El tipo

A Osvaldo Soriano

Cuando salió de la París y sintió que el frío de la noche le pegaba como un latigazo en la cara, supo que el tipo estaría ahí, parado junto a la boca del subte, esperándolo, porque lo había seguido desde que abandonara el diario, muchas horas antes. Era un hombre alto, de anchas espaldas y un rostro de esos que parecen fabricados en serie, como para pasar inadvertidos, pero tienen esa expresión indolente, desolada, cruel, que los hace inconfundibles en su modo de inspirar miedo. Vestía un sobretodo negro que le quedaba grande y le cubría las piernas casi hasta los tobillos, y aunque aparentaba mirar una vidriera resultaba tan disimulado como un elefante paseando alrededor del obelisco.

Corrientes parecía un abatido lagarto iluminado, un barato insulto a la discreción. Algunos taxis se desplazaban tediosamente mientras los mozos del La Paz se arremangaban los pantalones para baldear los pisos, desafiando el grado bajo cero. La calle que nunca duerme se moría de sueño, ese lunes a las cuatro de la madrugada, cuando reconoció al tipo, se encogió de hombros, insólitamente despreocupado, y empezó a caminar pensando que había tomado mucho, carajo, mezclé vino, café y whisky y ahora tengo el estómago revuelto, y encima con esta úlcera de mierda. 

 Llevaba ocho horas de deambular bajo ese frío del demonio y sabía que estaba casi en el límite de su aguante; su resistencia física se había ido desinflando como un globo viejo. Acababa de cumplir sólo treinta años, pero ya se le había caído la mitad de los cabellos, tardaba dos horas, promedio, en conciliar el sueño y estaba harto del periodismo, de sus pocos amigos de la noche, de su propia parquedad y de mirarse siempre como a un extraño, pero a un extraño que le parecía cada día más triste e insoportable.

Esa nota lo había metido en líos. Nadie lo había obligado a firmarla sino ese deseo un tanto voluptuoso de fustigar a un personaje importante, a pesar de que era consciente de lo absurdo y desproporcionado que resultaba correr riesgos trabajando para una empresa que sólo le aseguraba un sueldo para sobrevivir. Pero así eran las cosas, y la consecuencia había sido esa llamada, al mediodía, para informarle que le costaría caro. 

De modo que él sabía bien qué peligros lo acechaban. Con ciertos personajes no se juega, y sin embargo él había dicho cosas muy graves, esas acusaciones cargadas de mala leche, viejo, sí, ya sé, pero es todo cierto porque investigué una semana ese negociado, como le explicó al director, quien sonreía paternal y satisfecho, escuchándolo, y entonces hay que decir todo esto, hay que decirlo, no podemos quedarnos callados, y previa consulta al asesor legal le dio el visto bueno, métale ché, dieciséis carillas, va en la contratapa, y él escribió todo lo que sabía para la edición matutina y al mediodía el director fue citado a declarar en el ministerio, adonde concurrió con cara de nada-que-ver, lo hubieras visto, mientras a él lo amenazaba esa voz fría, hueca, que parecía venir de tan cerca que ni siquiera se asustó, simplemente colgó el tubo y se fue a tomar un café, solo, sin hablar con nadie. Casi se olvidó del asunto, que empecinadamente se negó a comentar con sus compañeros, hasta que a la noche se retiró de la redacción y no vio al tipo que lo seguía.

Reparó en él mientras cenaba, qué cara conocida, se dijo y casi lo saludó, y fue entonces que se dio cuenta de que la familiaridad resultaba de haberlo visto en el café y en la puerta del diario, como lo vería luego, en el mostrador de la París, en la boca del subte y ahora, indiscutiblemente detrás, caminando por Corrientes mientras él recordaba una ringlera de notas peligrosas, comprometidas, de esas que se solazaba en redactar con mordacidad, con ese desinterés por el mundo y esa especie de desidia interior que se había criado con él y que algunos amigos admiraban porque le concedía patente de duro, pero ninguna tan jodida como ésta, ninguna.

Caminó lentamente, dibujando formas sobre las baldosas, bamboleándose apenas y pensando que todavía le faltaban como veinte cuadras para llegar a su departamento. Sabía que tenía las horas contadas, acaso su cuenta regresiva ya se había iniciado, pero se mantenía lo suficientemente frío y contenido como para que su adrenalina no aumentara desmesuradamente, como aquella vez que había ido al dentista, enloquecido de miedo y de dolor y no doy más, doctor, sáqueme esta muela de mierda, y en cuanto lo anestesiaron sintió un alivio maravilloso hasta que se le pasó el efecto de la xilocaína y descubrió que le habían extraído una muela que no era la que le dolía sino la de al lado, carajo, otra noche en vela y con la presión por las nubes.

A pesar de lo mucho que había bebido se conservaba lúcido, pero acaso todo se debía a su omnipotencia, porque él era un tipo duro, en efecto, y se jactaba de ello y entonces tenía que ser capaz de afrontar hasta ese supremo peligro sin desesperarse, desmerecedor de esa circunstancia y sin preocuparse demasiado porque el tipo lo siguiera, en última instancia morir de un certero balazo podía ser como un buen parto, pum y chau, sólo que en vez del berrido de un bebé resultaría un paráte del corazón así que deseó que el tipo tuviera, por lo menos, buena puntería.

Pensó, haciendo una mueca que podía parecer una sonrisa amarga, que el mundo se quedaría con un anarquista menos. No porque él lo fuera, sino porque le importaba un reverendo bledo, en definitiva, lo que pasara con el país y con el mundo y sólo creía, a su manera, en un remoto orden natural que ni siquiera terminaba de imaginar. Era un testigo crítico del desorden gubernamental, uno que no desperdiciaba oportunidad de fustigar a sus personeros, nada más, una suerte de tirabombas solitario, moralista y esquemático que, en lo íntimo, hacía mucho tiempo que había dejado de interesarse por la sensualidad intelectual de querer arreglar el mundo desde las mesas de los cafés. Sus inventarios no incluían más placeres que los muy burgueses de fumar dos atados diarios, beber cualquier brebaje que contuviera alcohol y admirar, resignado, las bandadas de mujeres hermosas, rubias, altas y flacas que andan sueltas por Buenos Aires con descarada impunidad. No le interesaban otras cosas. En cierto modo, se consideraba un infiltrado entre los seres humanos, un sujeto que había perdido la capacidad de interesarse y hasta la más elemental de pensar en sí mismo.

Quizás por ello no le preocupaba que el tipo lo siguiera, eficientemente, media cuadra más atrás. Consideró que quizás todo era una fantasía suya, una obsesiva deformación de su miedo, pero recordó la llamada telefónica del mediodía y las dos veces que había cruzado miradas con el tipo y se convenció de que esos ojos fríos, alertados y despreciativos, que ni siquiera parecían los ojos de un criminal y por eso mismo infundían tanto miedo, no eran producto de su fantasía. Seguro que el tipo esperaba que llegara a su departamento para proceder. Calculó que le habrían pagado bien y que, por eso mismo, le exigirían un buen trabajo. Debía ser un profesional. O un simple guardaespaldas en misión especial. Daba lo mismo: el tipo tenía aspecto de matón; bastaba observarle esas espaldas anchas, los brazos largos, el lomo como un ropero, carajo, y seguramente la sensibilidad de un pedazo de madera. O bien podía ser un tipo que le debía favores a un funcionario de segunda categoría que había acomodado a su mujer en el ministerio. Y estaba bien: en cualquiera de esos supuestos había una razón para su accionar, lo mataría sin remordimientos, total no lo conocía, él no significaba absolutamente nada para el tipo y sólo ocurriría que la ciudad tendría un habitante menos. Ni los censos se darían cuenta. El tipo saldaría una deuda económica, o una deuda honorífica, cumpliría con su deber y después se iría a dormir tranquilo, satisfecho luego de terminar honrada y eficazmente su labor, sin nada que reprocharse, de modo que mi eliminación servirá para algo, sonrió, qué bien, la puta madre.

Claro que él podía detener un patrullero de esos que recorren esta ciudad con tanto celo que parece ocupada, igual que esos pueblos italianos de posguerra que se ven en las películas norteamericanas en las que los policías militares andan por las calles mascando chicles en yips del ejército y las aldeanas, al verlos pasar, suspiran por ellos y los saludan festejando la victoria y los chocolates y los Chesterfield; también podía meterse en un bar y llamar al comando radioeléctrico, a riesgo de quedarse adentro debido a las influencias que moverían los funcionarios del ministerio (siempre hay formas de salvarse cuando uno sabe que lo están por matar, al menos se puede intentarlo, pero para eso hay que tener miedo, coraje y ganas de vivir, todo junto, y ése no era su caso), pero de pronto, cuando cruzó Callao, llegó a la conclusión de que todo sería inútil, si estoy marcado estoy frito, reconoció, porque aunque lograra eludir al tipo esa noche, mañana habría otro en su camino pues el único destino de su vida, parecía, era recibir una pequeña, mortífera dosis de plomo caliente.

Pensó entonces, con prematura nostalgia, que sus costumbres se quedarían solas (las costumbres viven con uno, no en uno, se dijo) y supo que ya no llegaría, como todas las madrugadas, para estar dos horas, promedio, fumando en la oscuridad de su departamento hasta conciliar el sueño. Su cama ya no lo vería desvestirse, borracho, en medio de la habitación, tirar el traje en el suelo, la camisa en el baño y los zapatos en cualquier lugar insólito de modo que al día siguiente no los encontrara. Y nunca más la corbata en la cocina, con el nudo siempre armado y colgando con los repasadores. Y nunca más el diario debajo de la puerta, ni las aspirinas para mitigar el ineludible dolor de cabeza de todos los mediodías, cuando se levantaba con el pelo revuelto y ese indescriptible gusto a mierda en la boca. Y nunca más nada, se dijo, repentinamente acongojado, nunca más nada después de que este cabrón me reviente.

Dobló en Córdoba pensando que en el diario pondrían una flor en un vaso, sobre su escritorio, hasta que se marchitara (o hasta que viniera un nuevo redactor a cubrir la vacante), en la sexta edición se publicarían una nota sobre el crimen, un editorial “de repudio al vandálico episodio” y, en un recuadrito, una semblanza de su personalidad escrita por uno de sus compañeros. Se preguntó quién podría escribir dos líneas sobre su personalidad; tocarían de oído, meta guitarra, para decir lo obvio: que era un excelente profesional que había sabido granjearse el afecto, mentirosos, de todos los que lo conocieron y trataron, lo elevarían a la categoría de brillante redactor, mentirosos, un cronista talentoso y audaz asesinado porque su pluma veraz no sabía de claudicaciones y la dirección de este diario se compromete a hacer todo lo posible para esclarecer el crimen, mentirosos, lugares comunes, sanata, estupideces que redactaría el obsecuente de turno del director, o el mismo director, que andaría una semana con la cara compungida y hablando de su muerte con la solemnidad y encuadernamiento de su ineptitud, y acaso hasta deslizaría la rebuscada tesis psicologista de que había sido una forma de suicidio pues –escribiría– los interrogantes se suman y son infinitos: ¿por qué no avisó a sus compañeros de redacción?, ¿por qué no ofreció resistencia?, ¿por qué, llegaría a preguntarse el hipócrita, se atrevió a afectar intereses inafectables si conocía los riesgos que tal actitud le traería aparejados?

Pero dentro de todo, lo gracioso era que, en efecto, él había pensado muchas veces en suicidarse, una idea que desechó por cursi, por fuera de época, por cobarde. Sobre todo por cobarde, porque él admiraba a los valientes, como Misterix, qué huevos tenía Misterix, carajo, no se había perdido un solo número en su infancia; pero había descartado cuanta idea suicida se le cruzó alguna vez, no entendía cómo puede un hombre quitarse la vida, si se puede dejar que la vida lo lleve a uno por delante, inútil resistirse, algún día ella sola se encarga de suicidarlo a uno. Entre la muerte natural y el suicidio sólo hay una diferencia etimológica, al fin y al cabo la muerte es un hecho cotidiano. Y mentira eso de la soledad, de las grandes depresiones; ahí estaba el ejemplo de Phillip Marlowe, no había nadie en el mundo más solitario que Marlowe; ¿y se suicidaría él? En absoluto, qué ocurrencia, jamás lo haría, la soledad también es una cuestión de huevos, se dijo, y ni el hombre que menos se interesara por su propia suerte tenía por qué suicidarse.

El tipo seguía ahí, detrás, eso era lo concreto. Por cada paso suyo, uno del tipo. Si aceleraba la marcha, el tipo aceleraba. Si se detenía en una vidriera, el tipo miraba la que estaba treinta metros más atrás. No se podía negar: trabajaba a conciencia, sin demasiado disimulo, un poco despreocupadamente, como quien sabe lo que hace y no duda de que alcanzará el objetivo propuesto, con exasperante eficacia, de modo que inútil correr, inútil resistirse y, después de todo, para qué intentar torcer un destino inevitable; por más cerca que estuviera la muerte decidió que no cambiaría sus costumbres. Recorrería el camino de todas las madrugadas, abriría la puerta con la parsimonia de siempre, subiría por la escalera con las pausas que le exigiera su mareo y si el tipo quería seguirlo, adelante. Si prefería matarlo ahí mismo, en esa esquina de Agüero y Córdoba, o en la mismísima puerta de su edificio de departamentos también, era cosa suya, de ninguna manera se doblegaría ante el sentimentalismo de que ésa era, seguramente, su última noche. Estaba triste, ciertamente, pero una última noche no tenía por qué cambiar nada.

Ya estaba llegando: unos metros más y dejaría Córdoba para tomar por Mario Bravo y desandar esas cuatro cuadras lóbregas, pobladas de sombras y en las que sólo faltaba un monstruo para que pareciera imaginada por el doctor Jekyll. Y el tipo seguía, firme en la brecha, acaso especulando con que le pagarían el doble por la limpieza del trabajo, sin apuro, como convencido, paradójicamente, de que él era su cómplice, no su víctima, porque le facilitaba la tarea y no huía, no pedía auxilio, no intentaba nada sucio, era noble para morir. Se preguntó si el tipo valoraba su actitud, si habría pensado en lo odioso que le resultaría tener que correrlo, dispararle a la distancia, un blanco móvil, la posibilidad de errar y después tener que evitar a la policía y esconderse en un aguantadero. No, él jugaba limpio; todo estaba claro: había escrito un texto con mucha mala leche acerca de un personaje importante, el personaje importante le había encargado al tipo que lo eliminara, el tipo lo iba a eliminar de un balazo, el balazo le entraría por cualquier lado y se quedaría, caliente, preciso, alojado en su cuerpo cuando cayese en posición decúbito dorsal.

Entonces él tenía que dejar que todo sucediese con la sencillez planificada, para que el tipo ejecutase su faena de acuerdo a lo previsto, cobrara su salario y se olvidara del asunto.

Anduvo la última cuadra sin que se le acelerara el pulso, sin controlar sus sensaciones, sin mirar hacia atrás, porque tampoco era el caso de invitar al tipo a que lo matara enseguida. Se suponía que sabía su trabajo, como él sabía sus costumbres; cada cual debía hacer su parte ordenadamente.

Abrió la puerta, entró, la cerró y se detuvo a escuchar, traicionándose, los ruidos de la calle. Caminó por el pasillo y empezó a subir por la escalera, preguntándose por qué no le había disparado todavía, y bueno, se dijo, tendrá sus razones, no es mi tarea adivinarlas. Metió la llave en la cerradura, abrió, encendió la luz y miró el desorden del departamento, su querido desorden que se quedaría solo, pensó, pero también sabría arreglárselas y entonces se sintió excitado, súbitamente nervioso, incómodo como un jipi con corbata. Se dirigió a la heladera, sacó una lata de cerveza y bebió un largo trago, casi hasta la mitad, sintiendo cómo se le congelaban las tripas, qué ironía, pensó, en la noche más fría de este invierno, con una cerveza helada en la mano, me parece que me van a cocinar a balazos.

Se dirigió al dormitorio y se desvistió desganadamente, dejando las ropas esparcidas por el suelo, y notó que el calzoncillo tenía el elástico roto en el preciso instante en que escuchó los pasos en la escalera. Encendió un cigarrillo, inevitablemente estremecido, y tosió un par de veces, sin necesidad. Después sonó el timbre.

Hizo una mueca desprovista de intención, vació la lata de cerveza y caminó hacia la puerta. La abrió. Lo primero que vio fue la pistola con el silenciador puesto. Y lo último.

Buenos Aires 1970 -
México DF, 1980

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