De lo nuestro con humor

El humor en los escritores argentinos de fin de siglo  XIX. He elegido  este período de la literatura argentina porque considero que en él se consolidan las bases de nuestra identidad y de nuestro lenguaje. Es una época en que el rápido proceso de ascenso y de descenso social producía cambios abruptos en la conducta y en el habla de la gente; los criollos debían entender a los inmigrantes, éstos entre sí y los padres a los hijos, porque éstos, una vez que volvían de Europa se volvían otros, afrancesados, con modales tiesos y distantes. Renegaban de los códigos de sus antecesores. Los cambios en la mentalidad que se corresponden con los cambios físicos de la ciudad, el constante arribo de barcos con inmigrantes, las fortunas súbitas hechas con el ganado hacen que la gente tenga que ubicarse en ese medio nuevo. De ahí que abunden las asociaciones para todo tipo de pertenencia, ya sea a un club político, a una comparsa para carnaval, y la necesidad permanente de adscribirse a determinada clase social, sea esta adscripción real o imaginaria. La necesidad de pertenecer los lleva a aparentar (el deseo de salir en los diarios, el veraneo fraguado, el mencionar gente importante con la que se está vinculado). 

En 1886 había cuatro diarios italianos, dos franceses, dos españoles y uno alemán. En el interesante “Buenos Aires desde 70 años atrás” de José Wilde,  se muestra cómo ha cambiado todo. Cambiaron los mendigos, que iban a caballo por el cuentero del tío, los cocheros que eran criollos, son italianos o extranjeros y afeitados y con patillas a la moda de París. El palacio de Congreso era una carnicería, las pulperías se mudan a los arrabales, aparecen las barberías, la bicicleta. A partir del 80 hay luz eléctrica. Los  frigoríficos suplantan a los saladeros y se exporta mucho más. El arreglo de la casa y de las personas cambia: de la austeridad  en que usaban el gato para calentarse los pies, pasan a arreglar los cuartos como si fueran bazares y los cuerpos son objetos de exhibición en Palermo o en el Colón. Esta proteica sociedad da mucha tela para cortar a Fray Mocho y a Eduardo Wilde, dos de los escritores a tratar. El otro escritor es Mansilla  y los tres tienen rasgos comunes: Los tres escriben con chispa, utilizan el castellano de modo casi actual. Mansilla es famoso en su tiempo por escribir como habla, Fray Mocho tiene prácticamente un oído absoluto para registrar el habla callejera. Mansilla dice: “La mayor parte de los escritores argentinos  aspiran a escribir no como yo o como Fray Mocho, sino como Larra o Cervantes”. En los tres hay una total seguridad de que cada uno tiene el derecho de escribir y pensar como quiere, sin modelos. Wilde dice del discurso de Sarmiento que es acusado de tropicalismo y excesos: “En cada párrafo tiene una idea y en cuanto al estilo, es como una joven audaz que desprecia la moda y es capaz, llegado el caso, de salir en cuerpo a la calle”. De Fray Mocho dice Gálvez: “Realizó la paradoja de ser un gran escritor que escribía mal”. Pero hay diferencias entre ellos propias de sus respectivos temperamentos: Mansilla es vehemente, digresivo y charlatán. Llevado por su vanidad puede hablar hasta de que no sabe; se perdona alegremente sus divagaciones. Wilde es sintético, punzante y zumbón. Y lo mejor de Fray Mocho está en sus diálogos, en la pintura de personajes urbanos o casi. Si bien son contemporáneos, no son coetáneos. Mansilla nace en 1831.Wilde en 1844 y Fray Mocho en 1858. Si bien Mansilla y Wilde pertenecen  a las misma clase social, las aspiraciones constantes del primero para ocupar cargos políticos se ven obstruídas por ser sobrino de Rosas (estamos en pleno liberalismo) y por su propia excentricidad. 

Fray Mocho venía de Gualeguaychú y salvo un paso por la policía como oficial de investigaciones, se dedicó siempre al periodismo y a la literatura. ¿Qué relación existía entre los tres? Wilde y Mansilla decían: “El malogrado Fray Mocho” (muere joven). Y Wilde dice de Mansilla: “El que inventó los ranqueles”. Comencemos por Wilde. Médico, ministro de Instrucción pública, la que defendió en el gran debate del Congreso Pedagógico. Tiene relatos de infancia, de viajes, y crónicas en las que registra costumbres porteñas: el viaje a Europa, la carta de recomendación como pasaporte para conseguir empleo, el absurdo de los duelos. El ingenio de Wilde aparece en su capacidad de contrastar elementos disímiles: en su crónica “Vida Moderna” dice: “Me encuentro solo con mi cocinera, una señora cuadrada de este pueblo muy entendida en política y en pasteles criollos”. Otro ejemplo: “Una señora de 90 años a hora temprana me contaba con esa impertinencia con que cuentan los viejos la historia de un catarro crónico, con detalles biográficos que ligaban íntimamente su bronquitis con la guerra de la independencia”.Y en el cuento “El coronel Estompa” había un viejo que había sido comandante, erudito y hombre de consejo que tanto describía una batalla de Julio César como componía un acróstico con el nombre de la hija del juez de paz. Y hablando de los duelos de las cofradías de estudiantes alemanes: “Un individuo sin tajo es un ser casi despreciable y en relación a las mujeres el más estropeado es para ellas el más valiente”. En la extensa polémica con Pedro Goyena cuyo título es “Tiempo perdido” se revela su veta chispeante y provocadora. Goyena endiosa a la poesía y a los grandes autores españoles; cita testimonios de éstos. Wilde contesta “No me pongas nombres como Napoleón, Espronceda, tengo el derecho de pensar como se me da la gana”.Y para picarlo, Wilde niega el valor de la poesía y dice: “Un buey que ara es superior a un poema” y añade, para divertirse: “La utilidad de la poesía es semejante a la de las pulgas, mosquitos y demás sabandijas”. Y “Los poetas son malos maridos, están obligados a ser infieles para escribir, sería ridículo ensalzar a la propia señora”. Indignado Goyena contesta entre otras cosas: “Un ranquel transportado de la pampa para contemplar las bellezas del arte las miraría con desdén”. Wilde le dice: “Yo pasaría muy bien la vida en los toldos sin haber visto los cuadros de Rafael”. Cuanto más escandalizado Goyena, más se divierte Wilde. Cita a su amigo Guido Spano, que dice: “Cuando me oigo llamar poeta me da vergüenza”. 

Del mismo modo que desacraliza los roles, observa cáusticamente ciertas costumbres: los viajes y la manía de acumular objetos en los cuartos. En su excelente crónica “Vida Moderna” el protagonista huye de su casa a Río Cuarto; en su casa no podía dar un paso sin romperse la crisma contra algún objeto de arte. Dice: “La sala parecía un bazar, la luz no entraba a causa de las cortinas  y el aire no circulaba por culpa de los biombos, las estatuas y la grandísima madre que las dio a luz”. Todos los días había disgustos con los sirvientes, venía la mucama y:

–Señor, Francisco le ha roto un dedo a Fidias. 

–¿Y cómo ha hecho eso?

–Si ese Fidias es muy malo de sacudir. 

Wilde mira con gran distancia lo que lo rodea. No sólo le asombra la profusión de objetos sino su destino. Escribe: “Las lanzas de nuestros valientes coraceros provistas de un plumero han servido en los arrabales para limpiar telas de araña. He visto en la Concepción a un mendigo pedir limosna con un sombrero de brigadier; los cañones de la patria sirven de postes  y hay sables que se usan como asadores”. En relación a los viajes (a los que se supone placenteros) cuenta la historia de un mareo en barco “La lengua es un trapo pastoso impropio para la articulación. Si alguno viniera y recogiendo a uno con una pala lo echara al mar, haría una obra buena según el juicio imparcial del mareado”. Añade: “Las almohadas son duras como jueces”. Y “Los animales en sus jaulas lanzaban gritos afligentes anunciando el fin de sus vidas”. 

En el relato “Don Polidoro” cuenta la historia del susodicho, diputado en Buenos Aires, provisto de su tarjeta donde figura su rango. Busca en París el mejor hotel para  gastarse pronto el dinero que lleva. Para su humillación en el hotel lo llaman “El número 100”. Añade: “Don Polidoro simuló el encanto inexplicable que le había producido el examen de de doscientos sarcófagos egipcios”. Y como no entiende el menú cree que toma sopa de terciopelo y que come perdices de medio luto. Recorre  sacando la lengua  todos los museos habidos y por haber –porque es lo que supone debe hacer– pero en realidad está siempre pensando en la calle del Buen Orden, de Buenos Aires. O sea. Don Polidoro viajó para sufrir. Pero no sólo toma distancia  de las costumbres y de su entorno; también de las creencias. Dice: “El hombre en virtud de su orgullo, se ha inventado, únicamente para sí mismo, una inmortalidad, negándosela, quién sabe por qué, a las focas, a los zorros y a los perros perdigueros”. Al preguntársele por qué escribe, respondió: “Yo no me propongo llenar ninguna necesidad sentida, ni destruir errores, ni sacar cosa alguna del olvido. El motivo es mi manía del orden, que me impide tener papeles sueltos en la casa”. 

Éste es el hombre que fue ministro de Justicia, del Interior, que bregó por la enseñanza laica y el matrimonio civil, que trabajó en el mejoramiento de las instalaciones sanitarias de la ciudad y que colaboró activamente en las epidemias de cólera y de fiebre amarilla.

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