Hacerse de un lugar

Con un evidente sentimiento de repugnado rechazo, saturado de un prejuicio antiinmigración que en ese mismo momento poseía a Sarmiento, el aristócrata Eugenio Cambaceres dibujó en su última y amargada novela, En la sangre, a un personaje advenedizo, tramposo, inmoral y todos los epítetos que se le pueden colgar como medallas de la infamia. Genaro Piazza se llama el crucificado, es hijo de un modesto y sórdido tachero genovés que, no obstante, consigue amarrocar con su sonoro trabajo una cantidad importante de dinero que ese fruto de su quizás único momento de sexo en toda su vida dilapida con un objetivo: ser aceptado por lo que considera la buena sociedad, o sea, metonímicamente, el país al que llegaron sus padres mano adelante manos atrás, miserables y enfermos. Lo que Genaro quiere desesperadamente es ingresar a esa sociedad, ser aceptado y considerado, hacer olvidar que es hijo de un tachero y una tísica, como novela estamos en el determinismo más crudo, la ley irrebatible de la herencia que en ese caso es de lo peor. Lo logra pero de qué manera: seduce a una bella y cándida jovencita, rica heredera de una familia de ganaderos y otras virtudes nacionales, la viola, la embaraza y acepta casarse con ella, el plan le resultó.

Me vino a la mente ese lugar común, “la historia se repite”, aun con sus matices, “pero no de la misma manera”, cuando estalló el pequeño escándalo protagonizado por Esmeralda, la bella heredera de los Mitre –la “buena familia” sin lugar a dudas–, ofendida en su pudor por la sensual, pero frustrada arremetida de un respetado dirigente de la colectividad judía. Pero no por eso sino porque me hizo recordar una situación semejante a la del evocado Genaro Piazza: el apuesto Darío Lopérfido, hijo de gringos, ingresando triunfalmente, por vía matrimonial, seducción previa mediante, no violación en un palco del Colón como lo logró ejemplarmente el taimado Genaro, a lo casi máximo de lo mejor de la aristocracia nacional.

Creo que a Cambaceres, por la brocha gorda con la que pintó el ascenso y logro del advenedizo, se le escapó una situación que nos afecta a casi todos, “hacerse de un lugar”, no a todos, pues a muchos les gusta quedarse en el sitio en el que la suerte los puso y no tienen la menor intención de moverse.

De ello se saca que hay opciones pero eso importa menos para lo que me lleva a detenerme en el tema que lo que sugiere esa expresión, “hacerse de un lugar”. ¿Será la zanahoria del burro? ¿Y si fuera así, no es importante que la vida esté atravesada por un deseo de llegar a otra parte? Sólo que, para lo que estoy razonando y el punto de partida de esta reflexión, esa otra parte está marcada, es el ascenso social, el ingreso a un universo de clase que se supone deseable en sí mismo, ligado a la riqueza y al poder o sostenido por la riqueza y de ahí dueño del poder y, por eso, doblemente apetecible.

De modo que, siendo legítimo el deseo de “hacerse de un lugar” hay modos de encararlo y realizarlo: algunos son espurios o dudosos y otros rescatables; quienes quieren ascender traficando, mintiendo, robando, corrompiendo, pertenecen al primer sector, llegan, tal vez, y logran hacer olvidar cómo llegaron; los otros no, creen en el trabajo y en los valores, comprenden qué son los lugares a los que quieren llegar, algunos caen, otros lo consiguen, son éstos los que hacen la fuerza de un país.

Y si bien ese movimiento hacia un lugar apetecible es general tiene un aspecto particular en lo que concierne a los inmigrantes que, no es ningún misterio, llegaron masivamente a este país. Digo “los inmigrantes” y no olvido que yo mismo soy uno de ésos, aunque pasó un tiempo y tal vez eso ya no sea un dato para considerar lo que soy o lo que hice para llegar a alguna parte. En todo caso no intenté romper el cerco por vía genital para acceder al paraíso del estar en el lugar socialmente más apetecido. Puedo, en consecuencia, considerar esta fórmula con la esperanza de llegar a alguna parte en la comprensión de lo que es el país que me ha tocado en suerte.

Así, diría que hubo dos caminos para “hacerse de un lugar”. Ya lo mencioné con fuertes calificativos, espurios o dudosos y normales. Me tientan en primer lugar los normales, los podría ejemplificar en diversos aspectos de la vida social: desde la historia de esa genovesa que lavaba la ropa en el Riachuelo y cuyos descendientes crearon un hospital, un barrio y una empresa financiera importante, los Fiorito, hasta el propio Carlos Gardel pasando por Alberto Gerchunoff, el Maestro Scaramuzza, los Discépolo, Víctor Cúnsolo, Ignacio Corsini, Arturo Cerretani, Amado Alonso, Enrique Dickman, Roberto Giusti, Sebastián Soler y tantos otros, no voy a señalar sus méritos, todos y muchos más contribuyeron a la configuración de la cultura argentina en el siglo XX, encontraron su lugar y lo que los recuerda los reverencia, a cada uno en su aporte.

Otros, en cambio, en la otra línea, lo hicieron de manera diferente. Unos cuantos trayendo los recursos y las leyes de la mafia calabresa, otros, el proxenetismo francés y su rival polaco, otros intentando y logrando acumulación de dinero, aprovechando el trabajo de los más pobres, como los empresarios del azúcar o los famosos esclavistas de La Forestal, otros sobre los productores de granos, como Dreyfuss o los de la asociación Bunge y Born, algunos de cuyos miembros hicieron algo semejante a lo que había hecho el Genaro de Cambaceres, se ligaron en matrimonios con “damas” de varios apellidos de la crema nacional argentina.

Encontraron su lugar y de paso encontraron gobiernos proclives a sus inspiradores consejos, desde la década infame al gobierno de Menem, enamorado de los talentos que procedían de esas poderosas empresas: se recuerda al ministro Roig y a su sucesor, Néstor Rapanelli, directivos de Bunge y Born, predecesores de los Quintanas, Lopeteguis, Peñas y otros que adornan con sus sabias directivas las igualmente sabias decisiones del gobierno dirigido por Mauricio Macri. Por no mencionar a Alsogaray, que sedujo a Frondizi, y Cavallo, el Supremo Maestro de la trapisonda financiera, que metió en la bolsa a Menem y a de la Rúa, con los resultados que conocemos.

Y ya que está, los Macri, que forman parte de este elenco; cofundadores de la “patria contratista”, buscaron de parecida manera su lugar y lo encontraron al amparo de sucesivas dictaduras, hasta el providencial remate en que consistió el invento del PRO, o sea no quedarse en los negocios sino ir más allá, o sea ejecutar esa idea tan gustada por las izquierdas y que se enuncia orgullosamente así: “todo es político, lo personal y lo económico, lo culpable y lo inocente”. El éxito coronó la ocurrencia, su llegada al gobierno, que se celebra con el sonsonete de que ha sido democráticamente, ha sido providencial para sujetar con tornillos –políticos y judiciales– esa llegada a un lugar al que me estoy refiriendo. De paso, esa feliz ocurrencia permite obviar el trabajo de seducción y los casamientos tradiciones y es muy útil para evitar que las miradas que se dirigen a la historia de su enriquecimiento e integración a la sociedad argentina se traduzcan en operaciones judiciales que podría ser que los condujeran a que la llegada al deseado lugar se les de vuelta y deban regresar prontamente a la aldea calabresa.

Es curioso que esa manera de lograr la “llegada”, riqueza mediante, tiene una especie de halo en un país inmaduro como la Argentina. Permite distinguir entre los casi invulnerables “winners”, como si fueran marionetas de la televisión, y los desdeñados “loosers”, que vendrían a ser todos los demás, aquellos que a su manera y en sus límites y posibilidades y respetando su propios valores, han intentado hacerse de un lugar en un país no muy proclive a reconocerlos.

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