Creed II, contar lo mismo sin perder el encanto
Pelea conocida pero efectiva

“El cinturón no es suficiente. Necesitás una narrativa”, le dice a Adonis Creed un sórdido promotor en el nuevo episodio de la serie Rocky. Según le dice, pelear contra el hijo del hombre que mató a su padre Apollo en el ring es su equivalente de The Rumble in the Jungle, la pelea que enfrentó a Muhammad Ali y George Foreman en Kinshasa en 1974. Lo hará uno de esos pesos pesados cuyo nombre está en boca de todos. Le dará un “legado”. Creed II no ofrece ninguna finta ni combinación de golpes en su narrativa que no se haya visto incontables veces en otras Rocky o cualquier película de boxeo. Cada giro en la trama es señalado de manera tan obvia como el golpe de un boxeador lento. Se lo ve venir. Lo mismo puede decirse del diálogo. Pero aún así es tan disfrutable y conmovedora que le gana al espectador por el mero efecto de desgaste.

Adonis enhebró seis victorias y apunta al título mundial de los pesados antes que termine la apertura. Rocky Balboa sigue en su esquina. Mientras Adonis disfruta su éxito y celebridad, e intenta convencer de casarse a su amada Bianca, una bestia se levanta en el este. El director cruza de Adonis a un nuevo y brutal contendiente ucraniano, Viktor Drago (Florian Munteanu). El padre y entrenador de Viktor, el ruso Ivan Drago (Dolph Lundgren) peleó contra Apollo y Rocky en 1985, en Rocky IV. Ivan arde de resentimiento por su derrota, que le costó su país y el “respeto” de su esposa (Brigitte Nielsen). Estados Unidos es retratado de manera brillante y soleada; Ucrania es gris y opresiva. La película presenta dos combates entre Adonis y el despiadado, monstruosamente musculoso Viktor, capturados de un modo sangriento y operístico, con una exagerada edición de sonido, primeros planos que se sienten como un golpe real al espectador y muchas tomas en cámara lenta de hombres golpeando la lona.

La actitud del film hacia el box es ambivalente. Los seres queridos mueren en el ring. Los luchadores sufren fracturas de costillas y riñones lesionados, y terminan orinando sangre. Aun así, Adonis y su antagonista aman su noble deporte. Ni siquiera Bianca y la madre de Adonis tienen la más mínima delicadeza: se las ve aclamándolo ruidosamente, aun cuando el ring es un baño de sangre. Rocky se describe a sí mismo como “un pedazo del pasado”, lo cual lo resume bastante bien. Quizá ya no sea capaz de boxear, pero aún intenta robarse las escenas en las que aparece, y exprimir de su personaje lo más posible. Hace lo necesario para que la atención vaya hacia él. En las peleas, la cámara corta a él continuamente, como si fuera tan importante como los luchadores. Como en Creed, va al cementerio para tener conversaciones con su esposa fallecida. Rocky aún domina el arte del ring: es el perfecto entrenador y hombre en la esquina. Es también un astuto juez de carácter. Solo es obstinado y corto de vista en cuestiones de su vida privada y el nieto al que nunca ve. 

Entre los combates de boxeo, la película se convierte en un melodrama familiar hecho y derecho. Tiene romance, nacimientos y viejas peleas y malentendidos familiares. Algunas de las digresiones no parecen estrictamente necesarias. ¿Realmente se necesita pasar tanto tiempo con Adonis en su campamento de entrenamiento en el desierto? Por alguna razón, Rocky pone a su pupilo a golpear la arena con un martillo con un pie dentro de un neumático, para que aprenda a pelear bien de cerca. El tramo en el desierto dura varios minutos, cuando un montaje de algunos segundos podría haber mostrado que Adonis está nuevamente en forma. El combate final es en Moscú pero se muestra poco de Adonis y Rocky en Rusia. No se ve el Kremlin ni hay audiencia con Putin. Un estadio de boxeo se ve muy similar a otro. Rocky sospecha de los jueces rusos y le advierte a su luchador que no puede confiar en ganar por puntos, pero eso es lo más lejos que llega la sospecha.

Las escenas de boxeo, especialmente la épica pelea que cierra la película, están realizadas con un tremendo nervio. El joven director Steven Caple Jr. utiliza música y una edición inteligente para avivar las emociones. En la narrativa hay un sentimiento edípico subyacente: constantemente se recuerda la culpa de Rocky por no haber tirado la toalla mientras Apollo era golpeado hasta la muerte en 1985. Es inevitable que tenga que tomar una decisión similar con Adonis, que es como un hijo adoptivo para él. Es también una apuesta segura que el cruel y aún intimidatorio Ivan Drago, que quiere que su hijo “destruya” a Adonis, revelará un lado emocional, paternal. Adonis, por su parte, tendrá que superar su resentimiento hacia el padre que nunca conoció.

Aun en su punto más torpe, la película nunca pierde su poder emocional. Recién salido de Pantera Negra, Jordan es creíble como boxeador y da pistas de sus tormentos interiores. Puede ser vicioso en el ring pero es un padre feliz y cuidadoso. El machismo está balanceado por escenas que revelan las debilidades de los tipos que posan de macho alfa. También está la sensación de que los realizadores detrás del proyecto (entre ellos el venerable productor Irwin Winkler) han realizado tantas películas de Rocky que ya saben exactamente lo que funciona y lo que no, cuándo tirar golpes y cuando echarse atrás.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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