NUEVAS MIRADAS / ENTREVISTA A FLORENCIA PAVONI, ESPECIALISTA EN CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN (UBA)
“Hoy es muy difícil pensar la afectividad por fuera del consumo”
Con el ojo puesto en el impacto que generan la tecnología y el mercado en los vínculos afectivos, Florencia Pavoni, especialista de la Universidad de Buenos Aires, dialogó con Universidad sobre las sociedades de consumo, las aplicaciones que propician encuentros y el rol de la educación superior para comprender las interacciones de hoy.

A partir de la lógica de las aplicaciones Tinder y Happn, Florencia Pavoni estudia cómo se producen los nuevos modos de relacionarse que, al mismo tiempo, reproducen viejas prácticas vinculadas al consumo romántico. 

En diálogo con Universidad, la joven licenciada profundizó acerca de su investigación - “Tecnificación y afectividad. El ideal romántico en las publicidades de Tinder y Happn. Representaciones sobre la búsqueda de un otro en el mercado del deseo” (UBA, 2017)- la importancia de la investigación académica en general y el rol de la universidad a la hora de comprender, en toda su dimensión, el campo de lo afectivo. Dada la influencia de las nuevas tecnologías Pavoni se pregunta “¿cómo determina la lógica de mercado nuestras relaciones más íntimas?”.

En tu tesis proponés reflexionar acerca de cómo el campo de los afectos ha sido progresivamente colonizado por una lógica de eficiencia y de mercado. ¿Considerás que queda algún espacio por fuera de la sociedad de consumo para relacionarnos?

Creo que hoy es muy difícil pensar la afectividad por fuera del consumo porque es una parte constitutiva de nuestros rituales románticos. Pensar que lo que experimentamos como amor puede escapar al sistema de mercado es insistir en un romanticismo esencialista: el mito de que el amor trasciende todo. La lógica de consumo genera rutinas y burocracias con las que hay que cumplir para likear, ser likeado y, sobre todo, ser likeable. Por eso, las love apps son en sí mismas un “consumo humano”. Todos nos disponemos voluntariamente en una góndola y publicitamos nuestra personalidad (y nuestro cuerpo). Estas redes son la vidriera del mercado del deseo, un campo donde configuramos nuestras relaciones por métodos cada vez más tecnológicos, hiper-cognitivos y con una racionalidad que tiene al ranking y al casting como hábitos diarios. Más allá de preguntarnos si queda un espacio “por fuera” de la sociedad de consumo para vincularnos, deberíamos cuestionarnos si -en caso de existir- desearíamos habitarlo.

Suele decirse que las nuevas tecnologías han multiplicado las posibilidades de relacionarnos, sin embargo, ¿dónde queda la dimensión afectiva?, ¿qué rol juegan las aplicaciones como Tinder o Happn?

En apariencia nos ofrecen garantías de encuentro y enamoramiento con la promesa de tener bajo control nuestra experiencia afectiva, nos vinculan con personas que de no ser por ellas no podríamos conocer. El azar (como cliché del amor romántico) es una variable que el usuario ahora domina gracias a los algoritmos que, además, nos permiten prescindir de la presencia física y “optimizar” nuestro tiempo: uno puede conseguir una cita desde el baño de la oficina. Tinder, Happn, Grindr, Bumble, etc. aparecen ante la necesidad de los usuarios por generar encuentros sin poner en jaque su subjetividad y su autoestima. La búsqueda de un otro admite cada vez menos el rechazo y demanda más plataformas que minimicen los riesgos del dolor ante el desencuentro y a la vez potencien el narcisismo. No por nada estas aplicaciones nos muestran la cantidad de likes y matches que conseguimos diariamente para que evaluemos nuestra performance.

 Más allá de los cambios en los consumos culturales, en tu investigación planteas, para definir la tendencia a concebir la vida de a dos, que los nuevos medios continúan estructurándose desde un “determinismo afectivo”. Pero, al mismo tiempo, muchas veces padecemos realidades de nuestras comunidades donde el amor y el afecto parecieran estar ausentes. ¿Por qué considerás que ocurre esto? 

Percibir que hay una ausencia de amor es hacer caso a este determinismo que nos pone contrarreloj. Lo que se está transformando con la tecnología son las formas en las que construimos y destruimos nuestros vínculos. Ansiamos con melancolía la estabilidad que -en apariencia- nos daba el matrimonio de antaño, pero reclamamos medios rápidos de hacer y deshacer nuestras conexiones. Contrario a lo que postulan muchos, creo que las aplicaciones como Tinder buscan resolver una necesidad romántica más que proveer sexo casual, porque la preocupación más importante de los sujetos es la soledad. La creciente cantidad de personas viviendo solas, la alta tasa de divorcios y lo innegable que es aún la presencia de un otro en nuestra vida justifican, en parte, la existencia de estas aplicaciones. A su vez, dinamizan el encuentro y plantean sus propios reveses: el ghosting, la clavada de visto y otros modos de indiferencia virtual también son prácticas que renuevan el desamor. No hay nada más fácil hoy que no contestar un mensaje.

¿Qué aporte considerás que puede hacer la universidad para brindar herramientas que permitan comprender mejor estos procesos comunicacionales, tanto como crítica como para promover modelos de afectividad?

La Facultad de Ciencias Sociales es un ámbito propicio para generar este espacio porque allana el camino para desnaturalizar sentidos instituidos. El análisis del campo de los afectos hoy es exprimido por disciplinas como el coaching o la autoayuda, que en lugar de cuestionar nuestros vínculos nos aconsejan cómo volvernos más eficientes. En cuanto a postular modelos afectivos, creo que los comunicólogos tenemos la responsabilidad de incluso criticar la visibilidad que algunos medios le dan selectiva y estratégicamente a las modalidades “alternativas”. Hoy el poliamor está en la agenda por las declaraciones de personalidades mediáticas, no porque exista un verdadero interés en diversificar nuestra sexoafectividad. 

¿Qué opinás cuando escuchás que se pone en tela de juicio la pertinencia de los estudios en comunicación en tanto ciencia social? ¿Creés que la carrera y la facultad puede hacer un mayor aporte para mejorar la calidad de vida de las personas? En tu caso particular, ¿”una mirada distinta sobre cómo nos vinculamos desde lo afectivo” podría ser un ejemplo?

La carrera de Ciencias de la Comunicación me parece imprescindible en una sociedad a la que le cuesta cada vez más desnaturalizar lugares comunes. Su mayor aporte es generar en sus estudiantes un sentido crítico y una rutina de cuestionamiento. La investigación en comunicación es importante en tiempos donde la información y los datos encierran un poder descomunal. No estoy segura si la carrera o la facultad puedan ayudarnos a tener una mejor calidad de vida afectiva. Con o sin Tinder, todos estamos expuestos a los vaivenes del amor. Lo que sí pueden hacer es ayudarnos a ser conscientes de los factores que lo construyen.

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