Muchacha inquieta

Durante varios años Sara Gallardo tuvo en la revista Confirmado una columna que firmaba como “La donna è mobile” en la que diseccionaba algunas problemáticas de género con un tono aireado, ligero. La idea era justamente suavizar las secciones de política y economía, mucho más masculinas, del semanario. Y si bien “la donna” se dirigía a una “señora bien”, consumista y pudiente, casada con ejecutivos, Sara siempre colaba un plus ideológico sobre modos un poco menos rancios de concebir el universo femenino en sus dimensiones estéticas, políticas y sociales. Un ejemplo es esta columna del 13 de abril de 1967, en la que hace foco en la desigual distribución de roles y remuneraciones del trabajo dentro y fuera del hogar. ¿Cuánto le costarían a esos esposos de traje las tareas de cuidado, cocina y limpieza si tuvieran que pagarles a sus mujeres? Un planteo que al día de hoy sigue teniendo sentido en la desajustada puja distributiva de los ingresos entre hombres y mujeres, y que en esa época recién empezaba a considerarse.

¿EL AMA DE CASA VALE 224 MIL PESOS MENSUALES?

Una empresa especializada en estadísticas prepara en Buenos Aires un trabajo sobre el valor monetario de la tarea realizada por el ama de casa, madre de familia. La encuesta previa estudia el número de horas que la mujer llamada sin profesión dedica a cada uno de esos “oficios” no reconocidos llamados cocina, limpieza, costura, lavado, planchado, educación de los niños. Aplicando a estos la tarifa por hora en vigor se obtendrá cuánto, hablando en pesos, vale el oscuro trabajo femenino en el hogar. O sea que el experimento permitirá dar un golpecito en el hombro del “amo y señor” para decirle: “Ojo, todo esto... vale tanto”.

La cosa es interesante. En el mundo moderno ya se sabe que el valor en dinero de una actividad le confiere inesperados ribetes de respetabilidad, y las mujeres continúan empeñadas en probar cómo son respetables (¿lo cual prueba un latente complejo de inferioridad?). Callemos.

La encuesta argentina tiene su antecedente en una similar realizada en el año 1966 en Estados Unidos por el Chase Manhattan Bank. Era un estudio muy serio llevado a cabo por economistas neoyorquinos, y sus resultados estuvieron pegados en cartelitos en los bancos, llenando de melancólicos remordimientos a muchos maridos y de orgullo a sus esposas. La conclusión era que la madre de familia norteamericana vale exactamente 640 dólares por mes, o sea ¡¡¡224 mil pesos!!! Al menos, esa es la suma que un padre de familia americano debería pagar si tuviese que encargar a trabajadores calificados cada una de las actividades de su mujer. Un cálculo a vuelo de pájaro indica que en Buenos Aires, sin llegar a semejantes alturas, los precios pueden llegar a ser bastante impresionantes. Basta con una recorrida mental de las diversas actividades del día para darse una idea aproximada: desayuno, llevada al colegio, mercado, cocina, limpieza (a veces encerado, rasqueteo, fregado de vidrios), arreglo de la ropa del marido y los hijos, nueva búsqueda en la escuela, ayuda en los deberes, baño, lavado de cabeza y peinado personal, cocina, simpatía y paciencia conyugal, etcétera. El ejército de profesionales, lavaderos, compañías de limpieza, babysitters, peluqueros, zurcidoras, maestras, modistas, mucamas y geishas que se harían necesarios sería sin duda voluminoso. La cifra exacta de su costo... Falta poco tiempo para saberla.

Mientras tanto, volvamos a las conclusiones de la encuesta norteamericana. Quizá para reconciliarse con los hombres ligeramente ofendidos, los economistas evaluaron con igual objetividad cuánto vale un hombre en su casa. Y los resultados dejarían boquiabierto a cualquier porteño, porque un marido norteamericano, que tiene un trabajo normal fuera de su casa, dedica 24 horas por semana a los trabajos domésticos. Hablando en tiempo: como si consagrara un día y una noche enteritos, sin un respiro, a tareas hogareñas. Naturalmente, y para tranquilidad de todo lector, hay que tener en cuenta que las estadísticas solo señalan un fenómeno medio: o sea que, si bien hay hombres que nunca cumplen una sola de esas tareas, hay otros que se complacen en ellas. En la estadística figuran todos los transformados en un hombre medio ejemplar.

¿Cuáles son las actividades de ese hombre medio ejemplar? ¡Agotadoras...!

Tres horas y media por semana es jardinero: corta, poda, riega y siembra. Una hora y media es sereno: abre y cierra las mismas puertas y ventanas, y arregla los relojes de la casa. Enemigo particular de la tierra no es, a diferencia de su mujer: solo la combate tres cuartos de hora semanales. En cambio, sirve de chofer y lavador de auto durante cuatro horas. Una hora completa (semanal, siempre) se metamorfosea en contador: firma cheques, paga impuestos, equilibra el presupuesto. Dúctilmente, pasa a transformarse en cocinero durante una hora y media promedio semanal: se especializa en parrilladas y asados, y en comidas nocturnas. La misma cantidad de tiempo -una hora y media semanal- puede ser reducido por su mujer a las funciones un tanto denigrantes de lavador de baldosas. Dos horas y media como changador (carga los paquetes de las compras) y tres horas y media como artesano (plomero, electricista, pintura tapizado). Tiene momentos de elevación y grandeza también, este hombre servicial y sudoroso: sirve de consejero escolar a sus hijos durante unas dos horas semanales, y de consejero de elegancia a su mujer durante solo media hora (de la cual quince minutos además quedan desperdiciados por la mujer, que mientras él habla piensa cómo hará lo que a ella se le antoje).

Como consuelo a tantas y tan pesadas obligaciones, el hombre americano recurre (pero solo una hora semanal, el pobre) a oficiar como barman. Inventa cocktails para sí y sus invitados, o más probablemente se escancia derecho viejo dos o tres scotchs con hielo. Y con eso se cumplen sus 24 horas semanales de trabajo casero, que según las tarifas oficiales y especializadas suponen 51 dólares, o sea 17.850 pesitos semanales, ¡muy alejados de los 56 mil semanales de su mujer! (pero tengamos en cuenta que debemos descontar esas 24 horas de las 39 llamadas de ocio, que según las estadísticas el hombre americano disfruta fuera del sueño, el trabajo y la comida). 

Que estas líneas sirvan de advertencia. La encuesta sobre el porteño se avecina.

Extraído de Los oficios (editorial Excursiones).

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