RESCATES | Como a Lucía, a la mexicana Nadia Muciño Márquez la mataron dos veces: su femicida y la ley patriarcal. Catorce años después, su madre sigue pidiendo justicia.
Morir más de una vez

A Nadia la mató su esposo. Sus tres hijxs, Carlos, José y Fernanda, vieron cómo la mataba. Inmediatamente, y ayudado por su hermano, la volvió a matar simulando un suicidio. Morir cuando le atan cuerdas al cuello y volver a morir cuando los pactos macho-judiciales dejan libres a los femicidas. En la impunidad patriarcal las mujeres morimos tantas veces como la genealogía femicida lo precise: “A Lucía Pérez la mataron dos veces. La primera vez, los ejecutores directos; la segunda, quienes los absolvieron y así negaron que dos adultos que suministran cocaína para someter a una adolescente son responsables de abuso y femicidio”, denunció hace unos días el comunicado de Ni Una Menos. Desde hace catorce años Antonia, la mamá de Nadia, su familia y sus nietxs piden justicia en México, porque sin justicia, dice Antonia, “siento que a mi hija no la dejan de asesinar; que sigue ahí en el baño, arrodillada”. Sí, arrodillada, porque Nadia “estaba colgada pero no suspendida como los suicidas quedan: estaba hincada. Tenía raspones en los nudillos de las manos y sangre en la boca que presumían una pelea previa”. ¿Y de la tierra en sus uñas? ¿Qué dijeron? Que era su modo de vivir, que era sucia. ¿Y de los golpes? Que no tenían nada que ver con la muerte. ¿Y de los detalles con los que sus hijos mayores contaron cómo su papá y su tío –al que veían cómo acosaba a su mamá cuando su papá no estaba– la habían metido en una cisterna y matado? Que eran fantasías infantiles. No fotografiaron los muebles tirados ni el desorden, no analizaron la sangre esparcida, no reconocieron los tres objetos del ahogo (unos cordones, un cable de luz y una soga). En asqueada comodidad el perito dejó esa soga en la casa para perder luego los cordones y el cable. La escena no fue precintada y unos días después Bernardo y su familia entraron y le prendieron fuego a casi todo. Tampoco le dieron hora a su muerte. ¿La hora a cuál de todas sus muertes? ¿Y sobre el secuestro del año anterior, cuando el femicida Bernardo López Gutierrez la privó durante seis días de su libertad y les hizo creer a todos que ella se había ido por su cuenta y hasta puso una foto de ella en el camión que manejaba? Nada, ni rastros del expediente. Omisión de violencias previas y una ahorcada de rodillas.

En 2017 Bernardo López Gutiérrez fue condenado por homicidio, no por femicidio. El Matute, su hermano, después de un proceso a su medida sigue libre y sin condena. Pasaron catorce años para que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos admitiera el caso de Nadia, “víctima de femicidio por su entonces pareja y por su cuñado, en el municipio de Cuautitlán Izcalli, en el Estado de México, en febrero de 2004” y determinara analizar “de manera integral las violaciones cometidas por el Estado, entre ellas las actuaciones de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México (Pgjem) al investigar el femicidio.” Caso emblemático dicen las noticias, otro más, otro emblema que da cuenta del abuso machista, otra mujer parpadea  verdades –ni la primera ni las sucesivas muertes les cierran los ojos– para que el patriarcado caiga.

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