A propósito de Jovan Hill, un análisis de las redes sociales y el horror al vacío
Un espejo para mirar la propia vida
El joven estadounidense no estudia ni trabaja. Se sostiene a través de sus seguidores en distintas plataformas virtuales, que pagan para observar las escenas cotidianas más triviales, en un sinsentido de gran alcance masivo.
Jovan Hill supo que podía vivir de las redes sociales un día que necesitaba dinero urgente.Jovan Hill supo que podía vivir de las redes sociales un día que necesitaba dinero urgente.Jovan Hill supo que podía vivir de las redes sociales un día que necesitaba dinero urgente.Jovan Hill supo que podía vivir de las redes sociales un día que necesitaba dinero urgente.Jovan Hill supo que podía vivir de las redes sociales un día que necesitaba dinero urgente.
Jovan Hill supo que podía vivir de las redes sociales un día que necesitaba dinero urgente. 

Jovan Hill, un joven americano negro oriundo de Texas que se declara gay, se mudó a Brooklyn tras haber abandonado la universidad. Desempleado por decisión propia, Hill costea su vida, sus gastos y la renta de su apartamento gracias al aporte económico de un buen número de seguidores (tiene 75.000) que diariamente se asoman a su vida a través de Periscope, una aplicación de streaming que permite transmitir cualquier cosa que a uno le de la gana, desde contenidos culturales, vistas callejeras, escenas de la propia vida cotidiana, en especial las más idiotas. Todo comenzó para Jovan Hill el día que necesitaba 7000 dólares con urgencia. Utilizando la cámara de su iPhone, transmitió sus problemas financieros en un video de siete minutos y al cabo de un rato su cuenta de PayPal comenzó a recibir donaciones, desde un modesto dólar hasta algunos que le ingresaron 100. No sólo logró recaudar en unas pocas horas más de lo que necesitaba, sino que sumando su presencia en Twitter, YouTube, Instagram, Meerkat y Patreon (una aplicación especialmente diseñada para que cualquiera pueda solicitar patronazgo para su vida -en realidad un sistema de mendicidad digital-) ha logrado aumentar su audiencia a 200.000 seguidores, algunos de ellos seriamente identificados con su "causa", como Paige Wolfe (23 años), quien en su cuenta de Twitter comenta que "la única razón por la que me despierto y voy a trabajar todos los días es porque así puedo dar dinero para el alquiler de Jovan" (sic). Algunos de sus seguidores le preguntan por qué no busca un trabajo como la mayoría de las personas y él responde que atender a su comunidad virtual y abrirle diariamente las puertas de su intimidad constituye un auténtico trabajo, tan válido como cualquier otro. Su argumento es probablemente sincero. Jovan Hill sufre un trastorno psicótico maníaco depresivo, aunque no toma medicación ni recibe al parecer ninguna clase de tratamiento psicoterapéutico. Su "empleo" de streamer, al que dedica varias horas al día retransmitiendo frente a la cámara de su iPhone un discurso completamente errático y vacío, y en el que se lo puede ver fumando marihuana, tumbado en la cama o comiendo un Mac Donald con patatas fritas, es su modo de fabricarse una vida. Como tantos otros semejantes a él, ha logrado mediante distintas aplicaciones incluidas en la categoría de "redes sociales" inventarse una existencia y un modo de subsistir bastante mejor que un gran número de trabajadores americanos. Para alguien como Jovan Hill, internet y las aplicaciones a las que se mantiene adherido no son meros instrumentos al servicio de la vanidad imaginaria o la desfachatez. Constituyen un verdadero enganche que le permite remendar la falla estructural de sus identificaciones simbólicas. Arrastrado por el deslizamiento metonímico y el goce desenfrenado de la lengua, pudo reducir sus ingresos hospitalarios y sustituirlos por ingresos económicos gracias a esa comunidad que se materializa a través de PayPal. Además del dinero, la mirada del Otro es tal vez para Jovan un soporte fundamental, lo que le da consistencia y sentido a una errancia que carece de historia y narrativa. Sus miles de espectadores y sponsors le han brindado la posibilidad de encontrar un escabel donde elevarse y hacer de su miseria psicótica una pequeña fortuna ordinaria que sirve para mucho más que pagar las facturas.

Para el psicoanálisis, estas virtudes de las nuevas tecnologías se han convertido en un material corriente que permite comprender formas extraordinarias de sobrevivir a la locura. No obstante, no es este aspecto el que más me interesa destacar. El verdadero enigma (uno que en cierto modo podemos aproximar al misterio del funcionamiento de las masas, pese a todo lo que Freud nos reveló al respecto) es que miles de personas dediquen tiempo y a veces dinero a mirar el interior de una vida totalmente anodina, en la que nada sucede, en la que aquello que se dice carece de todo contenido y propósito, una sucesión inconexa y fragmentaria de "tomas" que retratan la ausencia completa de sentido. ¿Cuál es la satisfacción puesta en juego del lado del espectador? Porque es importante tener en cuenta que la cortina que Periscope o Meerkat descorren no nos da un acceso a los avatares de la vida erótica de un desconocido. No es esa la clase de intimidad en la que uno puede introducir la cabeza, porque lo que se da a ver no tiene un carácter propiamente sexual. No estamos hablando de Tinder, ni de Tumblr, ni de ninguna red social en la que el sexo ocupa un lugar primordial. Es la posibilidad de ser testigos de otra cosa. ¿Cómo concebirla? Tal vez hemos alcanzado un estado de la civilización en el que, tras el espejismo de la realidad que ya no es otra que virtual y aumentada, nos vemos asaltados por la intuición de que nuestra propia absurdidad nos aguarda, latente, agazapada, presta a darnos el zarpazo de la angustia. En el fondo, todos sentimos el horror y a la vez la fascinación de vernos reducidos a no ser más que un desecho, otro cuerpo que se desprende del sistema y cae como un peso muerto. A través de sus envolturas y atavíos imaginarios comenzamos a percibir nuestra existencia y lo que vemos se nos antoja aterradoramente vacío y solitario. Quizás por eso hacemos el experimento de asomarnos un poco a la estupidez de la vida de esos otros, incluso pagarles porque se prestan a ser el espejo en el que anticipar y al mismo tiempo separarnos de aquello que finalmente somos.

*Psicoanalista argentino residente en Madrid. Miembro AMP.

 

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