ENTREVISTA A OLIVIER MARCHON
Los días pasan volando
En el prólogo de este libro que no por casualidad se titula 30 de febrero, el físico y escritor Olivier Marchon señala que en sus páginas aprenderemos que ciertos años duraron 445 o 251 días, que los soviéticos inventaron una semana de cinco días o que los etíopes festejaron el año 2000 en 2007. Se trata de una suma de curiosidades sobre la medición del tiempo, pero también estas mediciones revelan mucho de lo que el hombre sueña y desea conquistar desde la modernidad. Olivier Marchon vino a Buenos Aires y Radar lo entrevistó a lo largo de aproximadamente una hora, minuto más, minuto menos.
Imagen: EDICIONES GODOT

El tiempo y su medición en términos de duración es una de las obsesiones más duraderas y trabajadas en la historia universal. Una preocupación que acompaña a las comunidades desde los albores de la civilización. Se trata a la vez de una convención muy lejana, y muy actual, basada en un acuerdo administrativo y civil, que define con mucho capricho el año, el día, la hora y hasta el segundo inasible que transitamos. 

Olivier Marchon, físico, escritor y cineasta francés que estuvo de paso por Buenos Aires para presentar su breve y entretenido libro 30 de febrero y otras curiosidades sobre la medición del tiempo, aclara desde el vamos que indagar en la historia del tiempo equivale en verdad a hacer una historiografía de su medición. Se trata de un objeto precioso y maldito que, literalmente, se nos escapa de las manos. Como el espacio y el lenguaje, casos en donde el mapa nunca coincide del todo con el territorio, donde el signo nunca rodea del todo al objeto, con el tiempo es igual: se sabe de antemano que ni el cronómetro más preciso puede dar cuenta del espesor temporal, virtualmente infinito, en donde un segundo o una hora son tan sólo propuestas y nombres humanos para una sustancia inaprehensible. 

Marchon se embarca entonces, con ánimo curioso y descontracturado, pedagógico pero no solemne, a reunir una cadena de historias, muchas de ellas insólitas, que esbozan el largo recorrido emprendido por la civilización en la ardua misión de medir el tiempo y, después, calibrar todos los calendarios y relojes del mundo en la misma fecha y hora. Algo que hoy se da por sentado casi como una verdad meteorológica pero que esconde una espesa trama de enfrentamientos entre potencias, descubrimientos fortuitos e historias de lo más singulares. 

Mientras que en el plano espacial se fue conformando una idea de globo terráqueo, una certeza acerca de la existencia de un espacio de inmunidad común a toda la especie, cernido sobre sí mismo, redondo y perfecto, también se desplegó en paralelo una temporalidad global humana basada en la simultaneidad de eventos que, de no ser fechados en el almanaque, correrían el riesgo de ser olvidados. Pero para llegar a la hora global y los husos horarios determinados en referencia al meridiano de Greenwich (el famoso GMT) fue necesario que pase mucha agua bajo del puente, es decir: tiempo.

Como en el relato del génesis, al comienzo reinaba el caos. Antes de la unificación de los calendarios organizada en torno al comercio y la comunicación, cada país, e incluso cada ciudad, fijaba su fecha y hora siguiendo los caprichos eclesiásticos. Cada país e incluso cada ciudad, aunque fueran vecinas, empleaban el calendario y la hora que el poder de turno o el secretario a cargo caprichosamente había decidido. La brevísima historia del tiempo propuesta por Marchon es una bitácora del gran acuerdo humano que definió, en principio, la duración de un año o una hora y, después, el establecimiento de una fecha del calendario como referencia para el comienzo del año y su duración regular. Un camino que con el paso de los años se fue independizando, muy lentamente, primero de la naturaleza y después de la religión, para pasar a convertirse en un hecho aislable, definido matemática e informáticamente.

El autor dedica los primeros capítulos del libro a repasar los pormenores suscitados alrededor de la unificación de los calendarios en todos los países cristianos, lo que implicó el nacimiento del esquema de organización de los días que con los siglos se transformaría en el modelo hegemónico en el mundo entero. El establecimiento del “calendario juliano” en el año 46 a.C. en Roma (ancestro del definitivo y actual calendario gregoriano), regido por ciclos solares e importado por Julio César desde Egipto, marcó por primera vez al primer día de enero como el inicio del año e inauguró un marcha que ya no se detendría: la pérdida de control de los religiosos sobre el tiempo y la tibia insinuación de la era moderna en tanto que la regulación del tiempo pasaba a definirse a partir de un hecho científico, la observación de los astros. Al poner el nuevo calendario en marcha, y hacerlo coincidir con el ciclo solar, Julio César toma las drástica decisión de sumar 3 meses al año en curso, lo que dió origen al que hasta ahora fue el año más largo de la historia: el año 46 a.C. tuvo finalmente 445 días. 

Pero establecer la duración del año no resolvía el conteo de los mismos. Durante mucho siglos cada país aplicó un estilo de conteo diferente, lo que aún hoy sigue despertando enormes lagunas para los historiadores. Recién hacia el siglo XIII se consolida en todos los países cristianos la certidumbre de tomar el punto de partida, el año 0, en referencia al nacimiento de Jesús. La adopción de esta nueva métrica dió lugar a insospechados saltos en el tiempo, dignos de la ciencia ficción. España y Portugal, que fueron de los últimos países en adoptar el nuevo estilo, saltaron respectivamente del año 1384 al 1421 y del 1460 al 1422. El caso más extremo fue el de Rusia, que pasó del año 7208 al 1700. 

El calendario juliano no era tan exacto como su sucesor, el calendario gregoriano. Acusaba un retraso anual de 11 minutos y 14 segundos cada año con respecto a la posición del sol. El Papa Gregorio XIII impulsa la rectificación definitiva del calendario y literalmente ordena la supresión de diez días, del 5 al 15 de octubre de 1582. A partir de entonces el mundo cristiano vivió durante algunos siglos en medio de una grieta temporal algo insólita: los países protestantes, al menos en lo inmediato, se niegan a seguir las órdenes del Papa y siguen la vida en el pasado, o sea: con diez días de retraso. La situación, tensa, se extiende hasta el Siglo XVIII. Suecia, uno de los últimos países en aceptar las modificaciones, rectifica su calendario de tal manera que engendra una aberración temporal que nunca se volvió a repetir: el 30 de febrero de 1712.

Más o menos resueltas las cuestiones vinculadas al año y la fecha en curso, la ansiedad incontenible del impulso civilizatorio por homogeneizar la temporalidad de la especie se trasladó sobre la variable siguiente: la hora mundial. La creación de los husos horarios tal como los conocemos comenzó instalarse mundialmente en 1883 con la expansión del ferrocarril en los Estados Unidos. A partir de una iniciativa privada que buscaba sincronizar los horarios entre los diferentes servicios de tren, la ciudades norteamericanas movieron las agujas de sus relojes para quedar todos emparejados en diferentes zonas horarias. Más tarde, los países europeos (con ciertas reticencias de los franceses a reconocer que el grado cero del tiempo estaba en Inglaterra) fueron adoptando las franjas horarias medidas a partir del meridiano 0, ubicado en Greenwich, una pequeña localidad en las afueras de Londres que alojó la fundación del viejísimo GTM (Greenwich Mean Time).

Marchon también compila en su libro las fantasías faústicas de quienes intentaron borrar de un plumazo las convenciones vigentes y suplantarlas con nuevas arbitrariedades, más representativas de sus intereses. Los casos más célebres fueron la Revolución Francesa, que entre otros pintoresquismos inventó una semana de diez días, y la Revolución Rusa, que decretó la semana de cinco días con el objetivo de mantener las fábricas abiertas todos los días del año y disparar la productividad, y así vencer (con sus propias armas) al enemigo capitalista.

Acosado por el fantasma de la inexactitud, el siguiente y (quizás) último paso en el derrotero de la medición temporal fue el reajuste del segundo. Los cálculos físicos dieron a entender que era “demasiado corto” y fue necesario medirlo nuevamente, esta vez tomando como referencia el giro invisible de un electrón alrededor de un núcleo de cesio. La definición del segundo como hecho atómico representó otro empujón más en el recorrido que separó la temporalidad humana de la superstición y la naturaleza.

La obsesión humana con el tiempo se renueva siempre en la promesa de un “final de los tiempos” aplazado constantemente. Nostradamus, las profecías Mayas, el efecto Y2K, ¿por qué el fin del tiempo equivale al fin del mundo? Al parecer, el Apocalipsis es una cuestión de fechas. Marchon explica que los nuevos gurúes del Fin calculan que el límite del tiempo informático sucederá en 2038. Fecha que podría marcar –como ya se había profetizado con respecto al año 2000– el colapso del tiempo informático y por lo tanto el desmoronamiento de mundo como lo conocemos. Aun así, si fuera cierto, sabemos que el tiempo, como un paseante indiferente y errático que no reclama ninguna atención, seguirá avanzando, sin ningún plan.

Decimos, por ejemplo, que “tenemos una hora” para hacer la entrevista. La frase esconde una trampa. Decimos “tenemos” como si pusiéramos ese tiempo bajo nuestro puño, pero en verdad es al revés: en verdad es esa hora la que nos tiene a nosotros. Es como si la medición de las horas y los segundos fueran propuestas humanas para algo que no depende de los humanos...

–Exacto. Eso significa que el tiempo de alguna manera nos ha sobrepasado. Esa es una idea que está mucho más allá de lo que yo he escrito en mi libro. Depende en todo caso de lo que queremos escuchar: queremos escuchar a nuestro reloj, o queremos escucharnos a nosotros mismos. Si lo importante es el tiempo presente, o si le damos importancia al tiempo que tenemos en el futuro. Si se ha inventado el tiempo es para organizarnos entre nosotros. Si pensamos que esa organización no tiene interés, entonces el tiempo no interesa. El tiempo interesa como medio para organizarse y el hombre es el único animal que ha conceptualizado la noción de tiempo y que se sirve de ello. Los animales no utilizan el tiempo.

La historia de la medición del tiempo que narrás en el libro da cuenta de una persistente obsesión por medir las duraciones, ¿cómo explicarías esa insistencia sobre el tiempo que se mantiene a través de los siglos?

–En primer lugar, el tiempo es una de las pocas cosas en la vida que no podemos controlar. El tiempo es eso y por eso nos interesa. Y, sobre todo, no tendría tanta importancia si no fuera un camino que conduce inexorablemente a la muerte. Cuando hay algo que no podemos domesticar o dominar y no tiene ninguna consecuencia en nuestra vida generalmente no nos interesa, pero cuando eso es algo que nos lleva a la muerte entonces se convierte en el último maestro, el último dominio y fundamento que tenemos. Interesarme por una temática que tiene una relación tan fuerte con la realidad es importante, pero en realidad es una pregunta que nace y plantea una relación íntima conmigo mismo. En segundo término, lo que me interesa es deconstruir la noción o el concepto al que hemos llegado con respecto al tiempo. Mi intención es mostrar que hay otra manera de ser de las cosas y el objetivo es que el libro provoque un escape del mundo. Si fue así, para mi es un éxito. Es lo que se le pide a un libro: escapar del mundo. No sólo distraerse, sino que el libro te transporte en verdad a otro mundo y otras preguntas para volver a donde estabamos de manera nueva. Hay una llama que se enciende. Al investigar todas las historias que componen el libro se prendió en mi esa llama que me hizo querer buscar más allá. Y mi objetivo es transmitir esa llama al lector, que es una llama de vida.

¿Crees, como apuntan muchos autores, que a partir de la modernidad el tiempo se aceleró? ¿Cómo imaginas el vínculo del hombre con el tiempo antes del “time is money” de la modernidad?

  —Aunque el tiempo transcurre siempre del mismo modo, nuestra percepción a partir de la modernidad cambia: se vuelve más rápida. Es un poco un slogan y un lugar común afirmar que la tecnología ha acelerado el tiempo. Pero hay algo de cierto en esa idea. Por ejemplo, ahora mismo todos tenemos la misma hora en el teléfono celular. Todos los dispositivos se mantienen unidos a un átomo que da vueltas y marca con precisión la hora mundial. Antes, cada uno tenía su reloj a cuerda con una hora independiente que podía variar de un reloj a otro. Pero con los teléfonos eso no puede pasar. Los celulares nos dan alarmas y llamados sobre lo que continuamente tenemos que hacer. Las tecnologías así nos imponen su ritmo. Igual que antes sonaban las campanas de la iglesia a lo largo del día, ahora son los teléfonos los que marcan el ritmo de los días. Pero en aquellos tiempos, en la medida en que los horarios estaban vinculados al tiempo de la oración, quizás se trataba de una relación mucho más espiritual con el transcurso de las horas. Ahora, con la tecnología, estamos unidos de manera incesante a algo, a nuestro oficio, nuestro trabajo. Pero al fin y al cabo siempre depende del sentido que cada uno le dé a ese vínculo.

La curiosidad y la colección de casos extravagantes, fuera de lo común, parece constituir tu método de trabajo por excelencia. En este libro reconstruís la historia de una regulación a través de sus excepciones. El caso de Etiopía, por ejemplo, que es un país que sale de la norma y posee su propio calendario, ¿muestra el carácter imperial del tiempo y la imposición del calendario como lo conocemos?

–Sí, lo que está al lado, lo que es diferente, lo que sale de la norma me interesa mucho. La norma es el fin de la diferencia, y la diferencia es lo humano. O sea que la norma es el fin de lo humano. Etiopía es el único país de África que no fue colonizado y por eso posee un calendario distinto, un huso horario distinto y hasta un alfabeto distinto. Nunca fueron conquistados, pero al mismo tiempo la mayoría de la población es cristiana. Por eso no se trata de una independencia tajante. Existió una transmisión de ese calendario a través de la herencia religiosa, pero nunca recibieron un calendario impuesto, nunca fueron sometidos. Pueden serenamente disfrutar de su propio sistema de tiempo, pero su calendario en verdad proviene de los egipcios y su sistema horario de Babilonia, como nosotros. Recibieron muchas influencias, no es que lo hicieron ellos solos obviamente. Pero el sistema que tiene es muy original, muy propio de ellos.

En el recorrido histórico que traza el libro se observa un camino que, con muchas resonancias bíblicas, parece ir del caos al orden. De las disparidades globales con respecto a las fechas hacia una unificación total casi sin márgenes de error, ni en los segundos.

–El hombre ha puesto orden. Guiado por la obsesión de aplicar una medida, el hombre intenta medir todas las cosas. Le gustaría lograr medir todo, pero a veces no llega, no puede con todo. La medida del tiempo, al igual que la medida del peso, las longitudes, los volúmenes, la velocidad. La medida, esa capacidad de calcular algo permitió y permite el desarrollo de la humanidad. Por ejemplo, el comercio, donde es fundamental la medida del tiempo y el espacio. Vienen las dos cosas juntas: peso y dinero. Una cantidad de materia que tiene un valor equivalente. O sea que la medida, entre otras cosas, hace posible el comercio como lo conocemos. 

Este movimiento de unificación de las medidas mundiales, de tiempo y otras, ¿alcanzó su fase superior o quedan todavía etapas por recorrer en este larguísimo camino hacia la homogeneización?

–En los últimos años, China ha puesto un novedoso sistema de medida para todas sus ciudades. El proyecto consiste en poder calificar a cada ciudadano. Calificarlos bien o mal. Es un proyecto que ya está en marcha e implica que el poder estatal pueda calificar a cada individuo con una puntuación y en función de esa nota permitir el acceso a ciertos tipos de trabajo y no a otros; a la administración pública, por ejemplo. Es un sistema totalitario, pero que aun así se está poniendo en marcha. Al mismo tiempo, los bancos tratan de traducir todo en ecuaciones. El plan de medir las cosas tiene como objetivo último desterrar la imprecisión, eliminar la incertidumbre. Pero, necesariamente, lo humano es incierto. Es una gran tentación intentar medir todo para que todo lo que ocurre ocurra con certeza, para que, de alguna manera, todo sea cierto. Creo que cada vez la humanidad tratará de ir más lejos en ese sentido. En otro nivel, en Francia ya hay un programa que se propone poner en contacto a las personas en función de cierto porcentaje de compatibilidad. Se trata de una aplicación que mide lo porcentajes de coincidencia. Se busca poder medir en términos porcentuales las posibilidades de enamorarse de alguien.

¿Entonces, podríamos decir que la humanidad aplica sobre sí misma las operaciones que ya había realizado antes sobre el tiempo?

–Claro. Medimos nuestro peso, nuestra altura, y otra serie de variables que sirven para la medicina. Pero donde esto se convierte en algo peligroso es cuando se trata de medir nuestras inclinaciones, nuestros comportamientos, nuestro amor, nuestros afectos. Si se trata de medir qué grado de amor sentís por alguien (si es que se puede medir eso) ya estamos en un terreno complicado. Imaginemos ese mundo, en el cual podés decir “amo un 67 por ciento a tal o cual persona”. Pienso que hay personas que se van a interesar por ese terreno. Ya vivimos en un mundo regido por los datos. Trabajo con muchas empresas de informática, de sistemas, que apuestan a lo que se considera el petróleo del mañana: los datos informáticos. Facebook, Amazon, Google, todas las empresas que almacenan nuestros datos son sumamente ricas por eso. Hoy es rico quien tiene controla y almacena los datos. Pero, al mismo tiempo, ¡son nuestros datos! 

A fines del año 2003 emprendiste una arriesgada odisea náutica: navegaste en velero desde Tahití hasta Buenos Aires pasando por el peligroso Cabo de Hornos. Filmaste la aventura y se transformó en tu documental Seis chicos al viento. ¿Cómo describirías la experiencia del tiempo durante esa aventura?

   –Ese viaje marcó un momento a partir del cual mi relación con el tiempo cambió profundamente. Estás perdido en mitad del mar y cambiás de hora constantemente, porque el barco se está moviendo, sigue andando. El teléfono no está conectado y entonces no hay nadie que te recuerde una hora. Es cierto que tenés que tener una cierta organización para despertarte a la noche para tomar el timón, pero aún así el barco genera una fuerte sensación de no tener una temporalidad. La temporalidad viene regida por la necesidad de dormir, por el hambre y las maniobras del barco. El tiempo viene dado por eso. Además de eso no hay nada que te recuerde el tiempo. Es uno de los momentos de mi vida en los cuales me sentí presente. Alrededor del barco no hay nada que te distraiga y ningún elemento que te recuerde la hora. Entonces me sentí muy bien.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ