Millones de segundos, escrita y dirigida por Diego Casado Rubio
Desarmar y armar el género
La obra del dramaturgo español, que muestra a un adolescente transexual con síndrome de Asperger, es tan contundente en su poética como en su realización escénica. Hace hincapié en el proceso de deconstrucción y construcción de género en el que se sumerge el protagonista.
Millones de segundos, una de las obras nacionales seleccionadas.Millones de segundos, una de las obras nacionales seleccionadas.Millones de segundos, una de las obras nacionales seleccionadas.Millones de segundos, una de las obras nacionales seleccionadas.Millones de segundos, una de las obras nacionales seleccionadas.
Millones de segundos, una de las obras nacionales seleccionadas. 

En el marco de la 12a edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), y entre variadas propuestas de teatro, danza, música y artes visuales, se exhiben 19 obras nacionales cuidadosamente seleccionadas para confirmar el motivo por el cual la Argentina es el máximo referente en materia teatral en lengua hispana. Una de esas obras es la multipremiada Millones de segundos, ganadora de tres premios Teatro del Mundo (2017), tres ACE (2018) y un premio Trinidad Guevara (2018), entre otras distinciones y nominaciones. 

Escrita y dirigida por el dramaturgo español Diego Casado Rubio, la pieza es tan contundente en su poética como en su realización escénica. Cuenta la vida de Alan (Raquel Ameri), un adolescente transexual con síndrome de Asperger, que vive con su madre, Clarisa (Estela Garelli), quien no acepta su condición, y su perro y mejor amigo Samson (Víctor Labra). Desde que cumplió cinco años, Alan se sintió diferente y empezó a medir en segundos todo lo que ocurre a su alrededor, desde lo más cotidiano hasta lo más profundo. Pero lo que más le inquieta es contar el tiempo que le queda para transformarse en el varón que quiere ser. “Soy de otro planeta”, dice. Así se siente, ajeno al mundo y ajeno a su cuerpo, del que quiere desprenderse para empezar a habitar uno que lo represente. Alan sufre la incomprensión de su madre y el acoso sistemático y despiadado de sus compañeros de escuela, pero encuentra alivio cuando baila y cuando comparte videos de él mismo por YouTube, en la búsqueda de esa empatía que no encuentra más allá de la virtualidad.     

En febrero de 2016, Kayden Clarke, un joven transexual estadounidense con síndrome de Asperger, que era conocido a través de sus videos virales compartidos en la web, fue asesinado por la policía en un confuso episodio, y el caso conmovió a Casado Rubio, quien se inspiró en esos hechos para escribir la obra.

Alan cobra vida a través del trabajo estupendo, en todos los frentes, de Raquel Ameri, quien impacta desde el primer instante en escena con un desnudo total que anticipa que su interpretación no va a dejar lugar para las sutilezas. Su nivel de entrega es conmovedor, con un dominio corporal absoluto en la gestualidad, la voz y la postura que revela a la perfección el grado de insatisfacción que siente Alan con su cuerpo de mujer. Junto con el texto, la actuación de Ameri pone al público en el lugar de la incomodidad de ser testigo de un dolor evitable. Por su parte, Garelli, quien interpreta a Clarisa, la madre superada por una situación que no puede –y no sabe– manejar, contribuye a echar leña al fuego en ese padecimiento. Pero hay algo en su accionar incomprensible que genera un tipo de compasión, y esa composición no lineal otorga al personaje un carácter más humano. En otro sentido aparece Samson, encarnado por Labra, quien aporta las cuotas de ternura y amorosidad necesarias en un relato desgarrado.   

La escenografía es sencilla pero, como todos los elementos que conforman la puesta, esclarecedora. Apenas unos cubos luminosos que cambian de color, montados encima de otros y que forman una pared pequeña que en el transcurso de la función se irá desarmando por los mismos intérpretes, para dar lugar a otras formas posibles. La misma figura remite al cubo mágico con el que juega compulsivamente Alan, buscando que las piezas encajen donde deben encajar. La metáfora, entonces, se impone. Porque, en definitiva, Millones de segundos trata de eso: de un ejercicio doble de deconstrucción y construcción en el que se sumerge el protagonista para desarmar el género que le fue asignado al nacer y empezar a armarse desde aquel con el que se identifica. Un proceso de conversión íntimo, doloroso, y por momentos insoportable, en un mundo al que le cuesta aceptar formas disidentes de ser y sentir.

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