Gul, terror sobrenatural en una sala de interrogatorios india
Entre torturadores y otros demonios
La miniserie que estrenó Netflix tiene, más allá del tono “thriller de horror”, suficientes elementos adicionales como para sorprender. El punto de partida es evidentemente político, en una India en donde los victimarios pueden convertirse en víctimas.
La saga consta de tres episodios cortos, de alrededor de 45 minutos cada uno.La saga consta de tres episodios cortos, de alrededor de 45 minutos cada uno.La saga consta de tres episodios cortos, de alrededor de 45 minutos cada uno.La saga consta de tres episodios cortos, de alrededor de 45 minutos cada uno.La saga consta de tres episodios cortos, de alrededor de 45 minutos cada uno.
La saga consta de tres episodios cortos, de alrededor de 45 minutos cada uno. 

La maldad tiene muchas formas, recorre caminos confusos y acaso, moralmente equívocos: al menos es así en Gul, la miniserie de terror sobrenatural de origen indio que estrenó Netflix y que, pese a su ritmo narrativo estresante propio del thriller de horror estadounidense, tiene elementos adicionales como para sorprender más allá de sustos puntuales. 

El contexto en el que se desarrolla Gul es bastante inusual para el género, ya que el punto de partida es evidentemente político: transcurre en la India, en un futuro cercano, totalitario y mugriento, donde un régimen dictatorial encarcela e interroga a terroristas y a sospechosos, lo que genera una tensa galería de militares indios, reclusos musulmanes, ritos orientales, delaciones intrafamiliares, rivalidades castrenses y una suerte de ente demoníaco oriental vinculado con las culpas de los mortales, el “Ghoul” que da el nombre original en inglés a la serie. Ese elemento sobrenatural aparece bastante rápido en la narración, así que no computa como spoiler para esta saga que apenas consta de tres episodios cortos -alrededor de 45 minutos cada uno-, duración que sugiere que el formato original iba a ser el de una película y luego fue adaptada al esquema de miniserie. 

La puesta en escena política y la violenta interacción entre villanos uniformados terrenales de picanas tomar y entidades malignas paranormales de cuerpos poseer, posibilitan extraños cambios de roles en las distintas secuencias de la serie. Y lleva a que los victimarios más ruines de pronto se conviertan en víctimas atónitas ante la aparición de un peligro tal vez igual de sanguinario que ellos, pero quizás menos explicable. Bastante más borroso –acaso, más abierto– es el rol del terrorismo en todo esto: los prisioneros a torturar son musulmanes aunque también parecen tener conexiones con intelectuales indios que resisten al régimen totalitario, y de sus ataques sólo vemos unos fugaces, fragmentados reportes televisivos sobre explosiones urbanas que nadie explica del todo. 

Gul es más clara e inequívoca a la hora de entregar esos elementos esperables sino necesarios en términos de la industria, para una historia que es, básicamente, de terror. Como el escenario carcelario subterráneo, cerrado, roñoso y húmedo, con pasillos intrincados y con lamparitas dubitativas o insuficientes. O como los recursos característicos de la invocación al susto, como los escalofriantes sonidos inexplicables que se cuelan en los sistemas de audio, o las persecuciones en escaleras a dos velocidades distintas, en las que el perseguido corre pero el perseguidor avanza con pachorrienta lentitud de predador, y sin embargo, las distancias se acortan plano a plano. 

La curiosa heroína que interpreta la actriz Radhika Apte siempre está tan extrañada como el espectador, el retorcido coronel que encarna el actor Manav Kaul siempre parece listo para retorcerse un poco más y los tres episodios de Gul se escurren tan rápido como el temible Ghoul. Una señal que sugiere que la serie funciona bien.  

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