Amor sobre ruedas, con el comediante francés Franck Dubosc
Para un Casanova, todo desafío es bueno

Amor sobre ruedas (“Todo el mundo de pie”, en el original) es lo que podría llamarse “comedia de reeducación”, variante genérica donde cabría incluir películas como Ninotchka (la comisaria estalinista Greta Garbo se “convierte” a los placeres occidentales), Amor sin escalas (el “despedidor serial” George Clooney se enamora) y ¡Ave César! de los hermanos Coen, donde un arreglador de entuertos termina hartándose de su función y renuncia. El esquema de esta clase de comedias es muy sencillo: una primera mitad para mostrar las canalladas cometidas por el protagonista (Garbo llega a París a controlar a tres “cuadros” que perdieron la disciplina; Clooney despide gente sin que se le mueva una ceja; Josh Brolin es una máquina de reparar, en una inversión del esquema moral habitual de estas comedias, donde el protagonista es culpable de alguna forma de maldad) y recibe un shock ético en la segunda parte, que lo vuelve “bueno”. Amor sobre ruedas responde al esquema clásico: depredador sexual compulsivo se comporta como máquina de seducir en la primera parte, hasta que conoce a alguien que lo sensibiliza.

El cincuentón largo Franck Dubosc, en activo desde hace más de 30 años, participó, como actor y/o guionista, de varias comedias de éxito en Francia (la comedia popular francesa no suele ser exportable, tanto como la argentina o la italiana). Amor sobre ruedas es la primera que dirige. La apuesta, como se dijo, va sobre seguro. Por la simpleza muy de fórmula de su estructura en dos partes, y por la garantía de satisfacción para el espectador medio, que aun en las comedias se maneja con valores morales: si ganan los malos no me gusta mucho, si se impone el bien está todo en su lugar. Jocelyn (nombre muy desconcertante, ya que hasta donde sabemos es de mujer), ejecutivo de una empresa de zapatillas y soltero, es capaz de todo cuando ve una chica que le gusta. Y le gustan un montón de ellas, con lo cual su vida es una aventura permanente, no siempre triunfal (detalle interesante de guion, que no hace de él un winner absoluto).

Un día, una linda vecina de su mamá lo ve sentado en la silla de ruedas que perteneció a ella, y cree que es él el que la usa. Como un principio del conquistador es “Seguí el juego”, a partir de ese momento Jocelyn anda de acá para allá en silla de ruedas, intentando dar un poco de pena, que nunca viene mal. Efectivamente, la chica lo invita a casa de su familia y le presenta a la hermana… que también anda en silla de ruedas. De aquí en más es boy-meets-girl (o garçon connais jeunne fille), con los inconvenientes del caso. Se supone, por ejemplo, que el único placer que sienten los parapléjicos es cerebral. Mientras que Dubosc es claramente un comediante profesional, que sigue lo que indica el manual, no es ése el caso de su partenaire, Alexandra Lamy, que hace lo mejor que puede hacer una comediante: no actuar “de comediante”. Junto a ellos, tres veteranxs: Elsa Zylberstein, que actuó en películas de Hal Hartley, Gérard Darmon, que lo hizo en Betty Blue, y nada menos que Claude Brasseur, actor octogenario que actuó en películas de Jean Renoir, Georges Franju y Marcel Carné.

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