La baba del diablo

Encendió la televisión. Una peluquería con la vidriera rota. Rastrojos, migas de pan. Mendrugos con pegamento y capullos en macetas en la ventanilla de un auto. Las armas de fuego se vendían estampando una firma, y eran tan masivas como los algodones de los árboles. En la esquina una mujer hablaba de Dios, de la muerte. Un niño empujaba la solapa de un saco. Su madre la miraba, esa mujer, los autos, la bocalle, pasaban sin parar. La gente murmuraba. Su abuela lo esperaba. Al mediodía salía a hacer las compras y demoraba. Él aprovechaba para salir a caminar. Si pensase en su edad, quizá no le hubiese preguntado cuánto costaba caerse, levantarse, dar otro paso, volver atrás, seguir, aletargar. Cruzando la cebra don Gervasio limpiaba el hall, los vidrios de la puerta, ácaros, polillas de la noche anterior cuando sacaba la silla y veía las horas muertas, los segundos que pasaban como caries subiendo los escalones de un control remoto que encendía después de la cena. Miraba, miraban. Escuchaban. A la mañana, después de la siesta, leían, a media tarde un cojín crujiendo en la hornalla de la cocina, los renglones, una hilera de uniformes, las escalinatas del parque del cementerio. Ahí, muchos años, tantos que cuando le preguntaba su abuela repetía una fecha diferente. Una escultura. El valle. El cemento y el hierro y una huella asequible en las hemerotecas, en las bibliotecas, en los libros de historia, en la memoria de sus bisabuelos. En las imágenes que la pantalla mostraba fundiendo el presente en un espejo negro. Un pozo sin sombra, sin la capa de arrebatos domésticos, sin la sordera del fondo. Habían dejado pasar lo que habían podido soportar. ¿Por qué? Se lo preguntaba. Se preguntaba si no era mejor preguntarse para qué. Para qué habían desaparecido, cuál era el mecanismo que juntaba las piezas, las preguntas y respuestas, lo que quedaba fuera de cuadro, sobraba, resbalaba, abría la punta de la lengua antes de pronunciar cualquier palabra. Callar. Estropear con silencio lo advenedizo. Lo efímero. La muerte en cadena. Miraba el horizonte de edificios, casas viejas, techos. Miraba y no podía entender cómo hacían para no ver siempre lo mismo: una torre que cambiaba con las luces de la noche, el diario del día, con el desayuno en un bar descolorido, hueco, lleno de escombros y láminas de pasajes que nunca oía. En ese cuaderno, las hojas que intentaban nombrar con otros nombres la historia de una familia que subía a la montaña, buscaba aire fresco, aguas de un lago caliente, sales y minerales. En el espacio público-público el profesor mostraba los ademanes, la lengua viva, dormida, languideciendo al mismo tiempo que se sorprendía y anotaba lo que preguntaría en otra clase, ya cuando el profesor hubiese comprobado las lecturas de ese día, de esa semana que volvía a comenzar para no dar por hecho lo que atemorizaba, sacaba el cuero de una piel blanca, como la grasa blanca alejando lo que dolía. Su abuela también era ama de casa. Siempre lo había sido, pero nunca había sido algo molesto, indeseable, ridículo. Llegó a la hora del almuerzo y habló.

-Abuela, ¿mamá siempre fue así?

Pedazos sueltos, fragmentos de recuerdos. Tenía doce, trece años. Buscaba, encontraba, el recreo, la clase de dibujo, los rasgos que había aprendido cuando era más chico, el cielo y los chicos que estaban parados al lado del baño. En dos metros cuadrados dos toneladas de queso, verdura fresca, jazmines del aire, hojas cuadriculadas, lencería negra, medias para el invierno, la puerta por la que veía la vereda, la calle, los toboganes, los colectivos que pasaban, el asfalto cuarteado, los yuyos perdiéndose entre una ruta y un barrio que no empezaba. Su abuela dijo que había comprado el flan que le gustaba, y él no dejaba de mirar las rayas blancas, la baba que caía de un escenario, el sonido pausado, dividido, camisas de nylon y pantalones ajustados.

-Siempre fue así. De chica, de grande, nunca podía estar quieta.

En el comedor las sillas, una cómoda, el teléfono escondido en la pared. Abrió la puerta del cuarto y vio un color aterciopelado. Los brazos apoyados en una máquina de coser. Las letras mayúsculas, minúsculas, cursivas, negritas. Un paredón y una nota que no alcanzaba a pasarlo. Bailar, mover las piernas. Lo hacía y algo cambiaba. Un color. El color de los dientes al cepillarlos. A la mañana, al mediodía, a la noche. Movía una palabra, decía otra, parecía diferente. Cuando la repetía era tarde. Llegaba y traía, como lo que pensaba, hacía y dejaba de hacer. No era el mismo. Los perros se juntaban en el terreno baldío. Uno, dos, cinco. Todos los días antes de que sacara la basura. Miraba y el más peludo se rascaba las orejas. Hacían una ronda, un círculo. Caminaban como si fuera fácil, inoportuno. Nunca daba lo mismo, siempre aquello que los distinguía, los hacía visibles, destapando o rompiendo, abriendo o cerrando la hora en que ya no los veía.

-Y cuando era más chico mamá lo decía.

No había que tener miedo. Un castillo de naipes y una escalera. La casa estaba cerca. Tenía paredes anchas. Cal reseca. Un jardín. 

-Tu mamá quería lo mejor. Te miraba y pensaba que no había por qué no. Mirá mis hermanos. Tantos que nos hacían reír. Me preguntaba por el tío Pepón. El más chico. Y pensar que no volvió.

La tarde. El día que pasó. En la otra cuadra había un semáforo. Una manta de arpillera cubriendo revistas, fotos en blanco y negro, retratos a mano. Cruzó la calle y una mujer gritó. Algo. Como sumar dos más dos. La vereda, el cordón, decían no. Era mudo, no llegaban a decir adiós. En las mesas estaban parados, esperaban, tenían que pedir perdón. La distancia que veían caer. Dejaban caer, la volvían a agarrar para no tener que escuchar su voz. Robar, matar, dejar atrás lo que estaba de más. Lo que nadie quería escuchar. En la pantalla ve. Registra lo que no ve. Lo hacen para no pensar. Para no estar. Engañar, mentir, sacrificar. Un chico, un antifaz, no parecía ser de ahí. Ahí donde todos pueden ver. Donde nadie se puede esconder. Una hilera de árboles añejos chillaba, se movía, el viento la traía más acá. Para sentir el frío. El calor. Un soplo sin sudor. Levantó la voz, la bajó, la mujer miraba la pared, el color beige. Dijo algo que él no alcanzó a comprender. Se alejó hasta alcanzar la pared. Las yemas de los dedos arrancadas de la piel. Orín, mierda de palomas, los chicos de la otra cuadra, los viejos que meaban a la mañana. El sombrero de paja. La cabeza y las narices. Los ojos, las manos, el vello de las piernas. Un camino de tierra en una foto enmarcada. La vidriera que la mujer confundió con otro color. Sobrecitos de té. Cuando salía a la calle le decía que no era la primera vez. A la madrugada se despertaba. Miraba la hora. Su hermana y otro barrio. Sus hijos que la veían una vez a la semana. Tenía que poder. Él movía un pie. No lo podía controlar. Se apuraba y era inútil. No era inútil escucharla. No era lo suficientemente cotidiano. Perdía valor. Se volvía algo íntimo que podía olvidar. Como los autos estacionados en doble fila. Molestaban, pero nadie podía hacer nada. Un balde de agua. Los chicos tiraban globitos. El club abierto. Barriletes de parejas primerizas, hijos nacidos, acuñados. La torpeza de lo admisible. Era tonto, esa mujer era tonta, trataba de ver y se olvidaba.

-¿Por qué no volvió el tío Pepón?

Una mañana lo había decidido. Su esposa no lo intuyó. Había tomado pastillas. Muchas. Durmió. No despertó. La cara era grácil. Se desdibujaba si la miraba. No había fotos, ni cuadernos de fotos familiares. Debían estar amarillentas, rotas, dobladas. Su abuela hablaba con facilidad. No le costaba recordar a su hermano. A él le encantaba escuchar su voz. Veía la pileta, el inodoro, el bidé. La puerta del patio que se alargaba detrás de otra pared. En esa casa había otra casa. Su hermana la había comprado en otro país. No era extraordinario. Nadie soñaba con cosas extraordinarias. Había lo que había. Lo que estaba. Inmigrantes de sol a sol. De este a oeste, De norte a sur. Tolderos. Comerciantes. Tendederos. Habitaciones esterilizadas, pisos donde podían ver. Una noche su abuela lo llamó. Estaba en la punta de la cama. Miraba la ventana entreabierta. Le habló de algo que él había dibujado. Un mosaico, un tren en la pared. Ya no recordaba. No hacía tanto calor. La hora caía por un corredor. Regresaba y apagaba la luz. La sombra de una higuera que su madre despintó. Él le dijo que era una hoja de papel. Tenía un alfiler. Agujeros que miraban sin pudor. Una ceja. Los ojos color marrón. El pelo blanco, la almohada larga, las sábanas, la mesa de luz. Se levantó y su abuela lo miró. Dijo su nombre como una semilla al atardecer. El sol rasgaba la piel. La había lacerado. Arrugas y un bandoneón contra la pared. Cerró la puerta. El timbre no lo escuchó. Ni un antes ni un después. Ni hormigas carcomiendo las rosas del jardín. Yuyos altos, pelusas en los bolsillos del jeans. Era la última vez. La primera que lo podía decir. La fugacidad se lo podía permitir. Lo hacía salir, entrar, volver a mentir. No estar ahí. Decir. Las hojas templadas. Los pliegues color carmín. Las llaves. Una mueca sin ton ni son. Después. Nunca tanto como esa vez. Hablaba como si hubiese salido el sol. La vereda y la calle que cruzó. Tenía manchas en la piel. Un ovillo de lana para los dos.  

 

   

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