Martín Rugna, investigador del Servicio Meteorológico Nacional, sobre el proyecto Relámpago
En el ojo de la tormenta
Las lluvias más severas del mundo están en Córdoba. Especialistas locales y extranjeros salen a cazarlas con radares instalados en camiones de película. Quieren comprender mejor los fenómenos para anticiparlos con mayor precisión.
Las tormentas cordobesas están entre las más fuertes del mundo, por intensidad y por la fuerte actividad eléctrica.Las tormentas cordobesas están entre las más fuertes del mundo, por intensidad y por la fuerte actividad eléctrica.Las tormentas cordobesas están entre las más fuertes del mundo, por intensidad y por la fuerte actividad eléctrica.Las tormentas cordobesas están entre las más fuertes del mundo, por intensidad y por la fuerte actividad eléctrica.Las tormentas cordobesas están entre las más fuertes del mundo, por intensidad y por la fuerte actividad eléctrica.
Las tormentas cordobesas están entre las más fuertes del mundo, por intensidad y por la fuerte actividad eléctrica. 

Las sierras cordobesas contribuyen al nacimiento de las tormentas más impactantes de la Tierra: son las más extensas y las que presentan mayores dosis de descargas eléctricas. En esta ocasión, Martín Rugna –meteorólogo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigador en el Servicio Meteorológico Nacional (SMN)– describe de qué va el ambicioso proyecto Relámpago; cuenta cómo actúa el grupo de “Los Cazatormentas”, un mote espectacular –casi hollywoodense– para una actividad bien científica; y, además, nos guía en un viaje al interior de las nubes, porque estudiarlas mejor contribuye a ajustar las medidas de prevención.  

–¿Qué es Relámpago?

–Es un proyecto gigante que involucra a investigadores extranjeros pero también a especialistas locales de diversas instituciones, entre las que se destacan el SMN, el Conicet, Citedef (Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa) y las universidades de Buenos Aires y Córdoba. Desde mi lugar participo en la línea del Center for Severe Weather Research (CSWR), una organización de Estados Unidos que cuenta con radares móviles a bordo de camiones –conocidos como Doppler On Wheels– y camionetas que tienen instrumentos meteorológicos. Me refiero, por ejemplo, a estaciones más pequeñas que dejamos en el medio del camino.

–¿Cómo es salir de campaña?

–Cada vehículo requiere de tres o cuatro personas para poder operar. En base al pronóstico realizado por el centro de operaciones en Villa Carlos Paz nos desplegamos por el campo. Durante estos últimos días tuvimos jornadas larguísimas con misiones en las que arrancamos muy temprano en la mañana y terminamos durante la madrugada del día siguiente. Nuestro objetivo es ir detrás de las tormentas severas con la particularidad de que, en muchos casos, no utilizamos las vías convencionales como rutas nacionales o autovías, porque –como bien sabemos– los fenómenos naturales no respetan el planeamiento urbano. 

–¿De qué manera actúan una vez que llegan al sitio indicado?

–Si bien nos han puesto el mote espectacular de “Los Cazatormentas”, hay que ser justos y decir que no nos plantemos la cacería. Nuestro proyecto tiene una rutina –casi– diaria y, por lo general, el equipo llega al lugar específico unas horas antes de que comience a llover de manera copiosa. A nuestro arribo, el conductor designado debe nivelar el camión  para que el radar esté en perfecto equilibrio y ganar precisión en las mediciones. El resto verificamos que todo funcione y seguimos con el protocolo y la lista de pasos para la puesta a punto. Tal vez no parece, pero hacer funcionar un radar desde cero no es tarea sencilla. Una vez que empezamos a medir, analizamos la situación meteorológica, ya que tenemos pantallas en las que vemos en tiempo real lo que sucede. La información obtenida se comunica por radio al resto. Si bien le podemos escapar al granizo y la lluvia nos genera inconvenientes si estamos en el barro, el mayor peligro lo constituyen los rayos. Usualmente hay colegas que durante las tormentas severas lanzan globos meteorológicos y nosotros tenemos el deber de alertarlos. 

–¿Qué datos miden?

–Trabajamos con radares de doble polarización y doble frecuencia de banda X. Esto guarda relación con la longitud de onda que transmite el dispositivo: su ventaja es que permite que las antenas sean chicas (dos metros) y pueden ser ubicadas arriba de un camión para circular, pero su desventaja es que si la densidad de las lluvias es muy potente, el agua absorbe la energía –en un proceso denominado “atenuación”– y la señal codificada se desperfila muy rápido. Por ello, también utilizamos un radar móvil de banda C, con una antena más grande (cinco metros). Estas tecnologías no “ven” nubes porque no logran percibir gotas de agua tan chiquitas, por el contrario, solo pueden captar aquellas con un tamaño aproximado de medio milímetro. 

–¿Para qué calculan el tamaño de las gotas?

–Porque si comprendemos las características de las gotas (más chatas, más redondas, chicas o grandes) podemos inferir los procesos que suceden al interior de las nubes, advertir la presencia de granizo y describir con antelación la intensidad que tendrán las precipitaciones. Conocer la información en tiempo real es un plus muy importante. 

–¿Por qué? ¿Hacen pronósticos?

–Todos los datos se colectan y se guardan. El proyecto es científico y su propósito es contestar preguntas específicas acerca de la meteorología asociada a las sierras de Córdoba. Buscamos saber cuál es el rol que tiene la topografía de las montañas en la iniciación de las tormentas, ya que las que ocurren en esta provincia –junto a las que suceden en algunas planicies de Estados Unidos y en el centro de Africa– son las más intensas del mundo. Se prolongan en el tiempo y exhiben una tasa muy alta de actividad eléctrica. En definitiva, si logramos encontrar patrones comunes y conceptualizar la masa de datos que obtenemos será posible, en un futuro, disminuir aún más los márgenes de error en la confección de los pronósticos. Como la atmósfera tiene una naturaleza caótica, debemos desarrollar herramientas para ensayar mejores modelos de predicción, que ayuden a la sociedad en la toma de decisiones.  

–Si el propósito es estudiar mejor las tormentas es porque aún no conocen todo lo que deberían saber. ¿Qué otras preguntas se hacen los meteorólogos que participan del proyecto?

–La respuesta que puedo llegar a formular será muy sesgada, ya que depende de una opinión personal. La semana pasada conversaba con algunos colegas de la campaña que me planteaban que, desde su perspectiva, el experimento era todo un éxito porque ya obtuvimos una gran cantidad de datos que serán muy útiles para futuras aplicaciones. No obstante, desde mi punto de vista, todavía restan algunos interrogantes por saldar. Por ejemplo, aún no sabemos cómo el granizo alcanza el orden de los 10 cm y cuáles son los procesos que se producen al interior de las nubes y los empujan a alcanzar este tamaño. Tampoco conocemos a ciencia cierta por qué esta región no posee tantos tornados como tiene Estados Unidos. Son preguntas sencillas, del sentido común, para las cuales aún no tenemos soluciones pero si de algo se puede estar seguro es de que trabajamos para resolver estos enigmas. Nos apasiona encontrar respuestas, sobre todo, porque nos plantean nuevas preguntas. 

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