FOTOGRAFIA
Los rostros de la violencia
La violencia sexual ha sido utilizada como un arma de guerra en República Democrática del Congo por grupos armados que aterrorizan a las familias, destruyen comunidades e imponen su poderío. En la actualidad, estos crímenes siguen existiendo por varios motivos pero, sobre todo, por la vulnerabilidad de una zona que, aunque exista la presencia de la misión humanitaria de la ONU Monusco, ex combatientes de los grupos rebeldes de la segunda guerra del Congo se han desmovilizado y reinsertado en la sociedad sin un programa real de rehabilitación. Las mujeres y niñas congolesas son un grupo vulnerable y la fotógrafa Paula Acunzo viajó en 2018 para retrataras y contarle sus historias al mundo.

Parece el fin del mundo pero no lo es: en el Congo viven casi 5 millones de personas de las cuales el 80 por ciento lo hace en condiciones totalmente vulnerables. El Congo es una sociedad patriarcal, donde las mujeres están prácticamente obligadas a asumir un rol excluyente en las tareas domésticas y muchas de las violencias a las que son sometidas ocurren cuando realizan estas tareas. El Parque Nacional Virunga, antiguamente llamado Parque Nacional Albert, está situado en la frontera oriental de la república, desde las montañas Virunga hasta los montes Ruwenzori, y es el único lugar donde se puede acceder a la leña, elemento fundamental para la vida doméstica. Allí van las mujeres a buscarla y ese es el escenario de una innumerable cantidad de violaciones sexuales que recién ahora, y a cuenta gotas, se animan a denunciar. 

Estos son los testimonios de algunas de las víctimas de la violencia sexual que conocí: son beneficiarias de los servicios de reintegración psicológica, legal y social en el Centro Tulizeni, una organización sin fines de lucro en Kivu del Norte, que han aceptado compartir sus historias. Sin embargo, por respeto a la confidencialidad, sus nombres han sido modificados. La terapia dura 8 semanas, son grupos en general de 24 personas. Tienen sesiones tanto individuales como grupales los sábados por la mañana en donde bailan, dibujan, narran, se maquillan, hablan. Entre las cosas que escuché decirles, han narrado que después de las violaciones “se sentían de otro mundo”, “estaban muertas”, eran “objetos sin función” y que gracias al acompañamiento ahora podían “ponerse de pie y volver a vivir” o “volver a sentirse libres, íntegras”. La mayoría de ellas tienen hijos que son productos de aquellas violaciones.

Al finalizar la terapia, se abrazan en una comunidad de empatía, bailan, cantan, se les da de comer y ayudas, cómo jabón en polvo, ropas y alimentos. Pero lo que las salva es encontrarse. Saber que no están solas. 

 

El jueves 21 de marzo a las 20.30 en Araóz 1201, CABA, Paula Acunzo dará una charla gratuita sobre su trabajo en el Congo.

K, 31 años, violada el 18 de febrero de 2018, mientras escapaba de los enfrentamientos entre las Fardc y un grupo armado en el pueblo de Nyanzale. “Siento una gran contradicción, producto de las violaciones quedé embarazada de mellizos. No tengo ni para comer yo. Tengo que vivir entre el dolor diario de lo que me ocurrió y el amor que debo tener hacia mis hijos.”


Madre de I, 16 años, marzo 2018, secuestrada por grupos rebeldes mientras buscaba leña en el Parque Virunga. “Durante días me torturaron y violaron turnándose, aun con objetos, ramas y armas que me insertaban en la vagina. Un rebelde de alta jerarquía me llevó y me tuvo de esclava en su casa. Mientras me curaba, me violaba y obligaba a hacer las tareas del hogar. Me obligaba a hacerlas aun arrastrándome.” Su madre decidió ir a rescatarla y también fue secuestrada y se turnaron para violarla. Ella tiene 56 años. Finalmente, después de un mes, las liberaron. Su madre no puede caminar más, quedó paralítica.


B, 18 años, violada brutalmente el 20 de abril de 2018. “Mientras buscaba leña en el Parque Nacional Virunga, un hombre desconocido que portaba un machete me detuvo, me amenazó, lo colocó en mi cuello y juró que me mataría si no cedía a sus deseos. Después del acto quedé abandonada y tirada semidesnuda por horas hasta que junté fuerzas para regresar a mi hogar.”


A, 24 años, violada el 5 de abril de 2018. “Trabajo en el mercado donde vendo

rosquillas. Ese día regresaba a mi hogar al atardecer. Me detuvo un desconocido y me tomó por la fuerza. Fui violada y brutalizada reiteradamente. No podía ni gritar, estaba petrificada, nadie me ayudó...” Ubicación: Pueblo de Kisimba, cercanía del Parque Nacional Virunga.


 

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