Las Taser y el odio

La Comisión contra la Tortura de las Naciones Unidas ha determinado que las pistolas Taser equivalen a instrumentos de tortura. Causan grandes dolores a quienes reciben sus descargas. Equivalen a una picana eléctrica de uso habitual en las llamadas tareas de inteligencia, es decir, la tortura estamental. En Estados Unidos han provocado 200 muertes. En Francia algo similar. Han vuelto a usarse luego de la muerte de un policía, como furia y venganza. Aquí, entre nosotros, sumergidos en la ética cruel del macrismo, son el fruto del cambio de eje de la campaña electoral de Cambiemos. Que tiene tres puntas: Macri, Larreta y Vidal. Y una artimaña: desdoblar las elecciones. No habrá que descontar el fraude, habrá que andar con mucho cuidado porque se permitirán cualquier cosa.

Este año será el del despliegue del show judicial. Que será implacable. El odio es el temple electoral de Cambiemos alimentado por esa clase media que encuentra en ese violento estado del alma su combustible espiritual. Muchos no se explican cómo un gobierno que arruinó el país sigue dando bien en las encuestas, si es que les damos crédito. Pero el votante de Cambiemos está constituido por el odio. Cada vez está peor pero no le importa. La cuestión es que no vuelva “esa mujer”. Que no vuelvan los grasas que la adoran. Los que gritan: “Yegua, puta y montonera, queremos a Cristina”. Esta adhesión fervorosa desde la injuria del oponente es claramente peronista. Cuando vino el boxeador Archie Moore al país, la contra de Perón empezó a farfullar que se acostaba con él. En las canchas de fútbol se cantó: “Puto y maricón/ queremos a Perón”. Evita les decía “mis grasitas” a sus seguidores. Y se comprometía con ellos. La “banda que gobierna” –como dice Aliverti– instrumentará su odio por medio del poder judicial. ¿Meterán presa a Cristina? Lo intentarán. Si llegará a ocurrir, ¿tendríamos otro 17 de octubre? Difícil. Habría una movilización de protesta importante. Pero algo falta en las movilizaciones contra Cambiemos. Son parciales. Se protesta por sectores. Pero falta una gran movilización de todo el espectro opositor. Y esto nos lleva al tema de la polarización.

¿Se hará un gran frente opositor? ¿Será un amontonamiento o una unidad en la diferencia, a lo Hegel? Acaso ni una cosa ni la otra. El peronismo está lejos del imperativo de la marcha partidaria: “Todos unidos triunfaremos”. Los del peronismo federal saben que sacarán pocos votos, pero serán de ellos. No ven como propios los votos que puedan obtener formando un frente electoral. La unidad –conjeturan– dará el triunfo a Cristina. Y prefieren que siga Macri a que gane “esa mujer”. Así de simple. Con Macri formarán parte del gobierno, acompañándolo. Como han hecho hasta ahora. ¿O acaso no le fue bien a Macri en el Congreso siempre que se lo propuso? ¿Quiénes votaron el presupuesto del ajuste? ¿No era devastador ese presupuesto? ¿No era la clara expresión del noliberalismo impiadoso quenos gobierna? El oficialismo tuvo quórum. Tuvo los votos que necesitaba. Levantaron su mano los peronistas “racionales”. Llamados así porque no son kirchneristas. 

¿Por qué se diferencian los “racionales” y “presentables” del kirchnerismo? No sólo de Cristina, de Kiciloff, de Rossi y hasta del valioso Leopoldo Moreau. Porque no quieren sacar los pies del plato del establishment. De donde se ve que el verdadero antagonista del macrismo es el kirchnerismo que encabeza Cristina Kirchner. Que es la más odiada y temida por el grupo gobernante y sus acólitos. Harán lo posible por quitarle los fueros y meterla presa. El juez Bonadío prepara sus causas y espera entregarle al gobierno su gran carta de triunfo: Cristina presa y marginada de la competencia electoral. 

Entre tanto, los programas de noticias abruman y aturden y meten miedo con las noticias policiales. Robos, asesinatos, violaciones constituyen un vértigo que se arroja sobre los que miran absortos. El país parece una jungla. Todo esto le hace el juego a Cambiemos. Que, como dijimos, ha variado el eje de su campaña electoral. No puede hacerla girar sobre la economía del ajuste, la hará girar sobre la inseguridad. No sólo el efecto Bolsonaro explica el afán represivo del gobierno. El efecto electoral también. Y tal vez sobre todo. Una ciudadanía aterrada por la visión de los crímenes cotidianos votará al que más represión le garantice. De aquí que la figura de la ministra Bullrich aparezca entre los candidatos posibles de Cambiemos. De aquí que el falso ingeniero Blumberg, campeón de las propuestas de mano dura, haya aparecido otra vez en las pantallas argentinas pidiendo pistolas Taser y sanción hasta para los chicos de 8 y 10 años, como en Alemania, dijo. 

Se sabe que la inseguridad se combate con trabajo y educación. Pero son justamente las cosas que niega el neoliberalismo. Cierran las pymes, la gente va a la calle, no tiene cómo abastecer su hogar, la delincuencia es una tentación. Si matan por dos pesos es porque les enseñaron que ellos no valen ni eso. 

Este no será un año difícil. Si gana Macri en octubre será espantoso. Y el 2020 terrorífico. Hay que hacer algo todos los días. Hay que buscar acuerdos. Este país tuvo épocas mejores y luchó por sostenerlas. Es el momento de hacerlo otra vez. Sin duda no merecemos el paraíso. Y está bien porque el paraíso no existe. Pero merecemos algo mejor.

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