Wilde y Lorca, en la búsqueda

Oscar Wilde se pierde en la esquina, cruza a la otra vereda y relojea el cine. Si es como le dijo el mucamo del hotel, que apenas si le dio tiempo a abrir las maletas, allí está la felicidad. Se arregla el mechón de pelo detrás de la oreja y avanza resuelto. Entra al jol y nadie lo reconoce. Paga y allá va. La película porno no lo parece pero seguramente porque es de las antiguas, largas y con argumentos. Olfatea el lugar, y le huele bien. La platea apenas si se ve, sólo cuando los interiores de la pantalla rebotan reflejos. Sí, por allá puede ser, piensa. Y se anima a unas butacas de respetuosa cercanía. Pero nada. El otro se va al tiempo que ingresa un cuerpito enclenque, en continuado como las generaciones en la vida. Y se decide, Wilde, a una butaca de-casi-ya-cerquita-pero-hasta- ahí, por si las dudas. El recién llegado es un alfeñique apenas, un peor es nada. Poco que ver con él, don Oscar, que urgente más que rápido debe aceptar alguna dieta mágica porque si no las pilchas reventarán. Optimista, el poeta percibe posibilidad de arreglo… Acercan butacas… ¿Será que Dios se acuerda de los desheredados...? Oh, sí, bienaventurados los santos y todos los que carezcan de la santa piedad del Señor… Se sueltan los papeles y las palabras evaden su función. Chamuyan. Bien. Bajito. Y exquisitos, luego del conocimiento básico, deciden salir para un futuro mejor e inmediato, aún ya con los ardores saciados. En la vereda es el gordo el primero en mirar con asombro al muchachito; pero antes de que diga algo, es el otro el exaltado: –¡Albricias, sos Oscar Wilde, mi maestro querido! A Wilde se le descuelga la quijada: –Y vos sos Lorquita sin la ere… ¡Querido García Lorca del carajo! ¡Gran discípulo! Es una maravilla encontrarnos gracias a Dios, que mueve los hilos con sabiduría ejemplar. ¿Qué hacés en esta tierra de locos? –Rajando de Franco para que no me cojan y me fusilen como dicen que harán. Me hice revolucionario, pero tío, ahora todo es ¡una gilipollada!… Así que vine a poner La Malparida en un teatro de Avenida de Mayo y voy tirando más o menos bien… ¿Y vos?... –¿No era La Malquerida? –Sí, claro, pero en estos tiempos quien no se aggiorna, perece… Le agregué unas escenas bien polentas y sí, vamos tirando… ¿Y vos?... –Y…, ya conocés mi historia, un quilombo tras otro, y encima toda Inglaterra tirando mierda contra los inmigrantes. Mirá, estuve de pareja con un anarquista-loco que me obligaba a escribir en las calles: “¡Paquistaníes, iraníes, árabes de todo pelaje, go home!”... Y una noche mientras le daba al aerosol apareció una bandita de estos ratonzuelos y ni te cuento, me cagaron a palos, como dicen aquí. –¡Te cojieron feo! –¡Ojalá!, pero ni eso, simplemente me mandaron al hospital por una semana… –¿Y anarquista-loco? ¿Por qué no escribía en las paredes?... –Era analfabeto y manco, pero, como, en fin, lo que debía hacer, lo hacía rebien, ¿por qué no darle una mano a quien la carece?… ¿Y si bebemos un té en tu hotel?... Porque en el mío no te puedo invitar debido a que me hice amigo de un mucamo muy celoso… Me pidió un libro apenas entramos a la habitación y tardé una hora en terminar…, de firmarle mi autógrafo… –Debería ser tarde, porque mi cuarto en el Hotel Castelar lo usan como recinto histórico y hay tours con gente que hace cola para afanarse la lapicera-cucharita con la que, según un cartelito que pusieron, escribí mis mejores obras. Pero eso está bien porque a la única fábrica de hipodérmicas que había en el país la reventaron permitiendo la importación, y ahora se salvan produciendo estas lapiceras. También las venden con frasquito de tinta en un lindo estuche para regalo. Y me dan unos mangos extra… Desolado, Wilde, ve que el bello encuentro deberá recalar en un bar cualunquen y se lo dice al andaluz-profesional, como lo llamaba Borges. Pero Lorca lo reconforta ubicándolo en la realidad: –¡Pero no, che!... Por eso hemos hecho la revolución. Ahora no es como antes, todo escondido y en clandestinidad, no, ahora podemos ir a cualquier hotel, no sólo tenemos derechos sino además organismos que nos defienden, tenemos la prensa a favor, la televisión a favor, el gobierno a favor, fijate que no hace mucho cuando se hizo un concurso para ver quién era la “mujer del año”, salió elegido un travesti, y ni una mujer dijo esta boca es mía, todas se la tragaron doblada. Hoy somos poder. Cuando empezó la liberación, las calles estaban llenas de gays, pero hoy ya no hace falta el levante callejero porque hay millones de sitios donde ir. Somos poder. Somos el orgullo gay, ¡es como tener título nobiliario!... –Ay, madre de Dios… ¿O sea que ya no somos putos, ahora somos alegres?, mirá a lo que se llega… Lo que es el avance de la humanidad, quién lo hubiera dicho… –No te entiendo… En lugar de ponerte contento, te… ¿Estás triste?... –Y… No es como antes... Hay que darse cuenta que antes era una aventura, un atrevimiento de transgresores… Uno se sentía distinto… ¡Era distinto!... Diferente… Y eso nos hacía vanidosos, ¿no?... Éramos únicos, en cambio hoy, me parece, somos comparsa ¿o no?... –Bueno... Vos ves la cosa desde la melancolía… Y sí, ahora es distinto, pero por eso hemos luchado… Los gobiernos nos defienden… La Argentina deberá tener un presidente gay. –¿Deberá tener?... No sé, yo nunca mostré la escupidera ni quise luchar ni imponerme…  Aunque, por eso fui a parar a la cárcel… –Querido maestro, debés entender que al tener poder perdimos el miedo y la vergüenza de que nos miren mal y hablen a nuestras espaldas… ¡Y da gracias a Dios que estuviste preso! Allí pudiste escribir “De Profundis” y “la Balada de la Cárcel de Reading”, qué dos golazos, maestro… –Ay, Lorquita, me parece que estás patinando mal… Yo nunca tuve vergüenza, ni pretendí custodia moral de nadie y cuando me pregunto bajo qué tipo de gobierno yo, como artista viviría mejor, sólo tengo una respuesta: en ninguno… –Pero no podés negar los beneficios: podemos casarnos, escribir con libertad y sin… –Mi libertad siempre fui yo mismo, cuando dependo del permiso o de la autorización de algo o alguien, es cuando empiezo a perder mi dignidad… Mirá, escribí cuando desconocía la vida; ahora que la conozco y entiendo su significado, ya no necesito escribir. La vida no puede escribirse, sólo puede vivirse… ¿Qué te parece aquél bar de donde vuelan melodías tangueras?... –Estupendo. Vayamos. Luego te llevaré a un nuevo “Tronío” acabado de abrir, es medio clandestino y poco recomendable, como los de antes, ja… Iremos de culo, ¡joder!... –¡Vale, Lorquita!... Pensemos qué significa hoy ser “revolucionario”… Si ahora estamos con el poder, ello indica cambio de posiciones, quizás hoy ser revolucionario sea otra cosa, ¿no?… Por eso aquél que vive más de una vida y más de una muerte, también debe morir… –Entremos. –¡Y exigiré que a la malparida la represente un travesti!, como siempre lo soñé...

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