Historia de mi tarjeta de débito

El año pasado, tres días antes de Nochebuena, cometí una distracción. Venía escuchando mi disco favorito y hacía mucho calor. Entré al cajero, retiré unos pesos y olvidé la tarjeta. No pensé que sería castigada con maldad y desidia, mi divino tiempo desperdiciado y peregrinaciones patéticas. 

Decidí reclamar después del Año Nuevo, poseída por un insólito espíritu de reconciliación contrario por completo a mi temperamento. Pensé lo siguiente: la tarjeta de débito le corresponde a un banco de La Plata, ciudad donde soy docente y donde me depositan el sueldo. El plástico nuevo sería emitido allá. Como estamos en el siglo XXI solicité, por favor y si es posible señorita, que me enviasen la tarjeta desde la Remota Ciudad de La Plata hasta mi Pequeña Aldea de Flores Sur, para recogerla con comodidad. Claro, dice la Señorita y me pide que escriba la solicitud en un papel A4, letra manuscrita, con fotocopia de DNI. Todo eso sería enviado a La Plata donde, aunque no están obligados a mandar nada, “a lo mejor tienen buena voluntad”.

Hay algo que nunca hago cuando busco excusas, por superstición. Pero esta vez mandé todo al demonio y le dije, acentuando mis ojeras de mal dormir: “Sucede que no puedo ir a La Plata, porque estoy haciendo un tratamiento”. El énfasis puesto en tratamiento indicaba que no me refería a sesiones de kinesiología. Ella no se conmovió mucho. Ya no soy tan joven: mi muerte inminente le debió parecer la ley de la vida. Pido perdón a los enfermos reales. Soy una persona vil.

Diez días después, retorno a la sucursal de la Aldea Flores Sur. No llegó la tarjeta. Tampoco pueden llamar por teléfono a La Plata, porque, supongo, es un Banco de Aldea. Yo sí puedo llamar, sin embargo, porque Vengo Del Futuro. En la puerta llamo a La Plata, con mi celular. Desde allí confirman que sí mandaron, y al día siguiente de la solicitud. Reingreso al Banco de la Aldea de Flores Sur y ellos repiten que nada han recibido, que las tarjetas van a una “bolsa” (¡si la robó un asaltante de caminos!) y que sea paciente. Los llamo durante dos semanas. La tarjeta no llega. Me apersono. Una mujer muy nerviosa me explica que seguro (“porque no es la primera vez”), mandaron la tarjeta a la sucursal de la Aldea de Caballito, porque “trabajan mal”¿En serio? ¿Pueden llamar a la Aldea de Caballito o enviar una paloma mensajera para averiguar si mi plástico se encuentra allí? No ¿Por qué? Señora, porque nosotros no tenemos ninguna obligación: la tarjeta es suya. 

Parto hacia la Aldea de Caballito. Allí el banco es más amplio y le tengo fe, porque los edificios imponentes despiertan mi fe atávica en lo grandioso¡Tienen mi tarjeta! Me la da una señora que come un sanguchito de miga y que me maltrata un rato (mejor dicho, me gasta). No le presto atención hasta que dice: “Uy, no mandaron el PIN. Bueno, poné el que usabas antes. En 48 horas”.

Esto ocurrió a mediados de febrero. El PIN no funcionó. Volví a la Señora del Sánguche. Me retó. “Te dije en 48 horas, ¿para qué decimos 48 horas? Tienen que ser exactas. Ahora andá a mesa de entradas, porque la bloqueaste”. Es todo mi culpa por haberme distraído en Navidad.

La chica de mesa de entradas dice que la tarjeta no se puede desbloquear, porque es de una sucursal de La Plata. Pongo los ojos en blanco. Me pide que suba al primer piso. Ahí un Joven Radiante me hace firmar papeles y fotocopia cosas. En 48 horas funcionará, ahora con los 4 últimos números del DNI, dice, triunfal. 

No funciona. Hago 25 llamadas a La Plata en horario bancario hasta que alguien me da el número que corresponde al Sector Tarjetas. Allí, un joven amable presta atención, investiga y descula el problema: “Pasa que mandamos la tarjeta a Flores Sur pero se desvió a Caballito. Entonces el PIN para desbloquear está en Flores Sur. Ellos se lo tienen que pasar a Caballito”.

Perfecto, le digo. Y después trato de apelar a la Invención del Teléfono. Esto debe ser apretar una tecla. Ingresar un código. Poco más. Si no podés vos ¿es posible llamar a alguien que sí lo haga? A mi me tratan de loca. 

No puede. Lo tienen que hacer en Caballito. Se lamenta: “Si yo pudiera, no me cuesta nada, imagínese”. No me imagino nada porque oscilo entre la piromanía y la necesidad de dormir para siempre. 

En Caballito, la mañana arde. El primer piso, destinado a los Casos Perdidos, está lleno de Señoras. Aplauden en protesta porque nadie las atiende. Sale una gerenta. Les dice: “No aplaudan porque así distraen a los empleados”. Para qué. Las reacciones van desde criticar el atuendo de la gerenta (“anda en tetas”) hasta a la juventud en general (“no tienen agradecimiento y solo se quieren ir al exterior”). También cuentan, después de la ira, sobre los magros pesos por los que reclaman y alguna llora, porque se pasó el día anterior en PAMI, sin resultados positivos. Vivir es aciago. 

El Joven Radiante me dice que en Caballito no pueden hacer nada: se desbloquea desde La Plata. Le explico: en La Plata juran que deben desbloquear ustedes. Se encoge de hombros. Ya mandamos mail, agrega. Ellos dicen que no recibieron nada, respondo. Y repito: ¿no podés llamar? Tengo el teléfono anotado. Acá. Hablan y se soluciona.

No puede.

Debo bajar y tener una Audiencia con el Jefe de Cajas de Ahorro. Él garantiza  que esto se soluciona, luego afirma que en La Plata mienten y me reta (en la Aldea de Caballito retan mucho): por qué les creo a ellos y no a él. ¡Está despechado! Yo no le creo a nadie, lloriqueo. Solo quiero que, por favor, desbloqueen la tarjeta. 

Hoy mismo –les ahorro dos semanas de idas y vueltas: igual, son idénticas, incluyendo a las Señoras– La Plata me aseguró que he entrado en las últimas 48 horas reales. Está desbloqueada por fin y sin duda. No les creo del todo pero, nobleza obliga, el empleado tuvo la deferencia de decir: “Volvé a llamarme”. Lo banco.

Si no funciona una vez más, lo llamaré. Seré Ubicua. Mi voz saldrá de cada teléfono hasta azotarlos en pesadillas. Y, cuando dejen de atender, iré en persona, maquillada de moribunda, y fingiré la muerte ante un cajero, rodeada de los desgraciados que deambulan con números en la mano. Si yo les dijera el monto que alberga mi cuenta, me dirían por qué te gastás. Yo me pregunto lo mismo.

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