En el origen de este libro están las propias noches, el costo que la experiencia de la noche imprime sobre el cuerpo que la atraviesa. La pregunta aseverativa de Spinoza ronda cada fragmento: Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo. ¿Dónde empieza y termina el poder de las leyes naturales y las del alma sobre él? La noche conjuga estas dimensiones y en el libro se leen también como un par indisoluble. Cuando hablamos de la noche y del deseo de escribir, Lao lo relaciona a un sentimiento de tortura: “En Madrid, al principio, llegaba de la noche sintiendo que había perdido un poco de vida y que tenía que escribir algo de todo eso que me había pasado, y que era mucho, pero el estado físico no me lo permitía. Entonces me sentaba delante de una hoja a padecer, a decirme: todo esto no sirvió ¿A dónde fue todo lo que viví en la calle? en Madrid, la noche no transcurre en un solo lugar. Te vas moviendo y vas evitando el tiempo, evitándote. Hay algo de escape de uno. Y luego el regreso a casa con la  sensación de que todo eso que tenía que servir para la escritura y no iba a poder ser. No poder escribir nada, no poder soltar todo lo que había visto, escuchado, olido”. 

¿Por dónde se comienza a escribir sobre la noche?

  –Yo soy de levantarme a las cinco de la mañana, y en este caso fue como una postal. Una vuelta, está Lao durmiendo y yo bajo a la panadería, veo venir a un grupo de pibes y pibas cantando en la noche con latas de cerveza, una imagen muy hermosa, me pareció muy bella esa cosa mezclada de los pibes. De golpe vine y anoté un texto, la invité a que lo siguiera y así empezó. A mí siempre me pasó que después de una noche larga, cuando volvía ya amaneciendo, de tener que sentarme y escribir un cuento. Sino, tenía la sensación de eso que decía Lao, de que se pierde lo que viviste, y uno escribe para que las cosas, la memoria, no se pierda. Después de escribirlo sí, te podés olvidar tranquilo.

La propuesta de pensar narrativamente a la noche como tema abre a la otra pregunta, a la de la forma, y de allí tal vez es posible pensar una categoría de escritores nocturnos, escritores asociados a la noche del cuerpo. ¿Acaso Enrique Medina, Alejandra Pizarnik, Horacio Quiroga no podrían formar parte de una literatura de la noche? “Yo di un taller titulado literatura dark –Dice Lao– y estaba basado en la idea de la oscuridad. De que hay textos luminosos,  abiertos, de luz y de día. Marosa Di Giorgio es diurna, por ejemplo. Ella tiene sol, tiene flores abiertas, tiene el eros libre y explotado de luz. Para mi con las escritoras es muy claro, hay muchas escritoras bien oscuras como Joyce Mansour o Fleur Jaeggy, ella es de recortar y de cerrar ventanas, para que ocurra la poesía tiene que ser oscuro. Y sí, me gusta pensar en esa iluminación de los objetos en la escritura. Uno ilumina, hay iluminados e iluminadores. Obviamente que lo que interesa es el claroscuro. Porque para que haya oscuridad se tiene que filtrar algo de luz, si no es negro. Y a mi me interesa siempre laburar en la contradicción. Creo que cualquier escritura tiene que ser contradictoria, tiene que tensionar esos espacios, esas rendijas de luz o de oscuridad. En este caso, pararse en la noche es pararse, también, en el miedo. Por otra parte escribir bajo la noche, o desde la noche, o en la noche, o por la noche fue de una libertad absoluta. Porque además escribimos desde experiencias ajenas, noches intuidas. A mí lo más interesante que me pasó de trabajar de noche es entender que lo monstruoso es el día y no la noche, que lo mentiroso es el día. Yo veía llegar a la gente de un modo muy armado y construido, y los luego los veía revelarse en su propia naturaleza frente a mis ojos y sentir que ahí había algo que, si existe la verdad, ocurre a la noche. El dia es un armado, el dia es de la dignidad del trabajo. Y la noche no tiene dignidad, no tiene moral. Hay algo del espía de la noche y de la puerta para la poesía. La poesía es nocturnidad y es recorte”.

–¿Cómo trabajaron el cruce de los géneros? Lo pregunto porque acá no hay cuento ni poesía, no hay microrrelato aunque lo parezca.  

Lao: Claro, acá no hay voluntad de cierre y ese es el rulo del microrrelato. El permiso de la poesía tiene que ver con el desvío, con la pérdida de rumbo y en el microrrelato hay una voluntad de dirección, es casi como que se resuelve una intriga mínima, aunque sea de lenguaje. Acá la idea es no resolver ninguna intriga, dejar desnuda la falta. Pero en realidad la construcción, cómo van apareciendo unos textos derivados de otros se da porque estamos hablando de la noche,y si vos me dijiste esto yo te contesto esto otro. Y si tu noche era lábil la mia va a ser lo contrario, y si tu noche venía muy armada la mía se va a desvestir mal.

Saccomanno: Entonces para ordenar los fragmentos Lao propuso imprimirlos, ponerlos sobre la cama y sobre el suelo. Hicimos una edición visual para ver en los grafismos qué texto era corto, cuál era largo. Pienso en el ejercicio de Mirtha Dermisache, la muestra de grafismos. Porque cuando los desparramás, ves a los textos de cadencia o fluir poético, entonces el hilo narrativo tuvo que ver también con la espacialización del texto, con el dibujo que conforma la palabra página a página.

No culpes a la noche

Los jóvenes volviendo de la noche, esa escena que convocó y fue excusa para el primer relato, no quedó entre las que conforman el libro. Sin embargo está su huella, la idea de encontrar la belleza inclusive, o sobre todo, en la oscuridad. En una época del mundo, del país, donde la pregunta que se hace Hölderlin en su elegía “Pan y vino” se reedita tan necesaria: ¿Para qué poetas en tiempos de penuria? La posibilidad de buscar sentidos, de encontrar complicidades, de entender la luz más allá y desde la fosa es una cuestión tan vital como el trabajo de los días. En ese sentido, este es un texto sobre la huella, donde la noche es intimidad compartida desde los personajes que cruzan de un relato al otro, como también está presente la huella de la escritura del otro, un libro hecho de señuelos en la noche, donde dejarse atraer por la carnada es parte del desplazamiento de las escenas y sus signos. ¿Para qué poetas en tiempos de penuria? Cuando Heidegger lee a Hölderlin, intuye que en la era de la noche del mundo, de la que los dioses se han retirado, hay que experimentar y soportar el abismo del mundo. Pero para eso es necesario que algunos alcancen dicho abismo. Y es en ese sentido, desde la noche como abismo, que se entra a lo religioso en este libro. 

“Yo creo que si hay algo que rompió el capitalismo fue el pensamiento religioso. El entender la vida como acto sagrado    –dice Saccomanno–. El capitalismo destruyó el pensamiento de lo sagrado, el agradecimiento al pan y al vino. Lo convirtió en mercancía. Chau, no me jodan más con el capitalismo, por esto me hice trosko de joven, yo sé que es una mezcla, un rizoma que se enrula todo el tiempo, pero es esto, se perdió la espiritualidad, y todo este pensamiento de la new age que ahora nos maneja desde el gobierno, el discurso del tú puedes, es un discurso falso, porque lo que niega es la relación cotidiana con lo sagrado. Después, cuando voy a la iglesia (voy a la Santa Catalina de Siena, que es muy austera, la más antigua de la zona, fue hospital de guerra de las invasiones inglesas y acá en el barrio se dice que los murciélagos son los fantasmas de los ingleses). Yo voy a algunas horas muertas, y veo que está la sirvienta cabecita con el broker. Y vos decís qué hacen acá el broker junto a la sirvienta?”

Lao: “Yo creo que la relación cotidiana con lo sagrado es la palabra. Me considero apátrida, atea, anti partidos políticos, no creo en nada y lo veo todo desde afuera. Soy la extranjera del mundo. Siempre me sentí afuera. Y creo que además todo escritor es alguien que está afuera. No se puede escribir desde el centro. Creo que tiene que ver con esto que hablábamos de trabajar de noche, no solo, sino de escribir a pesar de. No a favor de. Una escribe a pesar de que todo el mundo conspira contra la imaginación, contra el deseo, contra la autonomía de pensamiento, contra la crítica, todo el tiempo hay un nivel de violencia para domesticar la cabeza, el cuerpo y el alma, que solamente se puede escribir, así, en contra de. Si eso es ser oscuro, sí, obvio. Que viva la oscuridad’’.

Los que vienen de la noche Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno Seix Barral 181 páginas

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