Como sociedad, en muchas oportunidades dejamos que las diferencias ideológicas, culturales y de opinión nos pongan en veredas opuestas. Estas posturas irreductibles nos hacen perder la objetividad y la empatía, a tal punto, que situaciones dramáticas pueden llegar a ser objeto de burla o de agravios.

Pero hay una situación que seguramente nos une, que nos indigna de igual manera: la violencia ejercida hacia niñas, niños y adolescentes. Y vemos cómo a mucha gente incluso le cuesta seguir leyendo o mirando una noticia donde los detalles nos hacen revivir el calvario sufrido por una niña o una adolescente.

La violencia no es excepcional, es perversión y ocurre con frecuencia. Es positivo el rechazo porque lo contrario sería la naturalización.

Y cuando algo no es natural se busca “justificarlo” encuadrándolo dentro de un determinado sector social o cultural o económico. Y ante ello decimos que las violencias atraviesan todos los sectores sociales, culturales. Hay que desmitificar la relación de la pobreza o marginalidad con la violencia. Porque es precisamente esta cuestión prejuiciosa, la que contribuye a invisibilizarla.

Hay un imaginario social respecto de las formas de prevención, que sostiene que es necesario grandes y complejos sistemas o enormes estructuras para combatirla. Pero lo necesario es una comunidad comprometida para comenzar a desarmar y a desarticular las violencias. Una comunidad dispuesta y alerta a denunciar situaciones de vulneración de derechos, que active definitivamente los mecanismos para que el Estado pueda concluir la tarea, tomando medidas de protección de derechos y preservando a los niños y adolescentes del círculo de violencia.

El 80 por ciento de las violencias hacia niñas, niños y adolescentes ocurren dentro del círculo familiar o conocidos por las víctimas. Una de cada cinco mujeres cuenta en su adultez el abuso que sufrieron en la infancia. Por ello son los adultos los que deben denunciar, los que deben comprometerse. Un llamado a tiempo puede evitar una lesión irreversible, un sufrimiento permanente y hasta la muerte de una niña, niño o adolescente. Un llamado de unos minutos puede salvar una vida.

Las niñas y adolescentes son doblemente vulnerables: por su edad y por su género. Honremos con nuestro compromiso este Día Internacional de la Mujer.

Yael Bendel:  Asesora General Tutelar de la CABA.