A mover los huesos

Bajo la iglesia del Cementerio de Todos los Santos, en Kutná Hora, República Checa, yace uno de los osarios más grandes del mundo, famoso no solo por sus decenas de miles de esqueletos humanos sino por cómo han sido dispuestos los huesitos con fines ornamentales, formando macabras lámparas de araña, guirnaldas, arcos decorativos, escudos familiares, entre otras detallitos más. Para más mística, cuenta la leyenda que fue un monje al borde de la ceguera el que antaño construyó la mayoría de estas primorosas estructuras óseas… Se trata del Osario de Sedlec, sobra decir, que ha sido noticia por estas horas porque entra en restauración: expertos checos desmantelarán sus pirámides elevadas, formadas por los huesos centenarios de más de 40 mil cuerpos, con la intención de limpiarlas previo a dejar todo tan pitucamente siniestro como lo hallaron en primer lugar. Se estima que dos años durará el proyecto, que además de preservar los huesos, tiene como meta fortalecer y restaurar el edificio todo, albergue de tanto cráneo, fémur, costilla, tibia, pelvis, húmero, clavícula, peroné; en fin, toda la variedad. Un espectáculo que atrae a medio millón de turistas cada año, mal que le pese a la sacra comunidad. “Muchas personas ven al Osario de Sedlec como una casita del horror, como un freak show oscuro, cuando lo que nosotros queremos es que lo perciban como un sitio de reverencia”, se acongoja Radka Krejci, de la parroquia local. Acaso echar lustre, quitar polvo y sumergir en cal a las partes humanas ayude a tamaña misión. Por lo demás, no sobra recordar la historia de esta cripta subterránea, que originalmente fue una abadía cisterciense. Cuenta el cuento que, en el siglo 13, un abad -que había viajado a Jerusalén- espació en el camposanto adyacente al monasterio un cachito de tierra de, con perdón de la iteración, Tierra Santa; gesto que convirtió al lugar en un cementerio con grandísima demanda. Con la epidemia de peste del siglo siguiente, y las guerras entre católicos romanos y husitas del siglo 15, desbordó (por mucho) su capacidad. Tanto así que necesitaron exhumar los cuerpos para crear espacio en el siglo 16. Haga su entrada el monje ciego, y ya luego, en 1870, František Rint, un tallador que esculpió y enriqueció las estructuras hasta darles su barroco aspecto actual: cruces hechas con fémures, variedades óseas dispuestas cual arcos, un enorme candelabro que -según la leyenda- incluyen una selección de todos los huesos del cuerpo humano. Y el resto, como suele decirse, es historia. Historia que hoy entra en etapa de restauración.

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