Cine. Shirkers, la película que ganó Sundance, en Netflix

Mi pequeño underground

En el más reciente festival de Sundance, la mejor dirección se la quedó Sandi Tan, la realizadora de Shirkers, un sorprendente y amoroso documental autobiográfico sobre la primera película independiente filmada en Singapur, una aventura experimental realizada por un grupo de chicas punks pioneras. Pero la película desapareció antes del estreno y el golpe fue tal que la amistad no lo soportó. Y ahora esta segunda oportunidad, dirigida por Sandi, una de aquellas chicas cineastas indies, está narrada a través de material de archivo, collages de época y entrevistas actuales a sus protagonistas. Película dentro de película, mitología urbana de Singapur y, sobre todo, olor a espíritu adolescente.

Casi como el Yeti: todos sabían de Shirkers, pero nadie jamás la vio. Al menos en Singapur. Su historia es una pequeña fábula sobre la pérdida, ó más específicamente sobre una película perdida, y encontrársela de golpe entre la maleza de Netflix resulta un hallazgo genuino. Un pequeño regalo de fin de año de la plataforma, ahora que es cada vez más engorroso rebuscar entre las series de relleno material interesante para mirar. La ópera prima de la crítica y escritora singapurense Sandi Tan, ganadora del premio a mejor dirección en el Festival de Sundance y que desde comienzo de este mes se puede ver online, es un sorprendente y amoroso documental en primera persona sobre la primera película independiente filmada en Singapur, narrado a modo de rompecabezas, a través de material de archivo, collages de época y entrevistas actuales a sus protagonistas: Sandi y sus amigas, una pandilla de chicas de entonces apenas 19 años, fanáticas de Velvet Underground, David Lynch y J. D. Salinger. Pero es, también, la historia de una película secuestrada, sobre un film del que todos supieron pero que nunca pudo ser –hasta ahora–, sobre las adolescentes punk y pioneras que a principios de los 90 crearon una obra devenida en culto, y también, sobre el hombre que se las arrebató. 

“¡Seremos las nuevas hermanas Coen!”, era el grito de batalla de las inseparables Sandi y Jasmine, dos adolescentes que se conocieron en la secundaria y se hicieron amigas a través del amor por las películas extrañas y la música impopular, un par de riot grrrls singapurenses obsesionadas con la cultura pop occidental en un país hermético donde solo se la podía encontrar a cuentagotas. A los 14, escucharon a Patti Smith, aprendieron a tocar la batería y traficaron vhs grabados desde Estados Unidos solo para ver a Jim Jarmusch. A los 15, armaron su primer fanzine fotocopiado de rock, que ganó fama internacional por correspondencia. Y a los 19, decidieron filmar su primera película. Sandi y Jasmine tomaron un curso de cine con George Cardona, un extraño norteamericano, tan magnético como misterioso, que las doblaba en edad. Apadrinadas por él, y acompañadas por la tercera amiga, Sophie, que conocieron en el mismo taller, decidieron ponerse manos a la obra y, con la osadía de la adolescencia, trabajar por una meta bien clara: hacer la primera película independiente de Singapur. En los 90, la posible película causó una expectativa generalizada por su proeza técnica y económica en un país de escasa producción local y, como fue filmada a modo guerrilla, del rodaje participó casi todo el pueblo. Amigos, familiares, editores de fanzines de rock, jóvenes periodistas y curiosos. Pero cuando la filmación hubo terminado, el misterioso Cardona, del que nunca se supo bien a qué se dedicaba ni por qué estaba dando un curso de cine en el país más pequeño del sudeste asiático, se esfumó para siempre, desapareciendo con las 70 latas de película en 16 mm que contenían el gran y sufrido proyecto. De ahí en más, todos supieron de Shirkers, pero nunca nadie la vio. La amistad no resistió el shock de la pérdida, las chicas se separaron, nunca más se habló del tema, y Shirkers se convirtió en un mito urbano singapurense, transmitido de boca en boca por quienes participaron de esa aventura truncada.

“Esta película es un truco enorme y con algo de retraso para reunirme con mis amigos de nuevo y para hablar sobre esto que no pude siquiera mencionar durante muchos años” confiesa Sandi Tan. Shirkers narraba las aventuras de una heroína subversiva y soñadora, sus amigos y su mundo etéreo: una asesina de 16 años que quería salvar a los niños de la trampa del mundo de los adultos. Y, a la vez, era un retrato tan realista como imaginario sobre Singapur y su proceso hacia la industrialización para convertirse en uno de los países más ricos de Asia, con todo el ímpetu con el que una adolescente podría hablar sobre su lugar de pertenencia, lejano y cercano. “Los americanos piensan que son muy especiales, pero nosotros sabemos que lo somos” desafía Sandi Tan al principio de la película. Todo condensado en una aventura surrealista, experimental, movilizada entre la nouvelle vague francesa y una road movie norteamericana ubicada en una isla que se puede recorrer en un día. O, al menos, todo eso es lo que iba a ser Shirkers. “Quería crear mi propia mitología de Singapur. El mundo que yo veía con mis amigos, que era completamente diferente al que veían los turistas e incluso mi familia y mis conocidos. Yo creía que esa era una visión demasiado deprimente del mundo. Si yo hubiese vivido en ese Singapur me hubiera matado a los 16” dice Sandi Tan. “Además, en ese tiempo vi películas como Heathers, que hacían una versión imaginaria y, para mí, mejorada de la realidad. Yo estaba muy interesada en hacer una versión heroica de mi propia vida, y por eso en la película actuaron mis abuelos, mis primos y mis amigos”.

Este es el último y merecido exorcismo para Sandi Tan que, 25 años después, devenida en una exitosa crítica de cine, logra recuperar inesperadamente las latas de la película de su adolescencia, que vuelven a ella de forma milagrosa. Ahí empieza la Shirkers definitiva, la madura, la remake improbable e inesperada usando el material recuperado que brilla con todo su esplendor, cuando Tan decide volver a Singapur, desde Los Angeles y ya adulta, para reencontrarse, recordar y reinventar ese mundo entre real e imaginario que vivió y creó junto a sus amigos de adolescencia. Shirkers es la historia de una película perdida, pero también sobre otros tipos más sombríos de pérdida, del tiempo y el ímpetu, por ejemplo. Sobre cinefilia y melomanía, amistades y peleas y una carta de amor al do it yourself, al cine y su poder de curación, y a todo eso que es el cine, que lo excede y lo moldea, y que nos atraviesa aun cuando no estamos frente a la pantalla. “Cuando el material volvió a mi ya no sentía el mismo enojo, el mismo dolor. De hecho, estaba viendo el regreso de Twin Peaks, que se desarrolla 25 años después de Fire Walk With Me, una de mis películas preferidas de la vida ¡Fue un momento revelador! Porque la línea de tiempo era igual que la mía. Mi película fue rodada en el 92 y la redescubrí el 2017. Sentí que era Laura Palmer volviendo a resolver mi propio asesinato, que es lo que esencialmente estoy haciendo con esta película. Estoy resolviendo este extraño agujero negro en el que cayó mi vida”.

Shirkers está disponible en Netflix.

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