Liliput

Él es enano y yo lo miro. Ni se da cuenta que lo miro -al menos eso creo-, trato de ser disimulada. De todas formas, debe estar acostumbrado a que lo miren y no lo dejen de mirar. Porque los humanos somos como las gaviotas bajamos-picoteamos-subimos-nos olvidamos- y aterrizamos en otro lugar. Miramos-picoteamos pensamientos con relación a lo que vimos- subimos-cambiamos, nos vamos para otro pensamiento, a veces olvidamos- y después aterrizamos en otro lugar.

A mí no me pasa eso con él, por ahora. Yo lo miro y sigo pensando, imaginando, sacando conclusiones, que seguramente sean falsas. Pero ya se me va a pasar. Seguro. Cuando me acostumbre a lo diferente, a verlo en un mundo de adultos (iba a decir), pero me equivoco porque él también es adulto. A un mundo de grandes ¿debería decir? No, tampoco. A un mundo de iguales. No sé. Decía: ya me voy a acostumbrar, o tal vez me haga su amiga empezando a ver su altura como algo natural. Aunque me equivoco, porque su altura es natural. No escapa a la naturaleza de nuestro ser, humano. Es un lío para uno. Imagino lo que será para él. Manejarse en un mundo de adultos siendo adulto pero teniendo la altura de un niño. Pero la altura de un niño que no tiene la asistencia de un adulto al lado para facilitarle el mundo. Cómo hace para ir al baño, para hacer un trámite extendiendo un papel por debajo del nivel del mostrador donde un funcionario, cualquiera, intenta inclinarse para ver de dónde sale ese papel volador. Cómo hace para comprarse ropa. Cómo hace para vivir en un mundo que le es ajeno.

Cómo hace para amar, tener sexo, cocinar. Cómo hace, de nuevo, para vivir.

Y de pronto esta vida nuestra, que nos resulta tan natural, tan cotidianamente conocida, para otro con 40, 50 o 60 centímetros menos, deja de ser natural para convertirse en complicada. Cotidianamente  complicada.

Sin embargo él es enano, nada más que enano. Y es solo una cuestión de altura. Pero altura física. Porque la otra, la imaginaria, no puede medirse en centímetros. Uno ni siquiera se lo pregunta, digo, si tiene de la otra, En este caso, ni siquiera hay un espacio para la pregunta. Resumiendo, se podría decir que el mundo de las formas se lleva puesto al mundo del contenido.

Él es enano y me pregunto, así siendo medio bizarra, si me podría enamorar de él. Si no me daría vergüenza entrar a un restaurant para cenar a la luz de las velas. Si no me costaría mucho aceptar cubrirlo con mi cuerpo en la cama, siendo casi una tercera parte más grande que él. Claro está que yo lo vería como un enano, pero él podría verme a mí como a una gigantona torpe y muy poco grácil. Porque aunque el mundo sea un mundo de gigantones, para él, en ese lugar que se llama cama no hay nada dicho, normal, convencional o estipulado. Lo que es pequeño puede ser grande y lo que es grande puede tornarse diminuto. Todo depende de la cabeza, o tal vez no, depende de esa cosa que llaman corazón. Hasta en la filosofía se dijo que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Como si el corazón, ese cosa que late y bombea sangre para que podamos existir, tuviera existencia propia como para producir emociones.

Será otra parte de la razón la que ama. O quizás la que desea. Otra parte más arcaica, más salvaje, más rebelde o anárquica. Pero no puede ser el corazón.

Y después de todo, cómo puede ser el corazón de un enano. Más chico seguramente. Y si es más chico será que se enamora menos. O lo que es peor decir: sufre menos. No. Eso es una pavada. Otra cuestión que no tiene nada que ver con el tamaño.

Él es enano y yo lo miro. Y maldigo la hora en que empezó a ser mi vecino, porque a partir de ahí me siento enorme, gorda, deformada. Siento que sobro en este mundo que está hecho para gente que no es como yo.

[email protected]

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ