La sensibilidad en el sobaco

Dicen que lo vieron, en las playas cisplatinas, haciendo gala de cultura sobacal con uno de los libros que ella había escrito bajo el brazo. O tal vez fue en los bordes de otro mar, pero el hecho es que el mandatario –aseguran los que lo cuentan– distendió su ansiedad en una reposera acolchada, a la sombra de una techumbre de juncos, y se puso a leer con el regocijo de quien disfruta el goce erótico de una lectura que lo place.

Ella, la que lo escribió, se llamaba Alisa Zinóvievna Rosenbaum. Había nacido en San Petersburgo en febrero de 1905, apenas un mes después de aquel domingo sangriento, cuando la guardia del zar despachurró a un número nunca consensuado de manifestantes, obreros y campesinos, que avanzaban hacia el Palacio de Invierno para pedir lo que ya, a esta altura de la historia de la Humanidad, no es necesario aclarar a los lectores. Alisa Zinóvievna era hija de un próspero farmacéutico judío nada ortodoxo ni tradicionalista y vivió una vida acomodada durante los años en que, fracasados los levantamientos de 1905, la autocracia rusa daba marchas y contramarchas para gambetear la necesidad, si no de una constitución, al menos del funcionamiento coherente de una asamblea legislativa que acotara el absolutismo imperial. Alisa Zinóvievna habrá visto a los soldados harapientos y llenos de hambre que regresaban de las trincheras de la Gran Guerra y cuando estaba cumpliendo doce años observó azorada cómo empezaba a tambalear la soberbia de los zares Románov. Fue en el tiempo en que la revolución bolchevique le expropió los bienes a su familia, que se le atragantó para siempre cualquier forma de enunciación del colectivismo y, mientras Lenín ponía en ejecución la nueva y pragmática política económica, ella ingresó a la Universidad para estudiar filosofía y empezó a acariciar el sueño –o tomó la determinación– de establecer su vida futura en los Estados Unidos. Quería vivir en el país donde se podía ser sinceramente libre, disfrutando la sociedad ideal del puro y auténtico capitalismo. Un día, con el pretexto de visitar a unos parientes en Chicago, consiguió un visado especial y se fue de Rusia, decidida a nunca regresar.

Su nueva vida empezó en Hollywood, escribiendo guiones de cine que firmó con su nuevo nombre, muy angloamericano y ultraliberal, Ayn Rand. Le llevó tiempo consagrarse como novelista y arrejuntar todo lo aprendido en la Universidad de San Petersburgo para dar forma a su obsesión por la libertad individual en una especie de esquema filosófico que quiso llamar objetivismo.

El objetivismo describe la razón como la esencia de la entidad humana y el motor que ella usará en la búsqueda de la felicidad, propósito fundamental de la existencia. Ayn Rand propone un ejemplo muy claro para describir cómo se conjugan razón, moral y felicidad. Si alguien muy querido para ti como un hermano, una esposa o un hijo se están ahogando en el río, es razonable y moral que corras el peligro de arrojarte al agua para salvarlos porque hace a tu felicidad que ellos se conserven vivos. Pero sería un acto contrario a la razón que te pusieras en riesgo para rescatar a un desconocido porque, obviamente, la vida o no vida de un extraño no aporta nada de nada a tu felicidad. Así lo dice. Que tú eres tu propio objetivo, no el medio para los fines de otros. La búsqueda de tu propio interés racional y de tu propia felicidad es el más alto propósito moral de tu vida, objetivamente. Ni se te ocurra hacer algún sacrificio por el prójimo ni que ningún otro lo haga por ti. 

En este camino de exégesis muy simplificada de una escuela filosófica, se distinguen los derechos individuales –que postula la economía clásica– a la vida, a la libertad y a la privacidad inviolable de la propiedad, solo garantidos por el único sistema moral, el capitalismo del puro laissez-faire, donde la única intervención del Estado está estrictamente limitada a impedir o castigar la violencia que unos seres humanos puedan ejercer sobre otros, en su función de justicia, de policía o de defensa ante agresiones extranjeras. Ni siquiera el consentimiento de Adam Smith a que los gobiernos se obliguen a desbaratar monopolios es permitido por la intolerancia individualista de Ayn Rand. A ello se opone la irracionalidad de los derechos de pacotilla –así los llama– que propone el altruismo colectivista: derecho a un trabajo bien remunerado, a una vivienda decente, a atención médica adecuada, a protección ante la indefensión de la vejez, de la enfermedad o del desempleo, a una buena educación, tal vez a la asignación universal por hijo, a la pensión por invalidez. Una tal dilapidación de derechos implica que un sector de la sociedad se beneficia del producto del trabajo de otros a los que está privando de sus ganancias propias e individuales como si les exigiera que se arrojaran al río para salvarlo. Son saqueadores parásitos –dice– incapaces de sobrevivir, que destruyen a quienes producen, a los que sí son capaces y creativos. Más aún, para el objetivismo, esa sensibilidad colectiva rayana en altruismo es un vicio que degrada la estima que el individuo debe tener hacía sí mismo.

De todos los libros publicados por Ayn Rand, tal vez la novela que en castellano se llamó La rebelión de Atlas –Atlas como el empresario, verdadero y único sostén y motor del anarco capitalismo– y su colección de ensayos La virtud del egoísmo, sean los que reflejen más cabalmente su pensamiento. Dicen que el mandatario, después de leerlos con el placer de sentirse interpretado en lo más profundo de su pensar, en esa escena imaginaria a la sombra de un enramado de juncos, los recomendó efusivamente, en alguna alocución pública, y muchos libreros confiesan haber revisado sus bodegas para desempolvar viejos ejemplares que les habían quedado en los estantes, desde los tiempos de gloria de Milton Friedman o del Tea Party, ante la demanda colosal que suscitó. 

Acariciar la fantasía de que una dirigencia inspirada en los devaneos político filosóficos de Alisa Zinóvievna pueda sentir un cosquilleo de sensibilidad ante el malestar social es como irrumpir en el oratorio del olmo para exigirle el milagro de las peras. No está en la esencia del olmo. Es como que entre la virtud del egoísmo y la idea de que la Patria es el otro no hay una grieta, hay una vuelta del revés de la esencia humana. 

Y aun así, el ultraindividualismo anarcolibertario de Ayn Rand se vuelve ingenuo ante ciertos centelleos alarmantes que reaparecen entre las brasas de la historia –y que ya se advierten más acá del horizonte– avivados por los soplidos de los buenos muchachos que asaltan el poder para engullir al prójimo hasta más allá del hartazgo.

* Escritora y periodista.

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