Dino Saluzzi y su quinteto hacen El valle de la infancia en Caras y Caretas
“Cuando hay miedo, el arte se muere”
“El público necesita música que refleje libertad”, señala el bandoneonista, que esta noche se presenta en la sala de Sarmiento 2037 con su conocida capacidad para hacer honor a la frase. El músico acaba de regresar de una gira por Alemania, Bélgica e Irlanda.
“Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo.”“Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo.”“Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo.”“Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo.”“Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo.”
“Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo.” 
Imagen: Leandro Teysseire

“No toco con dobles intenciones”, dice Dino Saluzzi y el rostro severo parece distenderse con una mueca que podría ser de sosiego. Enérgico e impenitente, el bandoneonista empieza la charla con una declaración de principios. La respuesta a uno de sus desvelos como músico: la franqueza. Hoy Saluzzi se presenta en el Centro Cultural Caras y Caretas (Sarmiento 2037) al frente de su quinteto, una de las formas posibles de su música, que es además su familia. Junto a Félix en saxo y clarinete, José en guitarra, Matías en bajo y Jorge Savelón en percusión, Saluzzi interpretará la música de El valle de la infancia. “Lo que hacemos siempre y algunas cosas más”, anticipa el que sabe que su música nunca suena dos veces del mismo modo. 

A los 83 años, el bandoneonista nacido en Campo Santo, Salta, ha logrado con su música una de las representaciones más vigorosas de un posible sonido argentino, lejos de artificios, entre la tradición y sus dilemas, desde la irreverencia hacia la memoria. Intima, sustanciosa y cabal, la obra de Saluzzi no es un trasto del pintoresquismo o de las fugaces coincidencias del éxito. Es el anverso y su reverso de un territorio bello y profundo, un espacio original que suena entre herencias y adquisiciones, sostenido en la tenaz convicción que la libertad otorga. “Cuando subo al escenario, en ese silencio que se necesita antes de que suene la primera nota, pienso en el tiempo, pienso si mis dedos irán a la par de mis ideas. Después de la primera nota todo se transforma. Siento la confianza que me da la música y mis compañeros, que la conocen bien y la quieren tanto como yo”, describe el músico ese momento de creación. 

Saluzzi comenzó a tocar el bandoneón en su pueblo, cuando con su padre Cayetano jugaba a adivinar los acordes que este hacía sin mirar el instrumento. “Crecí en el Norte, donde la música tiene ese aire abierto, amplio, que te da mucha libertad creativa. Eso pasa también con algunos tangos y con los clásicos en general. Porque no te atan a una estructura: una vez asumida y entendida esa estructura te proporciona margen para la improvisación, para el repentismo, que es lo que le da vida a una música y la mantiene fresca”, define. 

Saluzzi asegura que en sus casi setenta años de vida musical siempre compuso. “Fue un instinto primario, quería expresar, contar, retratar. Cuando llegué a Buenos Aires estudié con maestros como Jacobo Fischer y José Martín Llorca. Esa fue una época linda de la música en esta ciudad. Había muchas cosas”, recuerda y enseguida en la charla torrencial se cuela la palabra “riesgo”. ¿Es posible una música sin riesgo? “Yo compongo pensando en cuestiones técnicas, en lo que aprendimos de nuestros maestros y lo que pudimos sumar a nuestro bagaje escuchando a grandes músicos. Pero llega un punto en el que aparece esa pregunta, que es como preguntarse ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Entonces busco por otro lado, más allá de la técnica, donde las cosas están o no están. Hay que correr el riesgo de conjugar con libertad la técnica y el torrente de conocimiento que está en el alma del pueblo”, asegura Saluzzi. “Hay que arriesgarse a buscar un interlocutor sin ser complaciente. Yo compongo, borro, reescribo, traigo de acá, llevo para allá. Pero si no se asoma el pueblo en mi música no vale nada, no se cumple el milagro que paga el riesgo. Si la música no viene de abajo, con su fuerza colectiva, el técnico será un extraño personaje. Un Tchaikovsky fuera de tiempo y lugar”. 

La charla va y viene por las pasiones de Saluzzi. Por la ventana de su estudio de Once entran los azules de la tarde de primavera, mientras desde las paredes los retratos disparan recuerdos. Su hermano Celso, Enrico Rava, Manfred Eicher, son algunos rostros que se asoman. Hay un afiche del Festival de Jazz de París en el que Saluzzi tocó la misma noche que Miles Davis. “Yo estaba calentando los dedos en el camarín y de pronto se acercó a preguntarme qué estaba tocando. ‘Un tango de De Caro’, le dije y se quedó escuchando. Después se fue sin decir nada. Lo entendió”, recuerda Saluzzi. “Qué misterio es el sonido de cada músico, ¿no? Digo en la manera en que un músico se transforma en su sonido y hace de eso su identidad. Eso no se aprende en la academia”, reflexiona. 

Un disco con solos de bandoneón que espera edición es su última obra grabada. “Lo hice para probarme y estoy muy satisfecho. Me gustan la narrativa, el sonido, la música que escribí. Porque todo remite a la simpleza. Si bien a veces tardo en convencerme, cuando compongo dejo más de la mitad de las cosas afuera, desmalezo. Eso me lo dio la experiencia. La técnica puede pasar, pero el artista debe quedar”, asegura. De vuelta de una gira que lo llevó  por Alemania, Bélgica e Irlanda, parece revitalizado en sus convicciones. “Hace mucho que me siento escuchado en Europa, pero en esta gira la reacción del público fue muy particular. Existe una imperiosa necesidad de una música más humana, más cercana a un sentir colectivo. El público necesita música que refleje libertad. Y la libertad es cosa seria. Hay mucha música hecha con miedo a la libertad, a equivocarse, a no gustar. Nadie puede aspirar a ser mejor con miedo. El arte se muere”. 

–¿Se liberó de sus miedos o de vez en cuando vuelven?

–Me empecé a sentir sin miedo cuando asumí la responsabilidad de que la música es para comunicarse con el otro. Estudié música contemporánea, escuché a nuevos compositores del mundo. Y entendí que ya no podemos comunicarnos así nomás. El público quiere la verdad. En la música que se nos ofrece como pueblo, los artificios y la banalidad se notan. Tal vez sea miedo a perder lo que se tiene en términos de éxito, que no sé bien qué es.

–¿Tiene miedo del éxito?

–No, porque estoy seguro de mi música. Entre muchas lecturas posibles, me quedo con la idea de que el público se está cansando de esas formas de éxito superficial, sobre todo porque siente que no le pertenece, que en realidad es el éxito ajeno. Hay una franja amplia que se hartó de que lo traten de pavote, con esa forma de presión del poder. Poder que actúa a través de una música impuesta, que no lo representa. Hay público que prefiere la espontaneidad, ¡que quiere ideas! Y sobre todo la posibilidad de elegir y sentirse parte de lo que eligió. 

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